EL
HOMBRE DEL POLO AMARILLO
No
arrastraba el carrito de la compra, sino que lo llevaba delante, apoyándose en
él como si fuese un andador. Encorvada, se aferraba a la empuñadura con fuerza,
y lo empujaba con pasitos lentos y torpes. Un bastón con ruedas que hacía las
veces de cesta del mercado y de sostén para unos huesos deteriorados por la
edad.
Saludó a una vecina que amablemente le
preguntó cómo estaba, si lo iba superando.
— Ya ves hija, como una puede… a mi edad todo son
reveses… pero hay que seguir para pa’lante, no queda otra. —dijo esbozando una
amarga sonrisa.
—Vaya, ánimo, Clementina —le respondió
la vecina a la vez que negaba con la cabeza y fruncía la boca.
Entró en el
ascensor, primero ella después el carro. Pulsó el cuarto y el rictus de su
rostro se tornó menos severo. Se podría decir que quizás hasta tuviese el
esbozo de un principio de sonrisa.
En el descansillo, mientras buscaba en
su bolso las llaves, escuchaba a Currito cantar alegremente. Se sorprendió
muchísimo. Y se alegró. El canario llevaba dos meses triste. Dos meses en los
que Clementina, de puertas para afuera, simulaba necesitar apoyo para andar al
igual que fingía estar tan melancólica como Currito. Sí, dos meses habían pasado ya desde
que Bernardo dejó de estar.
Nada más dio la
primera vuelta de la llave, el pájaro dejó de cantar.
—Pobrecito mío —exclamó mientras daba otras
tres vueltas a la llave —Que tristito está el pobre.
Le había traído una hoja de
lechugas fresca que había birlado, como a ella le gustaba decir, del
supermercado. La extrajo con cuidado de un cogollo entero y la guardó en uno de
los bolsillos de su vestido de abuela.
La fregó y se dirigió hacia la
jaula. La colocó entre dos barrotes.
—¿Qué le pasa a mi currito?
¿Eh? ¿Qué le pasa? —le decía estos arrumacos con una cadencia de voz casi
cantarina.
Currito se arrinconó en un
extremo del suelo de la jaula y se emboló.
Clementina siguió a lo suyo. Puso
en el viejo tocadiscos un vinilo de Zarzuela y feliz como una niña se dedicó a
ordenar su casa, a pasarle el plumero mientras contoneaba las caderas al son de
la Verbena de la Paloma. Desde que Bernardo no estaba todo era más sencillo. Lo
primero de todo: que podía escuchar la música que le diese la real gana… Su
marido no consentía otra cosa que no fueran palos flamencos. Y ahora, ahora que
él no estaba, podía hacer lo que le apeteciese. En su casa no disimulaba su
felicidad.
Una vez hubo terminado de
limpiar el polvo hizo la cama. Luego regó los geranios de la terracilla. Y después
se sentó y se puso a ver en Telecinco el programa de la Quintana. Seguía feliz.
Había decidido que no cocinaría, abriría un par de latas y punto. Eso nunca lo habría
podido hacer con Bernardo. Siempre tan exigente. Cocinando todos los días…
todos los días… todos los días… lo que a él le gustaba… solo lo que a él le
gustaba.
En un momento determinado
sintió la necesidad de saborear un par de onzas de chocolate. Un chocolate que
tampoco podía comer, solo a escondidas, como un adolescente que se estuviera fumando
un pitillo. El hecho de que Bernardo fuese diabético y de que se le tuviera que
inyectar insulina impedía que no entrase en la casa ni un gramo de azúcar.
Fue a su dormitorio, abrió un
cajón de la cómoda y de debajo de unos camisones extrajo una tableta de
chocolate Nestlé. Pensó que qué tontería, que por qué iba a tener que seguir
escondiendo el chocolate si estaba sola.
Antes de salir del dormitorio
se quedó contemplando la cama de matrimonio. En la mesita de noche que fuese de
Bernardo todavía estaban las pastillas que ella misma le suministraba. Y en el
cajón también estaría la última dosis de insulina que le puso…Quizás no debería
haber hecho lo que había hecho… La sonrisa que tenía desde que había entrado en
el piso se le desdibujó.
Se sentó de nuevo en el sofá,
cogió un par de onzas y se puso a mordisquearlas como un ratoncito.
Currito parecía no tener buena
cara. Bueno, ni muy buena cara ni muy buen plumaje. Se podría decir que se
estaba poniendo como pálido, si es que un canario se puede poner pálido, porque
el color amarillo de su plumaje siempre había sido muy intenso.
Los largos anuncios de
Telecinco hicieron que se quisiera asomar al balcón de la terraza. Salió
todavía con una onza en la mano y con un trocito degustándolo en su boca. Al
pasar junto a uno de los geranios lo acarició con ternura. Su sonrisa había
vuelto a su rostro. Se asomó al balcón y observó el deambular de la gente, el
pasar de los coches, los autobuses, las motos, la gente en patinete, el trajín
de los negocios… En un momento dado se quedó mirando la marquesina del autobús
de la línea 29. Un hombre con un llamativo polo amarillo, más amarillo que el
plumaje del bueno de currito, se quedó en la marquesina cuando el bus paró. No
se subió. Se quedo allí, como un pasmarote. A Clementina le dio la impresión que
no quitaba ojo de su terraza. La intimidó y volvió al salón. No sabe el porqué
pero volvió a esconder la tableta de Nestlé.
Los
interminables anuncios seguían inundando la pantalla. Miró en dirección a la
jaula. Currito estaba como grisáceo. Se dirigió hacia donde estaba el pájaro,
cogió la hoja de lechuga que continuaba entre los barrotes, abrió la portezuela
y comenzó a introducir la mano con la verdura. No dio tiempo a mucho, la
embestida de Currito no se hizo esperar. Parecía un dóberman. Echó el cuerpo
hacia atrás, desorbitó los ojos, abrió el pico de una forma inverosímil, adelantó
las garras y atacó con las alas muy abiertas, parecía Johnny Depp en Manostijeras
a punto de degollar a alguien. Clementina dio un paso hacia atrás con una
inusual agilidad y cerró la puertecilla de la jaula. Se asustó. Hasta el sabor
que aún le quedaba a chocolate se le agrió un poco. Pero, lejos de enfadarse,
pensó que el pobre animalito estaba pasando su duelo, al fin y al cabo, fue
Bernardo el que trajo el canario a casa y el que más tiempo le dedicaba.
La voz de la
Quintana inundaba la estancia. Clementina se sintió un poco sofocada por lo
ocurrido. Salió otra vez a la terraza. El del polo amarillo continuaba en la
marquesina de la parada de la línea 29. Y seguía mirando en dirección a su
terraza.
Durante el resto
del día no quiso asomarse de nuevo al balcón. Lo evitó. No sabía el porqué, o
sí lo sabía y no lo quería reconocer.
Los días se fueron sucediendo. De vez en
cuando se asomaba a la terraza. Y el de amarillo seguía allí. En la parada del
29. En la misma posición. Impasible. Mirando a la terraza de Clementina.
Sin
embargo, cuando con todo el recelo del mundo bajaba a la calle y miraba de
reojo la marquesina, aquel señor nunca estaba. Y al rato, desde arriba, volvía
a verlo, allí, tan parado e inquietante como siempre. En un momento determinado
dejó de censurarse lo que su subconsciente le censuró hasta ese momento. Esa
vez no, esa vez pensó aterrada el parecido que tenía aquel tipo con Bernardo.
Sintió
entonces un impulso incontrolable. Fue al dormitorio y vacío todo el contenido
de la mesita de noche de Bernardo: las medicinas, la insulina, la última
jeringa… Todo, todo lo que no había querido tocar hasta ese momento fue a parar
a un contenedor.
Cuando estaba durmiendo ese día, el día en
el que había vaciado y tirado hasta el transistor que tenía Bernardo en la
mesita de noche, un ruido metálico la despertó de madrugada. Clac-clac-clac. Eran
las tres y pico de la noche. Se levantó sobrecogida, angustiada, atemorizada.
Clac-clac-clac.
Se detuvo en el pasillo que desembocaba en el salón. Clac-clac-clac. Dio unos
pasos hasta situarse en el vano de la puerta que daba paso a la estancia de
estar. Clac-clac-clac. Encendió la luz. Clac-clac-clac. Los vellos los tenía
como espinas. Clac-clac-clac. Currito, que ya no estaba grisáceo, sino que
lucía una gris pizarra, daba picotazos a los barrotes. Ya tenía dos casi
doblados por completo. Con miedo, con cara de susto y de asco, cogió como pudo la
jaula y la sacó a la terraza.
No
pudo remediarlo. Miró hacia la marquesina…
El
del polo amarillo estaba en el mismo lugar.
Pasó todo el día en la cama. Lo único que
comió fue lo que quedaba de la tableta de chocolate. Cuando la noche prácticamente
se había echado encima se levantó. Tuvo que armarse de toda la fuerza del mundo
para ir a la terraza. Respiró hondo. Una. Dos. Tres veces. Abrió el cierre y salió.
La
jaula estaba destrozada, parecía la celda de una cárcel reventada en un motín.
Currito no estaba.
Miró
hacia abajo. Hacia la marquesina de la parada de la línea 29. El de amarillo
estaba allí. Y sosteniendo una jaula.
El hombre le hizo una señal con la mano que ella
entendió claramente que estaba dirigida a ella.
De un golpe cerró la puerta corrediza de
la terraza. Un escalofrío le recorrió la piel como la recorrería una culebrina.
Llamaron al timbre. Con pasos lentos, temblando, se dirigió a la puerta. Asomó un ojo por la mirilla. Una pareja de la policía nacional se asomaba tras esa lente de aumento.
.
FIN
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