jueves, 1 de diciembre de 2022

EJERCICIO 7 RELATO CIENCIA FICCIÓN BUSCANDO EL CIELO Aurora Palomo

 1 DICIEMBRE 2022


EJERCICIO 7 RELATO CIENCIA FICCIÓN   Aurora Palomo


BUSCANDO EL CIELO


Alondra desde los diez años paseaba por los pasillos superiores de los túneles, era el lugar que más le gustaba, en lo alto, cerca de la luz, cerca del cielo. La parte superior de los túneles estaba pintada del azul del cielo, según contaba su abuela cuando recordaba la vida en el exterior. De eso hace muchos años, los regidores de la ciudad decidieron, a causa de la contaminación radioactiva por las guerras, construir la ciudad bajo tierra con sofisticados aparatos para filtrar el aire contaminado.

A lo lejos escuchó que la llamaban, ella siguió saltando y corriendo sin prestarle atención, hasta que vio a su hermano subir por las escalerilla que llegaban a donde ella estaba.

—¿Qué quieres?—le preguntó

—Papá nos llama, la abuela está…

Alondra comenzó a bajar de prisa con su hermano detrás, llegaron a la zona donde habitaban, entró corriendo en la habitación de la abuela que también era la suya, allí en la camastro que colgaba de la pared estaba la abuela, una respiración superficial movía sus débiles costillas. El médico había decidido que era hora de partir. 

Todas las personas cuando llegaban a los setenta años, según la constitución de la ciudad debían partir. La abuela había llegado a los ochenta, pues era la memoria del pueblo enterrado en vida. La misión de la abuela había sido la de recordar como habíamos vivido en el exterior. Una vez a la semana iba por las zonas contando como fue la vida allí fuera  y porque estábamos viviendo en el interior de la tierra. Habían grabado todo lo que ella había relatado, tenía la capacidad de evocar memorias que no estaban recogidas en ningún otro lado y cada vez que el médico certificaba que ya era momento de partir, comenzaba a mencionar hechos nuevos. 

Llevaba varios días diciéndole a su hija que ya era el momento de partir, que llamara al médico.  

Alondra cogió la frágil mano de su abuela, ella abrió los ojos y le dijo:

—Busca el cielo, siempre hay una salida.

Los rituales para partir eran sencillos, el médico le inyectaba una dosis de un medicamento y la persona dejaba de respirar, inmediatamente le daba a un botón especial que aparecía solo en esos casos y lo pulsaba. Directamente del camastro pasaba a un túnel que iba a alimentar el fuego que necesitaban para vivir dentro de la tierra.

Mientras, su familia entonaban cánticos de gratitud por todo lo que habían compartido con ella. Alondra tenía la garganta cerrada por el llanto interior, pues no era bien visto expresar dolor por la partida. 

A partir de ese día, Alondra, ya con quince años, comenzó a recorrer más y más pasillos buscando el cielo y las salidas que le había dicho su abuela. Iba cada vez a un lugar nuevo y lo inspeccionaba a conciencia, registrando y averiguando a dónde llegaban cada túnel, cada escotilla.

Ya la habían denunciado por abrir puertas y escotillas prohibidas y su padre la vigilaba y encerraba en su habitación. Pero siempre encontraba la forma de escapar y seguir con su búsqueda. 

Un día en una zona remota, abrió una escotilla y una mariposa, de color blanco con los filos azulados, voló alrededor de ella, y subió desapareciendo ¿A dónde llevará esta escotilla?— Se dijo. Y comenzó a subir por la escalerilla que había allí, llegó hasta otra escotilla, esta estaba cerrada con varios candados electrónicos en las cuatro direcciones. Señaló la ubicación de la escotilla y volvió a sus habitaciones. Llegó su hermano y lo llamó:

—¡Hugo ven! ¡Te voy a enseñar una cosa!

 Y en un susurro le enseñó la foto de la mariposa que había visto.

—¡Has realizado la foto en el zoológico!.

—¡Que no! La he realizado en el sector K.—Además he estado mirando las mariposas que hay en el zoo y no hay ninguna como esta.

—Tú que sabes de electrónica— le mostró la foto de los candados en la escotilla. —¿Podrías abrirlos? ¿Tienen señal de alarma?

—Te vas a meter en un lio y quieres meterme a mí.

—Solo quiero saber por dónde ha entrado la mariposa, y si hay mariposas en otro lado.

Como Alondra habitualmente caminaba por los pasillos superiores cerca del cielo, no se extrañaban de ver a los dos hermanos por las alturas.

Unos días después los hermanos dispusieron de un tiempo libre, sus padres estaban en una reunión y decidieron ir a investigar al lugar donde había encontrado la mariposa. Cuando subieron por la escotilla descubrieron que en el costado derecho había un pequeño túnel por el que solo pasaba un cuerpo delgado. 

Hugo no cabía por la abertura, entonces Alondra decidió introducirse por ella. Arrastrándose con la linterna en la frente, recorrió   unos metros empujándose con los codos y las rodillas. Cuando llegó al final de la galería, allí en lo alto había una estructura circular de metal oscuro con barrotes entretejidos y una gran tranca que la atravesaba, que se sujetaba a una argolla de hierro con un artilugio, no tenía números para abrirlo, solo un pequeño agujero en un lateral, hizo  fotos de todo. Miró por entre los barrotes y  estaba muy  oscuro, le pareció que había lucecitas a lo lejos.

Regresó al lado de su hermano y le enseñó lo que había encontrado. 

Cuando llegaron los padres a las habitaciones, los encontraron llenos de tierra y le preguntaron dónde habían estado y les dijeron que habían estado ayudando en las granjas.

Al día siguiente fueron a las granjas, pues todo quedaba registrado.

Fueron a la biblioteca para buscar información de lo que significaba lo que habían encontrado. Había un bibliotecario muy mayor  y recurrieron a él para que les indicara dónde podían encontrar la información. Cuando vio la foto dijo:

—Hacia mucho tiempo que no veía un candado como este.

—¿Es un candado?¿No tiene números ni teclas?

—El bibliotecario riéndose le contesto:—Se abre con una llave que se introduce en ese agujero del lateral.

—¿Y si no hay llave? ¿Se puede abrir?

—En aquellos tiempos había personas muy hábiles que lo abrían con unas ganzúas pequeñas o con horquillas. O con una lima serraban la parte delgada que está en el lado superior.—Le dijo señalándolo en la foto.

—¿Que son las ganzúas o las horquillas?—pregunto Alondra.—No conozco esas palabras.

El bibliotecario buscó en el ordenador y les dijo dónde podían encontrar información en un terminal  de la biblioteca.

Con toda lo que encontraron volvieron a sus habitaciones, estuvieron decidiendo cuál instrumento usarían y cómo iban a encontrarlo, pues todo quedaba registrado, hasta las compras y aquellas cosas eran muy raras.

Alondra recordó que había visto algo parecido en las granjas y comenzaron a ir a ayudar con más asiduidad. Cada día le daban nuevas tareas con utensilios que no habían visto nunca, le explicaban que tenían que hacer y los dejaban con el trabajo.

Una vez vieron como serraban un tubo de los que usaban para abonar las plantas, con una herramienta especial, por lo que decidieron encontrar la forma de conseguir aquel instrumento que ya habían visto como funcionaba. Un día un aprendiz a granjero olvidó entre la tierra, una herramienta parecida a la que habían visto, aunque era más pequeña y Hugo la guardó en su mochila. Acordaron llevar la herramienta al túnel que habían encontrado, pues en sus mobiliarios todo estaba contabilizado. De camino a sus habitaciones iban riendo y felices.

Cuando por fin sus padres fueron a una reunión de la comunidad, fueron al túnel especial, Alondra entró con la linterna y la herramienta y comenzó a serrar el tubo superior del candado, fue un trabajo duro conseguir hacer mella en él, pero con los movimientos y forcejeos el candado se abrió solo, Alondra quedó sorprendida, con lentitud lo fue retirando, de pronto comenzó a ver claridad a través de los barrotes del círculo y quedó extasiada al ver el color azul a lo lejos.

De pronto un ruido puso en alerta a Alondra, la argolla se desprendió de la tierra y casi le da la tranca en la cabeza, que se metió en el túnel con celeridad. Mientras, su hermano le gritaba  para saber que estaba pasando.  Volvió al túnel donde estaba Hugo. le contó lo que había visto y que solo faltaba conseguir abrir o retirar los  barrotes. 

—La argolla se soltó de la tierra y la tranca cayó, casi me da. 

—¿Estás bien? Te veo llena de tierra.

—¡Siii! ¡Estoy feliz!. ¡He visto el cielo de verdad! Apareció una claridad entre los barrotes que iba aclarándose y surgió un manto azul -celeste como nos lo contaba la abuela. ¡Ha sido maravilloso! 

—Yo también quiero verlo, tenemos que ampliar el túnel.

Les llevó un tiempo agrandar el hueco para que Hugo pudiera ir hasta la escotilla de barrotes. Intentaron abrirla, no se movió ni una pulgada y comenzaron a quitar tierra de alrededor. Habían ampliado tanto el hueco que cabían los dos. Un día, después de intentarlo varias veces, le dieron a la escotilla una patada los dos a las vez  y se movió. Consiguieron que se deslizara hacia un lado y reptando salieron al exterior. Estaba oscuro, aunque a lo lejos una luz emergía entre los árboles, fue agrandándose la claridad, al fondo vieron un resplandor luminoso que crecía en forma e intensidad. Estaban asustados e hipnotizados, quietos mirando asombrados

El sol apareció en todo su esplendor y tuvieron que colocar las manos delante de sus ojos. Extasiados ante todo lo que veían saltaban y bailaban gozosos. Entonces se dieron cuenta que estaban respirando en el exterior y que se sentían bien.

—Tenemos que contárselo a nuestros padres.—dijo Hugo.

—No nos creerán— le contestó Alondra.

 



miércoles, 30 de noviembre de 2022

EJERCICIO 7 - Esperanza Cabañas

 

El gato

 

Enrique maldecía al gato y no dejaba de consultar su reloj mientras los agentes le disparaban miradas acusativas. A su alrededor los pasajeros recogían de las bobinas giratorias sus maletas, se sus abrochaban cinturones y se calzaban los zapatos. Sobre sus pies nerviosos hacía giros sobre sí mismo. ¿Un gato? ¿A quién se le habría ocurrido? Estas preguntas se amontonaban en su cabeza. Él mismo se sorprendió al ver los pelos anaranjados que salían por la cremallera cuando el agente le pidió que abriera la maleta. Muy despacio, con una mezcla de miedo y asco descorrió la cremallera. Justo al pasar por los pelos algo chilló dentro,  él se encogió echándose hacia atrás. 

Por supuesto que no es mío, no lo he visto en mi vida contestó atónito con voz fuerte para hacerse oir en medio del ruido que envolvía a la terminal.

El agente lo miró frunciendo la frente.

Enrique miraba al gato que seguía echado plácidamente sobre su ropa. Pensó que debía tratarse de una broma. Sacudió su cabeza y volvió a mirar el reloj. Su avión saldría en pocos minutos.

Quédese aquí le dijo un agente con altanería.

Perdone, pero mi avión saldrá en breve y tengo que marcharme, quédense con la maleta si quiere.

Cuando lo aclaremos podrá irse.

El agente se acercó al gato y lo acarició. El animal lo siguió con la mirada sin hacer ningún otro gesto.

Parece que está cómodo rio el agente.

Unos minutos más tarde se acercó un guardia civil con un aparato electrónico en su mano derecha, lo pasó por el cuello del animal. Después de escuchar un pitido levantó el artilugio y leyó en la pequeña pantalla, después asintió desapareció por detrás del control de seguridad.

Mi avión está a punto de salir. Me acaban de llamar para embarcar. Tengo que irme. Quédense con el gato, no lo he visto en mi vida y no me lo pienso llevar.

El agente le lanzó una mirada que lo paralizó.

Enrique en su desconcierto lo vio marcharse, entonces se dio la vuelta, miró de soslayo hacia atrás y empezó a caminar en dirección a la puerta de embarque. Unos metros más adelante dos agentes lo retuvieron y le invitaron a que los acompañara. Lo llevaron hasta un despacho pequeño en el que le dijeron que se sentara frente a una mesa que ocupó uno de los agentes.

Enrique cruzó las piernas y con un llavero empezó a golpear sobre la mesa. Su pie se movía inquieto y se pasó varias veces la mano por la frente. El agente le pidió la tarjeta de embarque y su documento de identidad. En el ordenador rellenó algún documento que Enrique no pudo ver. La espera se le hacía interminable. Le parecía una memez que un estúpido gato le hiciera perder su vuelo.

Treinta minutos más tarde se personó un agente con un señor que sostenía con su brazo al gato. Era algo más viejo que Enrique, pero con un porte parecido. Ambos eran delgados, altos y vestían con elegancia.

Así que es usted el que se ha llevado a mi gato… dijo lanzando una sonrisa aviesa a Enrique mientras acariciaba el lomo del animal.

Yo no me he llevado a su gato gritó Enrique con furia.

Bueno, aquí tiene su maleta,  por nosotros el tema está solucionado, no le retenemos más dijo el agente.

Enrique cogió su maleta y salió deprisa. EL dueño del gato le siguió.

Le invito a un café.

No me vendrá mal contestó Enrique algo más tranquilo

El dueño del gato eligió una mesa algo más separada del resto, junto a las cristaleras que asomaban a la pista. Se sentó y puso al gato en su regazo. Enrique se sentó frente a él. El gato le producía inquietud.

Ahora cuénteme que le llevó a mi casa.

Yo no he estado en su casa.

¿Seguro? ¿Cómo explica que Malú estuviera en su maleta?

No tengo ni idea, eso me lo tendrá que aclarar usted a mí.

Está bien, ya que me lo pide, se lo diré. Hace un año que sé que mi mujer me engaña. Soy algo mayor, le llevo quince años y siempre supe que esto podría ocurrir, pero era tan hermosa que me mereció la pena asumir el riesgo. He sido muy feliz con ella. Mejor dicho, hemos sido muy felices. Pero, como en todo matrimonio largo y el nuestro lo ha sido, aparece la desidia, el cansancio, la monotonía. No le voy a engañar, a mí también me llegó, pero yo seguía enamorado, aunque de otra manera. Sin embargo ella empezó a odiarme, lo lei en sus ojos y entonces supe que tenía un mante. Alguien como usted, que seguramente estará casado y, que esperaba a que yo saliera de viaje para hacerle visitas.

¡Pero que dice!

Esa fue la razón de comprar este gato, se llama Malú. Es una maravilla, me costó una millonada, pero ha sido una buena inversión.  Esta amaestrado para irse con todo hombre que visite mi casa. Lo probé con el fontanero y no me falló. Cuando terminó su trabajo en casa lo siguió hasta el coche, con discreción entró en el coche con él y se puso en el asiento trasero. El fontanero se dio cuenta de su presencia cuando maulló al entrar en el garaje. Y pasó lo mismo, me localizaron y fui a rescatarlo. Pero el fontanero no era. Mi mujer es muy exquisita. Y… ¿sabe por qué elegí este animal? Se lo diré: a mi mujer no les gustan los gatos. Hubiera hundido mi inversión si ella llega a encariñarse con él. Lo acarició mirándolo con devoción, después continuó. Contraté a un sicario para que entrara en la casa con una llave que le dí. Él esperó a que usted saliera para entrar y yo sabía que Malú estaba con usted.

Enrique se puso lívido, la taza de café se le cayó sobre la mesa salpicando su pantalón.

No se ponga nervioso. El sicario hizo un gran trabajo, nada de sangre, un estrangulamiento limpio. Estaba guapa, debió gozar mucho con usted. Llamé a la policía para contarles que mi mujer estaba muerta en la cama. Los agentes llegaron antes de que me llamaran del aeropuerto para decirme que alguien llevaba en su maleta a mi gato. Ellos me dijeron que viniera a por Malú mientras recogían las huellas de usted de mi casa.

Enrique cayó al suelo.

 

jueves, 24 de noviembre de 2022

EJERCICIO 6 RELATO FANTÁSTICO LA PUERTA Aurora Palomo

23 Noviembre 2022 


EJERCICIO 6 RELATO FANTÁSTICO Aurora Palomo


LA PUERTA



Celinda se despertó al amanecer, se arrebujó en la fina manta que su abuela le había dado la noche anterior. El sol estaba queriendo entrar por las rendijas de las persianas de los dos ventanales que tenía enfrente. En la nebulosa del entresueño, forzó a sus párpados a abrir una rajita para poder ser consciente del lugar en el que estaba. Era el salón comedor, bueno, eso era lo que le dijo su abuela, había cornucopias en las paredes en dos grandes y descascarillados espejos, muebles apretujados, libros amontonados por todos los rincones y en medio el sofá donde estaba tendida, duro, oliendo a polvo viejo, con la parte superior de madera esculpida con flores y pájaros, el color de la cretona que tapizaba el sofá era indefinido entre  negro y marrón. En esta duermevela estuvo mucho tiempo o eso le pareció a ella. Una de las veces que abrió los ojos sintió un escalofrío, se levantó y se envolvió en la manta. El salón estaba helado, miró a un lado y a otro, aquello parecía un almacén de muebles unos empotrados en otros y allí, como una isla el sofá y su maleta al lado.

Se vistió, se puso el chaquetón y salió al pasillo. Ni un alma, lo recorrió arriba y abajo. Todas las puerta cerradas. Al fondo detrás de una, comenzó a escuchar un sonido de movimientos de platos y se dirigió hacia allí. Abrió la puerta y delante del fogón de carbón estaba una señora alta y recia manejando la cafetera que no se quedaba fija encima del fuego. 

La miró y dijo:—¡Ah! ¡La señorita nueva!. ¡Siéntese! Le preparo un café, bueno uno de cebada de pucherete. El café, café lo saca doña Jacinta cuando hay una visita especial.  Soy Tomasa y me encargo de la cocina y otras cosas.

Celinda se sentó y el calor de ese líquido que tomaba iba calentando su cuerpo, que cobró vida. Un trozo de pan algo duro puso Tomasa a su lado y lo migó en el líquido oscuro y comenzó a comer. Dio las gracias a Tomasa y preguntó por su abuela, le contestó que ella no se levantaba antes de las 12 del mediodía y se marchó dejándola sola en la cocina.

Estaba disfrutando del desayuno cuando comenzó a escuchar como un lamento en un tono muy bajo. Miró a su alrededor y no había nadie. Abrió la puerta y dejó de escucharlo. Siguió comiendo el pan esponjado.

Celinda tenía dieciocho años cuando llegó a la capital, donde estudiaba Matemáticas. Los abuelos tenían las habitaciones alquiladas y ella tuvo que permanecer  en el destartalado salón. Por la noche se quedaba a estudiar en la cocina pues era el lugar más cálido de la casa. 

Tras varias noches escuchando los lamentos, cada vez más fuerte y no encontrar a nadie en los armarios ni en la despensa, escuchaba por los rincones, se lo contó a su abuela que le dijo, sin darle importancia, que a veces la nevera, que ya era un poco vieja, hacia ruidos que parecían lamentos.


Celinda aceptó la explicación de su abuela y siguió estudiando en la cocina. A pesar de los ruidos, se acostumbró a ellos y con el tiempo ya no los escuchaba. Pero una noche en la que todos estaban dormidos, llegó a la cocina con todas las luces apagadas y vio una luz detrás de la nevera y los lamentos eran como llantos sofocados. Se acercó a ella y comenzó a moverla para mirar qué ocurría, con mucho trabajo consiguió apartarla de la pared, entonces encontró una puerta entreabierta de donde salían  gritos y llantos. Abrió la puerta, una luz tenue iluminaba una escalera hacia el sótano. 

Extrañada, pues nadie le había hablado que la casa se expandía hacia un sótano, comenzó a bajar la escalera, los gritos eran más audibles, además de voces de personas, de hombres que mandaban y mujeres que realizaban alguna tarea que le decían. Cuando llegó al final de los escalones se encontró en un lugar llenos de cristales transparentes y detrás de ellos niños deformados, a uno le faltaba un ojo, al otro una pierna, al otro se le notaban todos los huesos. Estaban en cunas y todos lloraban y gritaban. Había una mujer que iba uno a uno inyectando algo en brazos o piernas y los niños inmediatamente se quedaban callados y caían en el colchón dormidos. 

Celinda estaba impactada de ver todo aquello que se desarrollaba delante de ella, de pronto una mano la agarró del cuello

—¿Quién eres tú? ¿Qué haces aquí? ¿Quién te ha dado permiso para entrar?

—Celinda le dijo asustada: —Escuché gritos y vi una luz detrás de la nevera. La puerta estaba abierta. Soy la nieta de Jacinta.

De pronto escuchó una voz fría y autoritaria, era la de su abuela:

—¡Suéltala! ¡Es mi nieta! ¡Ella no entra en el lote!

—¡Ha visto demasiado!

—Yo me encargo de eso.

El hombre soltó a Celinda y esta corrió escaleras arriba hasta llegar junto a su abuela. Subieron la escalera y salieron de aquel lugar.

En la cocina, la abuela encendió la luz y abrazó a su nieta.

—Ahora nos vamos a tomar un chocolate caliente y nos iremos a la cama, mañana hablaremos de todo esto. 

Cuando preparaba el chocolate,  introdujo unos polvos en la taza de Celinda,  al terminar de tomar el chocolate sus                                                                                                                                                                                                                                                                                                     ojos se le cerraban. La abuela la llevó al salón, la acostó, arropándola con la manta y le dio un beso.


A la mañana siguiente, al contarle a su abuela  lo que había vivido la noche anterior, esta le dijo que eso era una pesadilla que ella había tenido, que no había ninguna puerta o escalera. Y para que se quedara tranquila retiraron la nevera y detrás de ella había una pared con algunas mancha y roces de aparato, ninguna puerta. 

 

 

 

lunes, 21 de noviembre de 2022

EJERCICIO 6 - Esperanza Cabañas

 

  Mi niño

Enrique y yo celebrábamos esa noche que íbamos a ser padres. Enrique lo sugirió cinco meses atrás. Me lo dijo con la ilusión de un niño, como si fuera lo único que faltara para completar nuestra felicidad. En ese momento no pude más que asentir, besarle, abrazarle y contagiarme de sus ganas. Así, pegados, permanecimos un instante que me pareció fugaz. Al final de la cena Enrique descorchó una botella de cava, llenó dos copas y me ofreció una. Brindamos por la nueva vida que estaba gestando. Luego pasó la copa por mi vientre y apretando los labios para esconder su felicidad, selló los míos con los suyos.

Unos días después nos citaron para una ecografía. Aún no se podía ver el sexo, pero su corazón latía con tal fuerza que los ojos se nos hicieron agua. Hicimos fotocopias de esa imagen y en la cena de Navidad, que se celebró un mes después, pusimos un sobre en cada plato con la ecografía dentro. La primera en entenderlo fue mi hermana. El resto de la familia se levantó después.  Entre risas y felicitaciones hicieron planes ahuecando un sitio en la mesa para el próximo año. La familia de Enrique lo celebró aún con más alboroto. Eran desahogados a la hora de expresar sus emociones y me dieron tantos achuchones que temí por mi bebé. Iba a ser el primer nieto para ambas familias.

Unos días después fui de compras a un centro comercial y me encontré con María. Hacía mucho tiempo que no la veía. Ella había sido la primera novia que tuvo Enrique. Cuando me la presentó su beso me supo a azufre. Después me disparó una mirada aviesa que, junto a sus labios retorcidos, encendieron mis miedos. Forcé una sonrisa para saludarla.

¿Qué tal te va el embarazo? Espero que no lo malogres como el anterior dijo cadenciosa torciendo sus labios.

Las tripas se me anudaron. Aquel hecho se produjo cuando todavía estudiábamos en la universidad. Enrique y yo lo decidimos de común acuerdo. Me dolió en el alma y mil veces le pedí perdón a esa criatura para la que no hubiéramos sido buenos padres. Con ojos de vidrio miré mi barriga.

Muy bien, gracias. Todo va estupendo. Me alegro de verte, ahora tengo prisa, recuerdos a tu familia le dije precipitada reprimiendo una arcada.

Esa noche me agité en la cama. Veía con horror una membrana sanguinolenta que envolvía un cuerpo blando sin formar que se pegaba a mi cuerpo. Lo retiraba con asco, pero se escurría y volvía una y otra vez. Si me cubría una parte, acudía a la otra. Tanta angustia terminó por despertarme. Aturdida me levanté y fui al baño. Me sentía pringosa, resbalosa. Me metí en la bañera, froté mi cuerpo con la esponja hasta enrojecer la piel. Luego tomé una toalla y, mientras me secaba, un rastro de sangré en la bañera llamó mi atención. Grité. Enrique sacudió la puerta.

¿Qué ocurre? preguntó asustado.

―¡Esa sangre no es mía! dije aterrada señalando la bañera.

Vamos, tienes que descansar. ―Me cogió por la cintura y me llevó hasta la cama.

Abrazada a él conseguí dormir. Cuando sonó el despertador me preguntó cómo me encontraba. Le dije que cansada.

No vayas a trabajar, quédate en la cama, yo llamaré al colegio. Me dio un beso y corrió al baño.

Quise explicarle que la sangre no era mía cuando entró en la habitación para traerme un zumo de naranja, pero sus palabras no dejaron paso a las mías. Se puso los zapatos y se fue a trabajar.  La sangre no era mía, de eso estaba segura, pero… ¿cómo le convencía? Una semana más tarde el médico me exploró y me convenció de que todo estaba bien. No volví a tener más visiones extrañas.

Cuatro meses después preparé una merienda en casa para celebrar el treinta y cinco cumpleaños de Enrique. Vinieron sus hermanos, sus padres y los míos también. Mi barriga por aquel entonces ya abultaba y nuestro niño se dejaba sentir  a cada momento.  Terminé muy cansada. Enrique despidió a la familia y yo me fui directamente a la cama. Justo cuando se iba a acostar me despertó el timbre de su teléfono. Lo vi salir de la habitación. Debí quedarme dormida porque di un respingo cuando noté su beso de buenas noches. Le pregunté quién lo había llamado, me dijo que había sido María. «¡Mierda! Esta tía no se olvida de él», pensé para mí. Enrique siguió contándome que la había notado muy triste. Por lo visto su marido viajaba bastante y los fines de semana solo quería descansar. Añadió que de esa manera no podrían ser padres. «Me ha dejado mal sabor, creo que esa chica no estaba bien», me dijo con cierto tono de afección. Yo odiaba a María, pero lo que más me molestó fue que Enrique hablara de ella con preocupación. Miré el reloj, había estado más de una hora hablando con ella.

Esa noche volví a sentir inquietud, no podía dormir. La boca se me secó como una hoja en otoño. Bajé a la cocina,  hacía calor, abrí el grifo. Las gotas de sangre salpicaron las paredes del fregadero. Todo el fondo era rojo. Grité… y grité más fuerte. Me tapaba la boca y cerraba los ojos.

¿Qué ocurre?

¡Mira! Señalé el fregadero.

Vamos cariño, tranquilízate. Son restos de mermelada de la tarta.

¡No! No estoy loca, es sangre, Enrique, es horrible grité llorando.

Enrique me llevó a la cama y abrazada a él encontré descanso. Por la mañana, recordando la escena, mi cuerpo se sacudió entre el asco y el terror. Fui al baño, me di una ducha e intenté convencerme de que había sido una alucinación.

No fue posible, cada día veía la sangre y a veces también a ese horrible feto que no hacía más que recordarme a nuestro hijo no nacido. Inclusive cuando me llevaban a paritorio era la imagen que rafagueaba en mi cerebro hasta que pusieron en mi regazo a Carlos. Era un niño blanquito y regordete. Sus ojos abiertos borraron todos mis temores. Acaricié su cabecita apenas cubierta por una pelusilla. Era un bebé precioso. Enrique, emocionado como no lo había visto nunca, vino hacia mí y nos abrazamos los tres. Sentado a mi lado no paro de decirme gracias… gracias, mi amor.

Con el paso de los días me fui recuperando del parto y asumiendo mi nueva fisonomía. Se me había quedado una barriga horrible, mis pechos había crecido y caían por su propio peso, pero cuando miraba a Carlos, tan sano, tan guapo y alegre, porque ya sonreía, se me olvidaba todo lo malo. A Enrique y a mí nos parecía el niño más bonito del mundo.

Dos meses después quedamos para comer con los amigos. Fue la presentación de Carlos. María no faltó y además vino sola. Nos pidió permiso para coger al niño del cochecito. Enrique se lo dio, pero cuando se lo acercó al regazo, Carlos empezó a llorar con desconsuelo. De forma precipitada, lo reconozco, se lo arrebaté con la excusa de tranquilizarlo. En mis brazos el niño se durmió. Sentí de manera constante los ojos de María sobre mí. Enrique no dejó de hablar y de reír. María, siempre a su lado, no dejó de atraer su atención. Me sentí sola entre ellos, Invisible como el frío. Nos despedimos cuando empezó a anochecer. Ya en casa hablábamos Enrique y yo de lo bien que se había portado Carlos y nos acostamos pronto porque estábamos cansados.

La inquietud volvió esa noche. Me asomé a la cuna, Carlos dormía. Me abracé a Enrique y así me desperté. Carlos no había llorado en toda la noche. Acudí a su cuna. Tenía un color extraño, estaba frio  grité, grité y grité. Enrique vino, cogió al niño. Yo seguía gritando. La cuna estaba vacía, el cuerpo de mi niño, inerte.

sábado, 19 de noviembre de 2022

Ejercicio 6 Antonio Castilla

 

DESDE TODOS LOS LADOS

 

Al aproximar su cara a la gran ventana el vaho caliente de su boca dibuja el contorno deformado de sus labios. Distraído le pasa un dedo y dibuja una espiral.

En el cristal ya no queda ni rastro de sus labios, solo la espiral. Fuera hace frío.  Y dentro... dentro solo hay otra espiral, por la que se siente caer casi ingrávido, como cuando el verano pasado fueron los dos al parque acuático y solo él se tiró por un tobogán con forma de sacacorchos. 

Ahora también cae, pero es otro tipo de caída. Ahora cae y cae, pero no ve el final, no ve el agua cálida que le serviría de red.

Ya han pasado cuatro meses desde su despido. Ya han pasado cuatro meses desde que se sumió en una depresión. Ya han pasado cuatro meses desde que todas las mañanas la ve salir para su trabajo, guapa, arreglada, perforando el parqué de su adosado con sus elevados tacones.

Su olor impregna toda la casa y dura hasta cuando vuelve. Entonces huele distinta, más ella. Y piensa si no se habrá liado con alguien del trabajo, del gimnasio, de las clases de inglés.  Ella se va por la mañana y no vuelve hasta la noche. Todo es posible. Llevan cuatro meses sin tener sexo. Las pastillas que le recetaron a las dos semanas del despido, y que aún sigue engullendo, le anularon la poca líbido que aún le quedaba.

Da vueltas por la casa. En pijama todavía, sin afeitar su rala barba, quizá lleve así una semana, teniendo el pijama como una segunda piel y el olor agrio de su cuerpo mezclándose con los aromas de ella.

De fondo, desde el televisor, suena un programa de cotilleo. Se asoma otra vez al ventanal. Fuera sigue haciendo frío y en el interior de él también.

Delante de la casa de enfrente ve una furgoneta de alquiler. Un solo hombre, algo más joven que él, está bajando cajas y más cajas. «Un vecino nuevo», piensa.

Se queda observando cómo sigue dotando de vida aquellas paredes vacías.  En un momento determinado el vecino mira hacia su ventana. Sus miradas se cruzan. El poco y tibio sol que se asoma entre las nubes parece iluminar solo la cara del vecino. Los rayos dan en su rostro, y el iris de sus ojos parecen tornarse de un rojo encendido. El vecino sonríe de medio lado. Él solo atina a levantar tímidamente la mano a modo de saludo. Un breve saludo. Le avergüenza su aspecto. Cierra la cortina y, por fin se decide a lavarse, afeitarse. También se perfuma y se cambia de ropa. Ya no lleva el arrugado y sudado pijama. Ahora lleva unos vaqueros, una sudadera con el logo de Nike y unas deportivas de la misma marca.

Se siente bien. Quizás muy bien. Y no sabe el porqué. Ni sabe tampoco el porqué de ese súbito cambio.

 

—Vaya, por fin te has cambiado —le dice ella sin mirarle cuando llega por la noche.

Sigue oliendo bien. Quizás, piensa él, este oliendo a ella misma y a otro. Al otro. Pero le da igual. Se sorprende. Pero le da igual.

Mientras que ella trastea en el dormitorio él se dirige al ventanal del salón. Descorre la cortina. No ve luz en la casa del nuevo vecino. Pero si cree verlo. Está detrás de una de sus ventanas. Los ojos le brillan como las cabezas incandescentes de dos cigarrillos. Él no se mueve. Se queda allí, como hipnotizado. El otro, el nuevo vecino, tampoco se mueve. O por lo menos eso cree él.

—¿Qué haces? Le pregunta ella. Está envuelta en un albornoz rosa y se seca el pelo con una toalla del mismo color.

—Tenemos un nuevo vecino —explica él—. Mira, asómate. —Y se echa a un lado. Piensa que qué raro es que últimamente se duche por la mañana y nada más llegar a casa otra vez. Quizás se quiera quitar el olor del otro. Aunque, le da igual. Se sorprende de que le dé igual, pero es lo que siente, no puede evitarlo.

—Yo no veo nada. ¿Qué quieres que mire? Está todo oscuro. —Se aparta, ladea la cabeza y se seca con energía la cabellera.

—Allí, en la ventana, mira como le brillan los ojos.

—Yo no veo nada —dice ella después de dar un rápido vistazo a través del ventanal. Se aparta, enciende el televisor y se cepilla el pelo con energía delante del aparato.

Él mira de nuevo. Ya no lo ve, sin embargo, cree vislumbrar aquellos dos puntos incandescentes en lo alto del tejado. «A lo mejor es un gato callejero», piensa.

Ella le observa cómo está embelesado mirando por la ventana. En silencio niega con la cabeza.

—¿Te has tomado la medicación? —le pregunta sin mirarlo.

 

Esa noche sueña que cae por una espiral, cae como a cámara lenta. El vértigo lo atenaza. Se ve caer y caer y caer sin ni siquiera intuir el final, como Alicia por el pozo que la llevó hasta el país de las maravillas. Suda. Y se mueve. Mucho. Y sigue cayendo por la espiral. De las paredes… de las paredes de ese remolino por el que se hunde, salen brazos que lo quieren coger…

         Se incorpora en la cama. Con el corazón acelerado. Pringado de sudor. Con los vellos erizados. Ella, de reojo, lo mira, pero no dice nada.

         Duermen en la planta de arriba y ahora pretende bajar a la cocina para beber un zumo, o un agua, o lo que sea. Se calza las zapatillas de andar por casa, coge su batín y se lo pone. Cuando se lo está abrochando mira a través de la ventana de su dormitorio. Entonces lo ve. Sonríe con la boca de medio lado. No hay ningún árbol donde subirse. No sabe qué hace el nuevo vecino allí, a esa altura. Un escalofrío como de fiebre lo traspasa de arriba abajo.

         No grita, pese a las ganas de gritar no grita. Se quita el batín, se descalza y se acuesta mirando a la ventana.

         —¿Qué estás haciendo? —le pregunta ella con voz desganada y mirando hacia el otro lado.

         —Creo que he visto al vecino merodeando por nuestra casa. —Tiene cerrado los ojos cuando le contesta.

         —Yo no veo nada. ¿Quieres dormirte de una vez? Que tengo que trabajar mañana. —Ella se había levantado y mirado hacia un lado y otro de la ventana.

         Él no dice nada. Tiene los ojos cerrados. No quiere mirar. Pero, al instante, mira. Y el vecino sigue allí, ingrávido, con los ojos incandescentes, con la sonrisa de medio lado.

 

 

En el momento en el que ella se va, se ducha, se arregla, se perfuma, se enfunda su vaquero, su sudadera, su chamarra y sus deportivas y se va a la calle. No muy lejos. Solo alrededor de la casa del nuevo vecino.

         Da igual que lado de la casa aborde.  Él siempre está en una ventana. Aunque recorra el perímetro de la vivienda corriendo, cuando llega a cualquier ventana, allí está el vecino. Si mira arriba, allí está. Si mira a un lado y después al otro, allí está. Siempre sonriendo con media boca.

 

No puede dormir. Las ojeras tienen tres centímetros. Solo da cabezadas cada cierto tiempo. Así lleva varios días. Cada vez que mira por la ventana de su dormitorio allí lo ve. Si baja en mitad de la noche a la cocina y abre el frigorífico, allí, en un rincón, están los dos puntos incandescentes, si mira el espejo, allí está. Siempre, siempre, siempre está.

         Ella está preocupada, nerviosa, o quizás esté harta. Y a buen seguro que sea eso último, está harta, muy harta.

         —La semana que viene tengo un congreso, estaré toda la semana fuera. —le suelta de repente ella, sin mirarle. Últimamente casi no le mira.

         —¿Toda la semana? —pregunta sin ningún tipo de inflexión en su voz.

         —Sí —contesta ella— Así podrás ver mejor a tu amiguito.

         —¿Qué amiguito? —Esta vez sí que la voz le cambia

         —Con el que sueñas todas las noches. Cuando consigues dormir, claro.

 

Ella se ha ido. Es lunes. Piensa que estará con el otro. No le cabe en la cabeza otra alternativa. Nunca ha ido a un congreso. Y no le ha dado más explicaciones.

Pero le da igual. Solo piensa una cosa. Tiene que hacerlo. Durante todo el día no cesa esa obsesión, es como una gran plancha que lo aprisiona. También se pasa todo el día viéndolo por todos lados. No puede más. Casi todo el lunes transcurre de una forma muy extraña. Prácticamente no se levanta del sofá. Y tiene los ojos cerrados, muy cerrados, apretados como compuertas de una presa.

 

Amanece el martes y ya está arreglado desde hace un tiempo. No se atreve a hacer lo que el cuerpo le dice que tiene que hacer. No lo entiende. Incluso no quiere. Pero sabe que lo hará. Todavía no se atreve, pero lo hará, sí, lo hará, inexorablemente lo hará. Aunque su juicio le dicte lo contrario. Aunque la razón no esté de su parte. Aunque ella le diga lo que le tenga que decir… Un envite que no sabe de dónde viene lo impulsará hasta allí, como una piedra es catapultada por un tirachinas.

         Las horas van pasando. Se sienta en el sofá y cierra los ojos. Se levanta, y lo ve. Pasea por una u otra habitación, y lo ve. Se vuelve a sentar y vuelve a cerrar los ojos. Se vuelve a levantar, y lo ve… Está obsesionado. Suda. Suda mucho. Pese a la temperatura, que es fría, está empapado. No le queda más remedio que meterse de nuevo en la ducha. Y se acuerda de las duchas de ella en las últimas semanas. Y se acuerda también del otro. Debajo del chorro del agua caliente piensa que él también tiene a un otro alternativo.

         No se demora en ponerse los vaqueros, la sudadera, una chupa, las deportivas… Ya es de noche. Sale de la casa y se encamina a la del vecino. A un par de metros del vano de la puerta mira hacia arriba, hacia la ventana que debe de ser su dormitorio. Está allí. Con sus ojos cigarros mirándole y con la sonrisa de medio lado. A continuación, mira a otra ventana, y a otra, y a otra… sigue allí, en cada una de ellas conforme mira.

Cuando baja la cabeza se lo encuentra en la puerta. Él sonríe. Y el nuevo vecino también, aunque de medio lado. Los ojos se le encienden en un rojo intermitente, se echa hacia un lado y con un gesto de la mano le cede el paso.   

  

FIN

martes, 8 de noviembre de 2022

EJERCICIO 5 EL ESPEJO Aurora Palomo

8 noviembre 2022

EJERCICIO 5 CUENTO DE HADAS. Aurora Palomo 

EL ESPEJO


Las ancianas del lugar, cuando se reunían al sol  con sus labores, contaban historias extraordinarias que habían ocurrido en aquella pequeña ciudad,  en la que desaparecieron personas y casas, volviendo a aparecer a los pocos días. 

  En esa villa, hace muchos años, ocurrió un terremoto y la habían reconstruido. Era una ciudad con una parte moderna y otra antigua. Había barriadas nuevas en las zonas  de los derrumbes ocasionados con los movimientos sísmicos. Aquí vivían familias con sus hijos, que habían llegado  de distintas partes del país. Una de estas  casas la ocupaban Isabela con su hija Roberta. Isabela  trabajaba todo el día limpiando en la casona.

Esta es la historia de Roberta que como todos los días, después del colegio, se reunía con  la pandilla de compañeros,  en la plazoleta del barrio en medio del parque. Entre todos  los niños estaba su gran amigo Gerardo, con el que se divertía jugando. 

Todos ellos  la envidiaban porque  a veces, iba a ayudar a su madre a limpiar y podía entrar en ese lugar que era tan misterioso para ellos, la casona.

La casona era una gran casa señorial vetusta, con paredes oscuras, dos torreones la amurallaban a los costados, y en la parte inferior, muchos ventanales. Estaba rodeada de un hermoso jardín, lleno de flores silvestres y  salvajes, pues ningún jardinero quería ir a trabajar allí, por los comentarios que corrían entre loa habitantes. La casona se encontraba en lo alto de la colina que rodeaba la ciudad y había sobrevivido al terremoto. En ella vivía la señora Guridi, una anciana con el cabello blanco, solitaria, enjuta, con unos ojos negros que cuando miraban a alguien, las personas parecían encogerse y bajaban su mirada.


Un día, apareció una niña nueva en el barrio, se llamaba Lidia, y muy tímida preguntó si podía jugar con ellos en la plazoleta. La acogieron con risas. De eso hacía seis meses y desde entonces, había ido acaparando la dirección de los juegos y de los chicos, sobre todo de Gerardo, que se quedaba embelesado mirándola. 

Aunque Gerardo  le juraba que ella era su amiga más querida, cuando llegaba Lidia se olvidaba de Roberta. Una tarde que jugaban al escondite, Roberta se refugió en el hueco especial entre los arbustos que tenía con Gerardo, y allí, sola, se hizo de noche y nadie la buscó. Se marchó  triste, enojada, con lágrimas en los ojos. En el camino a su casa, enfadada como nunca con Lidia y su amigo, dando patadas a las piedras que encontraba a su paso, dijo: «Sí pudiera,  todo aquel que me hace daño lo haría desaparecer». 

  Su madre, al verla en este estado, le preguntó que le ocurría. Ella con los ojos rojos del llanto, bajando la cabeza le dijo que  Lidia y Gerardo la habían despreciado. Mientras cenaban, acarició la mano de su hija y le dijo: 

—Mañana te vienes conmigo a limpiar a la casona.

Roberta siempre  apreciaba poder ir  donde su madre  trabajaba. Poder entrar en la casona y satisfacer su curiosidad la animó.

Cuando llegaron a la puerta, su madre le advirtió:

—Antes de entrar tienes que prometerme una cosa.

—¿Qué quieres que te prometa, mamá?

—Hoy vamos a limpiar el ala central de la casa. Esa que no se usa nunca. Tendremos que quitar mucho polvo y te ordeno  que ¡No entres en la habitación que tiene un  árbol tallado en la puerta!

—¿Por qué, mamá?

—¡Hazme caso, Roberta, ahí no entres!

—¡Mamá, te lo prometo!


       Roberta miró con asombro la gran escalera de madera que subía al piso alto. Disfrutó limpiando el polvo de salones majestuosos, bailando por ellos,  acariciando las tapas de los libros que había en la biblioteca, saltando y tendiéndose en camas inmensas de habitaciones maravillosas. Llegó  limpiando a la puerta prohibida.  Se paró delante de ella. Admiró el gran árbol grabado en la madera, cuando rozó con sus dedos el tronco y las hojas, la puerta cedió y se abrió.  Miró  a su alrededor, no había nadie, y entró.

  Era una habitación muy grande. La luz del sol entraba a raudales por los ventanales y se reflejaba  en el único objeto que había en medio de ella. Un gran espejo ovalado, antiguo, con un marco de ramas oscuras entrelazadas y, en lo alto, un cristal translúcido brillante.

   La luz  del espejo se irradiaba a una ventana que estaba abierta. En el alféizar una lagartija tomaba el sol. Roberta atraída por su imagen reflejada, caminó despacio hacia el espejo. La lagartija también se sintió atraída y corría a su lado hacia la luz y el calor que emanaban de él. Las dos se acercaron a la vez.

La niña miró su imagen, solo vio tristeza y rabia en sus ojos.  Un movimiento a sus pies le hizo bajar la vista y contempló  a la lagartija,  que se relamía la boca después de comerse una mosca,  su hambre era voraz, entonces Roberta dijo  en voz alta:

  —¡Si fueras un dragón, podrías comerte a todas las personas que me hacen daño!.

 En ese instante, el sol del mediodía incidió en el cristal en lo alto del espejo. Una luz azul irisada y un ruido ensordecedor envolvió la habitación. Roberta notó que algo había cambiado en ella y a su alrededor. Oyó la voz de su madre llamándola y se  sobresaltó.  Salió  corriendo   de la habitación.

—¿Has escuchado el ruido? ¿Será un terremoto?

Roberta le dijo que no había oído nada.

Por la tarde del día siguiente, fue a jugar con sus amigos. Estaba feliz cuando volvió a su casa, pues Lidia no se había presentado.

A la mañana siguiente, Gerardo estaba preocupado pues Lidia no había acudido al colegio. Roberta no le dio importancia. En el recreo estaba feliz jugando con su amigo que en un momento le dio con la pelota en la frente y le hizo una herida. Roberta  comenzó a llorar, Gerardo le dijo:

—¡Quejica! ¡No ha sido para tanto!

—¡Eres un bruto! ¡Lo has hecho adrede!¡Mira! ¡Tengo sangre!

—¡No se puede jugar contigo! ¡Todo el día quejándote!— Y se marchó.

Las profesoras llevaron a Roberta  a la enfermería y  allí le curaron la herida y le pusieron una tirita. Poco a poco se fue tranquilizando, estaba  dolida y enfadada con la actitud de su amigo, que además no la había acompañado.

Al otro día, Gerardo tampoco fue al colegio. Roberta  estaba inquieta, imaginando a su amigo riéndose con Lidia en su casa. Pasó  el tiempo en clase mirando por la ventana y despistada. El profesor al verla distraída le hizo una pregunta, ensimismada, no le contestó. Entonces la llamó:

—Roberta, Roberta…

Al no tener respuesta fue hacia su pupitre.

—¡Te he hecho una pregunta!.

—No la he escuchado, ¿puede usted repetirla?

—¡Vaya!, la señorita hoy está sorda. En clase es necesario estar atenta.

Roberta  avergonzada, con la cara roja, se sentía humillada delante de la clase y le contestó al profesor:

—Como su clase es tan aburrida, tengo que distraerme de alguna forma.

El profesor la castigó sin recreo, y le ordenó que escribiera en la pizarra: Estoy atenta durante la clase. Estuvo todo el tiempo escribiendo insultando al profesor.

Al siguiente día, el profesor no se presentó. Cuando salió del colegio corrió a casa de Gerardo. Había desaparecido junto con su familia. Intranquila, recorrió el trayecto hasta los casa de Lidia que también había desaparecido.

     Volvió corriendo a su casa, estaba asustada  con la cara blanca,  su madre le preguntó:

¿Qué te ocurre?

¡Mamá! ¿Qué sucede en la habitación del árbol?

¡Roberta! ¿No habrás entrado allí?

  Sí…, entré…

La  señora Guridi, la dueña de la casona, me explicó que había un espejo muy especial, que podías pedirle deseos. —¿Qué has hecho?

  —Pedí un deseo,… la lagartija… ¡Estaba tan enfadada!

Roberta lloraba y decía:—¡Mis amigos no están!. ¡El profesor no ha venido! Los otros niños me rehuyen.

Le contó  lo que había ocurrido en la habitación del árbol. 

—Mañana iremos a preguntarle a la señora Guridi cómo puedes solucionar lo que está ocurriendo. 

Roberta estaba asustada y no quería que supieran que ella era la causante y se negaba a ir.

—Yo no quiero ir a la casona.

  —Lo que necesitas es algo que yo no puedo proporcionarte.

—Si no me hubieras llevado a la casona…

—¡Te saltaste la prohibición!.

—La puerta estaba entreabierta…

—¡Eso es una excusa! ¡Nunca haces lo que te digo!—La señora Guridi nos aconsejará.

—¡No quiero ir!

—¡Deja de protestar! ¡Hala! ¡A la cama! Mañana encontraremos una solución.

Enfadada, intranquila y asustada Roberta se durmió llorando abrazada a la seguridad de su peluche preferido.

A la mañana siguiente cuando Roberta se despertó no encontró a su madre en la casa, la cama estaba intacta. —¡Mi madre también ha desaparecido!

Y corrió a la casona, sentía que el espejo la llamaba. Se introdujo en ella por un ventanal. Atravesó una sala y apareció la señora Guridi  allí. 

—¿Cómo has entrado? No he escuchado a tu madre.

—Por la ventana— le dijo temblando

— ¿Porqué? ¿Qué quieres?

—-Mi madre, mis amigos… han desaparecido…— El espejo…estuve delante de él.

—Ese espejo cumple lo que pides en voz alta cuando le da el sol. Pero para volver a entrar en la habitación tienes que conseguir algunas cosas para mí.

—Irás al bosque y buscarás un castaño que da unos frutos de color azulado y me traerás un erizo con tres castañas.

Roberta corrió al bosque y después de caminar por él sin encontrar ese castaño, cansada, se sentó  debajo de un árbol y al mirar las hojas vio los frutos azulados. Los recogió y se lo entregó a la dueña de la casa.

La señora Guridi recogió el erizo y le dijo:

—Vas a ir a la gruta del Oso y me traerás un hueso largo que encontrarás allí.

Roberta se encaminó a la gruta por senderos poco frecuentados. Llegó al agujero de la entrada, no se veía nada, todo era oscuridad, encendió una cerilla y al fondo vio al oso dormido. Con mucha ligereza recogió el hueso y veloz volvió a la casona.

Entonces le dijo la señora Guridi:

—En lo alto del monte Romur encontrarás un nido de un águila y en ella varios huevos, me traerás uno.

Roberta aunque estaba cansada, comenzó a subir al monte, la noche se hizo y descansó en un hueco que encontró entre la hojarasca. Cuando el sol apareció estaba ya alrededor del nido. Dos águilas estaban allí, salieron a cazar y entonces Roberta cogió un huevo y se lo llevó a la anciana.

Entonces la señora Guridi se apartó de delante de la puerta y Roberta entró en la habitación, el espejo lo llenaba todo, parecía aún más grande. El sol se reflejaba en él e iluminaba todo.

       Apoyó su espalda  en la puerta y recordó lo que le había dicho la señora Guridi, y dijo en voz baja:— “¿Qué quiero en realidad?”

  Y de pronto en voz alta comenzó a decir:

        - ¡Quiero que mi madre vuelva! ¡Quiero que mis amigos vuelvan! ¡Quiero que  todos los habitantes y  edificios de mi ciudad  vuelvan!-. 

Repitiéndolo una y otra vez fue  acercándose al espejo. Llegó delante de él, miró su imagen  reflejada. De pronto, a su lado, un dragón también se reflejaba en él. Roberta se sobresaltó y se escondió detrás del único mueble, el espejo, miró a su alrededor y no vio al dragón. Al volver delante del espejo, advirtió un movimiento en el suelo y descubrió a sus pies a la lagartija, en el espejo el dragón  escupía saliva.

Este le dijo:

Yo soy el ser que hace realidad tu deseo. Me he comido a todas las personas  que sientes que te han hecho daño.No dejaré que vuelvas a pedir otro deseo. Estoy disfrutando de los manjares que me ofreces.

        Roberta se asustó y comenzó a retroceder y el dragón creció en el espejo, volvió a retroceder y creció de nuevo. La lagartija se deslizaba a su lado.  Al darse cuenta de lo que ocurría, levantó un pie para aplastar a la lagartija, pero esta se escabulló entre sus piernas.

Y  el dragón abriendo el espejo salió de él.

—Si me matas, nada volverá a ser como antes. — le dijo enfurecido. —Y yo puedo comerte.

El dragón comenzó a perseguir a Roberta por la habitación con la lagartija detrás. Roberta, aterrada y sin aliento, cada vez que pasaba por delante del espejo se plantaba un momento y decía en voz alta y fuerte:

  -¡Quiero  que mi madre, mis amigos, los habitantes  y edificios de mi ciudad  vuelvan!-.

    El dragón, cada vez que Roberta decía el deseo, disminuía de tamaño.  Comprendió que cada vez que repetía lo que deseaba, el dragón disminuía de tamaño.

Y como siempre, a su hora, el cristal encima  del espejo, se iluminó con el sol. Roberta, el dragón y la lagartija en ese preciso momento se encontraban delante de él y el resplandor azul irisado los envolvió y los dejó ciegos. 

      Cuando recobraron la vista,  Roberta y la lagartija se reflejaban en el espejo.  El deseo transgresor se había neutralizado. Se sentó en el suelo aliviada resoplando. Miró a su alrededor.

Recogió a la lagartija  en su mano y la llevó al alféizar de la ventana.

—¡Eres libre!—le dijo

Entonces  oyó un gran estruendo en la ciudad, y pudo ver desde la ventana como todo  volvía a aparecer. Escuchaba a lo lejos las risas de los habitantes que  se abrazaban.

     Roberta decidió que nunca jamás volvería a desear hacer daño a alguien o algo. Salió de la habitación, corrió  a buscar a su madre y se refugió en  sus brazos, agradecida por poder abrazarla.

     Después fue a la plazoleta,  allí encontró a Gerardo y a Lidia,  los tres se unieron en un gran abrazo.