HORMIGAS
Horadaban con ahínco en el
interior de los muros degradados por el paso del tiempo. Día y noche, una detrás de la otra como si de una
procesión eterna se tratara, salían a depositar cada grano robado. De esta
manera crecían montones de arena como lo hace la masa de pan en reposo. Las
había por fuera y por dentro de la casa. Antonio las contemplaba envidiando la
fuerza que él ya no poseía.
Dorotea se había ido mientras él
dormía. Miró la techumbre del porche y recordó a su padre colocando los troncos
en los agujeros del muro delantero. Luego los unió con clavos a otro tronco más
largo que los recogió como si de una canaleta se tratara, e hizo descansar a
este último sobre tres pilotes de castaño anclados en el suelo. Los troncos,
con sus imperfecciones devoradas por el uso, sostenían un cañizo ajado que
tapaba, a ratos, los huecos por los que el sol entraba. Antonio, sentado en una
mecedora que era tan cana como él, daba vueltas a las alianzas de oro que
holgaban en uno de sus dedos. Acababa de amanecer. Esperó a que el sol se
levantara. Algunos vecinos salieron de sus casas. Cada día quedaban menos, el
pueblo se iba despojando de vida.
Se preparó un café al que añadió
leche y trozos de pan que troceó con dedos temblorosos. Lo que sobró, hasta
terminar la barra, lo esparció por la cocina y el salón. Las pobres hormigas
tenían que alimentarse bien, trabajaban demasiado, pensó Antonio y de nuevo salió
al porche. Una ligera brisa acompañada de una extraña humedad le anunció que el
verano estaba llegando a su fin. Se sentó en la mecedora, pero antes de cerrar
los ojos miró hacia la derecha. El viejo olmo se erguía con el verdor de antaño.
Recordó la tardes alegres que pasó bajo su sombra.
A media tarde, Cipriano, apoyado
sobre su garrote de madera, le despertó con sus aullidos ininteligibles.
Antonio abrió los ojos y le indicó con la mano que se sentara su lado, en la
otra mecedora. Lo hizo con lentitud y esfuerzo. Dejó el pequeño paquete que
traía sobre su regazo y miró al horizonte.
―¿Qué traes? ―preguntó
Antonio señalando con su dedo tembloroso el
envoltorio.
―Unos polvos para las hormigas
que me ha dado el tendero para ti.
Antonio arqueo las cejas y le
hizo un gesto con la mano para que lo dejara en la mesa.
―¡Te van a tirar la casa! ―le
advirtió Cipriano levantando la voz, los brazos y volviendo sus ojos hacia los
montículos de arena que se apoyaban sobre el muro delantero.
Pasaron largos minutos de
silencio en los que Antonio retrocedió al día en que su amigo se casó. Lo había
hecho con la prima de Dorotea y también se había quedado viudo, igual que él. Un
crujido de la madera del porche levantó sus párpados. Cipriano se puso de pie
de un salto.
―¡Echa los polvos si no quieres
que te aplaste este tronco! ―dijo levantando el bastón hacia el
largo madero que sostenía al resto―. Hasta más ver.
―Hasta mañana ―dijo
Antonio con voz pesada y se quedó mirando los pasos de su amigo.
El sol iba cayendo como una
letanía. Todos los días igual, a la misma hora, o eso le parecía a Antonio.
―Se me ha venido la noche recordándote,
Dorotea. Voy a prepararme algo para cenar, espérame aquí que vuelvo enseguida ―le dijo sin levantar la voz y entró en la cocina.
Algunos azulejos habían caído
desbaratando los montones de arena. Calentó en el fuego un poco de aceite, echó
un ajo partido, lo roció de pimentón y echó caldo que tenía guardado en la
nevera. Cuando todo hervía le añadió un huevo. Después salió al porche.
―Sabía que estarías esperándome
―le
susurró acercándose a ella. Le dio un beso y se sentó a su lado.
Dorotea Insistió en que tomara la
sopa antes de que se enfriara. Antonio la tomó despacio, devolviendo al plato
las gotas que por el temblor de su mano caían de la cuchara. Cuando terminó se
reclinó
igual que estaba ella. Iintentó coger su mismo compás de balanceo ―¿Recuerdas
las tardes que jugábamos a no perderlo? A veces cambiabas el ritmo para que me
perdiera, pillastra. Mira el olmo, ya empieza a perder hojas, le susurró
Antonio durmiéndose a su lado.
Los primeros rallos de sol se
colaron con fuerza a través de sus párpados. Un cielo azul claro presagiaba un
día esplendido. La garganta se le había secado y le dolió al tragar. «Otro día
aquí», pensó. Se levantó con sumo esfuerzo. Estaba cansado. Se quedo un rato junto
a la mesa, apoyando los brazos esperó a desentumecer las piernas. Ya erguido
dio una vuelta a la casa. La parte de atrás había caído, se alegró. Cogió de la bolsa que el panadero había
dejado atada a la verja una de las dos barras de pan. Esparció migajas en todos
los muros que quedaban en pie. Las
hormigas se abalanzaban a ellas con furia, sabedoras de que el invierno
llegaría pronto.
Después de tomar un poco de leche
caliente se volvió a sentar en el porche. Cerró los ojos para escuchar el
trabajo de las hormigas, pero no lo consiguió, eran calladas y afanosas. Miró
al olmo y recordó el primer beso que le dio a Dorotea. Esa noche el cielo se cubrió de luceros y sus
almas se enredaron para siempre.
―¡Buenos días! ―aulló
Cipriano acercándose.
Antonio levantó una mano y le
invitó a que se sentará. Cipriano le recriminó que la bolsa de polvos siguiera
sobre la mesa, donde la había dejado el día anterior.
―Echo de menos a… ―no terminó la frase y cerró los ojos. Cipriano
cogió el paquete y lo rasgó con la uña―. ¡Fuera! ―le gritó Antonio―. ¡Fuera!
―¡Ahí te quedas con tus miserias,
viejo testarudo! ―Cipriano cogió el bastón y empezó a caminar hacia la
calle.
La luz de la tarde fue
desapareciendo. Se levantó para tomar café y cogió unas galletas de la alacena.
El tazón temblaba sobre la bandeja de madera mientras arrastraba los pies hacia
el porche. La depositó sobre la mesa, junto a los polvos. Se sentó y suspiró
fatigado. Rompió varias galletas sobre el tazón. Comió despacio, mientras el
viento levantaba las hojas que empezaban a caer. Miró a la otra mecedora. Has
entrado en silencio, le dijo a Dorotea. Le cogió la mano, la apretó y le dijo
con voz callada que nunca más la dejaría escapar. Con si fuera un niño miró al
cielo. Esa noche el muro tembló y un sonido bronco borró los troncos que sobre
él descansaban.
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