martes, 4 de octubre de 2022

Ejercicio 1 Antonio Castilla

EL HOMBRE DEL POLO AMARILLO

 

No arrastraba el carrito de la compra, sino que lo llevaba delante, apoyándose en él como si fuese un andador. Encorvada, se aferraba a la empuñadura con fuerza, y lo empujaba con pasitos lentos y torpes. Un bastón con ruedas que hacía las veces de cesta del mercado y de sostén para unos huesos deteriorados por la edad.

         Saludó a una vecina que amablemente le preguntó cómo estaba, si lo iba superando.

         — Ya ves hija, como una puede… a mi edad todo son reveses… pero hay que seguir para pa’lante, no queda otra. —dijo esbozando una amarga sonrisa.

         —Vaya, ánimo, Clementina —le respondió la vecina a la vez que negaba con la cabeza y fruncía la boca.

 

Entró en el ascensor, primero ella después el carro. Pulsó el cuarto y el rictus de su rostro se tornó menos severo. Se podría decir que quizás hasta tuviese el esbozo de un principio de sonrisa.

         En el descansillo, mientras buscaba en su bolso las llaves, escuchaba a Currito cantar alegremente. Se sorprendió muchísimo. Y se alegró. El canario llevaba dos meses triste. Dos meses en los que Clementina, de puertas para afuera, simulaba necesitar apoyo para andar al igual que fingía estar tan melancólica como Currito. Sí, dos meses habían pasado ya desde que Bernardo dejó de estar.

         Nada más dio la primera vuelta de la llave, el pájaro dejó de cantar.  

—Pobrecito mío —exclamó mientras daba otras tres vueltas a la llave —Que tristito está el pobre.

Le había traído una hoja de lechugas fresca que había birlado, como a ella le gustaba decir, del supermercado. La extrajo con cuidado de un cogollo entero y la guardó en uno de los bolsillos de su vestido de abuela.

La fregó y se dirigió hacia la jaula. La colocó entre dos barrotes.

—¿Qué le pasa a mi currito? ¿Eh? ¿Qué le pasa? —le decía estos arrumacos con una cadencia de voz casi cantarina.

Currito se arrinconó en un extremo del suelo de la jaula y se emboló.

Clementina siguió a lo suyo. Puso en el viejo tocadiscos un vinilo de Zarzuela y feliz como una niña se dedicó a ordenar su casa, a pasarle el plumero mientras contoneaba las caderas al son de la Verbena de la Paloma. Desde que Bernardo no estaba todo era más sencillo. Lo primero de todo: que podía escuchar la música que le diese la real gana… Su marido no consentía otra cosa que no fueran palos flamencos. Y ahora, ahora que él no estaba, podía hacer lo que le apeteciese. En su casa no disimulaba su felicidad.

Una vez hubo terminado de limpiar el polvo hizo la cama. Luego regó los geranios de la terracilla. Y después se sentó y se puso a ver en Telecinco el programa de la Quintana. Seguía feliz. Había decidido que no cocinaría, abriría un par de latas y punto. Eso nunca lo habría podido hacer con Bernardo. Siempre tan exigente. Cocinando todos los días… todos los días… todos los días… lo que a él le gustaba… solo lo que a él le gustaba.

En un momento determinado sintió la necesidad de saborear un par de onzas de chocolate. Un chocolate que tampoco podía comer, solo a escondidas, como un adolescente que se estuviera fumando un pitillo. El hecho de que Bernardo fuese diabético y de que se le tuviera que inyectar insulina impedía que no entrase en la casa ni un gramo de azúcar.

Fue a su dormitorio, abrió un cajón de la cómoda y de debajo de unos camisones extrajo una tableta de chocolate Nestlé. Pensó que qué tontería, que por qué iba a tener que seguir escondiendo el chocolate si estaba sola.

Antes de salir del dormitorio se quedó contemplando la cama de matrimonio. En la mesita de noche que fuese de Bernardo todavía estaban las pastillas que ella misma le suministraba. Y en el cajón también estaría la última dosis de insulina que le puso…Quizás no debería haber hecho lo que había hecho… La sonrisa que tenía desde que había entrado en el piso se le desdibujó.

Se sentó de nuevo en el sofá, cogió un par de onzas y se puso a mordisquearlas como un ratoncito.

Currito parecía no tener buena cara. Bueno, ni muy buena cara ni muy buen plumaje. Se podría decir que se estaba poniendo como pálido, si es que un canario se puede poner pálido, porque el color amarillo de su plumaje siempre había sido muy intenso.

Los largos anuncios de Telecinco hicieron que se quisiera asomar al balcón de la terraza. Salió todavía con una onza en la mano y con un trocito degustándolo en su boca. Al pasar junto a uno de los geranios lo acarició con ternura. Su sonrisa había vuelto a su rostro. Se asomó al balcón y observó el deambular de la gente, el pasar de los coches, los autobuses, las motos, la gente en patinete, el trajín de los negocios… En un momento dado se quedó mirando la marquesina del autobús de la línea 29. Un hombre con un llamativo polo amarillo, más amarillo que el plumaje del bueno de currito, se quedó en la marquesina cuando el bus paró. No se subió. Se quedo allí, como un pasmarote. A Clementina le dio la impresión que no quitaba ojo de su terraza. La intimidó y volvió al salón. No sabe el porqué pero volvió a esconder la tableta de Nestlé.

Los interminables anuncios seguían inundando la pantalla. Miró en dirección a la jaula. Currito estaba como grisáceo. Se dirigió hacia donde estaba el pájaro, cogió la hoja de lechuga que continuaba entre los barrotes, abrió la portezuela y comenzó a introducir la mano con la verdura. No dio tiempo a mucho, la embestida de Currito no se hizo esperar. Parecía un dóberman. Echó el cuerpo hacia atrás, desorbitó los ojos, abrió el pico de una forma inverosímil, adelantó las garras y atacó con las alas muy abiertas, parecía Johnny Depp en Manostijeras a punto de degollar a alguien. Clementina dio un paso hacia atrás con una inusual agilidad y cerró la puertecilla de la jaula. Se asustó. Hasta el sabor que aún le quedaba a chocolate se le agrió un poco. Pero, lejos de enfadarse, pensó que el pobre animalito estaba pasando su duelo, al fin y al cabo, fue Bernardo el que trajo el canario a casa y el que más tiempo le dedicaba.

La voz de la Quintana inundaba la estancia. Clementina se sintió un poco sofocada por lo ocurrido. Salió otra vez a la terraza. El del polo amarillo continuaba en la marquesina de la parada de la línea 29. Y seguía mirando en dirección a su terraza.

Durante el resto del día no quiso asomarse de nuevo al balcón. Lo evitó. No sabía el porqué, o sí lo sabía y no lo quería reconocer.

 

Los días se fueron sucediendo. De vez en cuando se asomaba a la terraza. Y el de amarillo seguía allí. En la parada del 29. En la misma posición. Impasible. Mirando a la terraza de Clementina.

         Sin embargo, cuando con todo el recelo del mundo bajaba a la calle y miraba de reojo la marquesina, aquel señor nunca estaba. Y al rato, desde arriba, volvía a verlo, allí, tan parado e inquietante como siempre. En un momento determinado dejó de censurarse lo que su subconsciente le censuró hasta ese momento. Esa vez no, esa vez pensó aterrada el parecido que tenía aquel tipo con Bernardo.

         Sintió entonces un impulso incontrolable. Fue al dormitorio y vacío todo el contenido de la mesita de noche de Bernardo: las medicinas, la insulina, la última jeringa… Todo, todo lo que no había querido tocar hasta ese momento fue a parar a un contenedor.

 

Cuando estaba durmiendo ese día, el día en el que había vaciado y tirado hasta el transistor que tenía Bernardo en la mesita de noche, un ruido metálico la despertó de madrugada. Clac-clac-clac. Eran las tres y pico de la noche. Se levantó sobrecogida, angustiada, atemorizada.

         Clac-clac-clac. Se detuvo en el pasillo que desembocaba en el salón. Clac-clac-clac. Dio unos pasos hasta situarse en el vano de la puerta que daba paso a la estancia de estar. Clac-clac-clac. Encendió la luz. Clac-clac-clac. Los vellos los tenía como espinas. Clac-clac-clac. Currito, que ya no estaba grisáceo, sino que lucía una gris pizarra, daba picotazos a los barrotes. Ya tenía dos casi doblados por completo. Con miedo, con cara de susto y de asco, cogió como pudo la jaula y la sacó a la terraza.

         No pudo remediarlo. Miró hacia la marquesina…

         El del polo amarillo estaba en el mismo lugar.

 

Pasó todo el día en la cama. Lo único que comió fue lo que quedaba de la tableta de chocolate. Cuando la noche prácticamente se había echado encima se levantó. Tuvo que armarse de toda la fuerza del mundo para ir a la terraza. Respiró hondo. Una. Dos. Tres veces. Abrió el cierre y salió.

         La jaula estaba destrozada, parecía la celda de una cárcel reventada en un motín. Currito no estaba.

         Miró hacia abajo. Hacia la marquesina de la parada de la línea 29. El de amarillo estaba allí. Y sosteniendo una jaula.

         El hombre le hizo una señal con la mano que ella entendió claramente que estaba dirigida a ella.

De un golpe cerró la puerta corrediza de la terraza. Un escalofrío le recorrió la piel como la recorrería una culebrina.

Llamaron al timbre. Con pasos lentos, temblando, se dirigió a la puerta. Asomó un ojo por la mirilla. Una pareja de la policía nacional se asomaba tras esa lente de aumento.    

.

 

                                                                  FIN 

No hay comentarios:

Publicar un comentario