UN
BALÓN
Mari
Ángeles cerró la puerta del chalet y Felipe no tuvo tiempo de despedirla. Se marchaba
unos días a casa de la hija, le había gritado casi desde la calle. En un
principio creyó que iría para ayudar con los dos nietos, un bebé de tres meses
y Martita, una niña de dos años, aunque el portazo final de ella no lo dejaba
del todo claro. Quizás se había largado por la discusión…pero no…, no lo creía,
solo fue una pequeña discusión, como tantas otras veces.
Felipe acabó de ajustarse la corbata, se
estiró los puños de la chaqueta y se dio el visto bueno, seguía estando en
forma a sus sesenta y dos años. Su cabeza quedaba lejos de la calvicie y su
cuerpo seguía siendo fuerte, solo la curva de una incipiente barriga desentonaba,
pero ya tenía decidido sacrificarse en el gimnasio para que desapareciera.
Al salir al jardín le molestó que un objeto
caído al fondo, turbara la imagen del uniforme tapizado del césped, los bordes
perfectamente cortados no tenían una brizna fuera de lugar y los macizos de
flores disfrutaban amparados en sus molduras perfectas. Siempre había sido así
desde que hace más de veinte años compraron la casa. Se acercó al final de la
parcela comprobando que el objeto era un reluciente balón de reglamento rojo y
negro, pensó que sería del hijo del vecino, pero ahora no tenía tiempo de devolverlo,
se retrasaba dos minutos en su salida para la oficina.
Después de dos días intentando hablar con M. Ángeles,
después de acabar el táper que le había dejado con la etiqueta “cena del miércoles”,
después de volver a mirar el móvil, salió resoplando al jardín para repasar que
todas las luces exteriores estuviesen apagadas. Algo se le enredó entre las
piernas haciéndole perder el equilibrio y a punto estuvo de caer de bruces al
suelo del porche. Soltó varios
improperios antes de reconocer al balón que había visto en la esquina del
jardín y en el silencio de la noche retumbó la gran patada que soltó a la pelota.
Por la mañana, vestido ya con la corbata y la
camisa del jueves, comprobó las consecuencias que su puntapié había ocasionado
en los rosales. Los tallos doblados, los restos de las flores desnudas y, agonizando
a sus pies, los pétalos amarillos, los blancos, y los de rojo terciopelo. Del
balón no encontró ningún indicio.
A su vuelta del trabajo intentó entrar en la
casa sin mirar hacia una rosaleda que le gritaba su culpabilidad y volvió a
maldecir. Mari Ángeles continuaba sin ponerse al teléfono, y no le quedaban
apenas túper, ni camisas.
Se dirigía a recoger el desastre cuando sonó
el móvil. Seguro que era ella, pensó, y arrojó el rastrillo, el cubo y la
tijera podadora que, enredándose en su mano, le dejó un alargado corte. Pero la llamada era de una empresa de
telefonía y colgó de inmediato después de mandarlos a la mierda. Se quedó
mirando el hilo de sangre que corría hacía los dedos y en ese momento sintió el
balón agazapado junto a su pierna. Bajó los ojos y lo golpeó sin piedad en
dirección al macizo de gazanias naranjas, mientras que un alarido de combate se
escapó por su garganta.
El día que le tocó vestirse con la última
camisa limpia solicitó unos días de vacaciones en el trabajo. Los táperes yacían vacíos y amontonados en el
fregadero, en el móvil ningún mensaje, ninguna llamada. Por la tarde se sentó
en el patio, frente a los despojos de los rosales y los escombros de las
margaritas. La pelota, provocando con sus brillantes hexágonos rojos y negros,
retozaba cerca de él. Felipe se incorporó, cogió aire, y la puntera de su pie
derecho comenzó a disparar sin descanso. Después de cada chute, recuperaba con
rapidez la pelota, la volvía a centrar frente al objetivo y golpeaba. Primero cayeron los geranios, después se desgarraron
las calas y más tarde les tocó el turno a las aromáticas, al crujido del
romero, le siguieron los quejidos de la yerbabuena y de la menta. Sólo se quedó
quieto cuando la pierna ya no le respondía, el sudor le empapaba la espalda y
el corazón corría sin control. Entonces, solo entonces, se recostó en el sillón
dándole dos palmaditas de felicitación al balón.
Al levantarse el día siguiente, le dolía la
cabeza y tenía la boca seca. Abrió el armario, comprobó las perchas vacías y se
quedó con el pijama puesto y el móvil sin batería. Desayunó un café bien
cargado, y le dio los buenos días al cuero resplandeciente que lo esperaba en
la puerta de la cocina.
Con la pelota cogida suavemente debajo del
brazo, repasó las plantas y los parterres que todavía quedaban en pie. Se puso
los calcetines, las deportivas y empezó a calentar. Después de un rato de flexiones y
estiramientos, acarició las líneas pespunteadas del esférico y comenzaron los
disparos. En este combate se tomaron su tiempo, ajustaban al máximo el disparo
para conseguir el mayor daño y, entre uno y otro, realizaban un descanso para comprobar
los resultados. Al mediodía cargó el móvil y telefoneó a una empresa de reparto
para encargar varios menús de hamburguesas dobles y patatas fritas.
Después de una larga siesta, sus ojos escrudiñaron
el exterior en busca del compañero, lo encontró descansando junto a la
cristalera del porche. Con una sonrisa le propinó un pequeño puntapié a modo de
saludo. Mientras se espabilaba abriendo los brazos y expulsando un chorro de
aire, decidió emplear las próximas horas en fortalecer las piernas y se fue al
trastero por la bicicleta estática. Estiramientos, pedaleo y descanso,
estiramientos, pedaleo y descanso, una secuencia sin variación alguna hasta que
el balón le reclamó un poco de atención. Para contentarlo bajó de la bici y
chutó, al pequeño naranjo, las flores de azahar volaron en una traca final y a
Felipe se le escapó una carcajada.
Al anochecer, con la camisa del pijama rígida
del sudor y el pantalón con cercos de orina, se dispuso a dormir en el campo de
batalla. Cansado y satisfecho recogió del dormitorio las mantas y los dos se
arroparon en el porche.
Los golpes en la gran cristalera retumbaban en
toda la casa. Diez patadas, descanso, diez patadas, descanso, al final de la
mañana los cristales seguían intactos pero las sujeciones vibraban cada vez
más. Se limpió la mostaza de la hamburguesa que le rebosaba la boca con la
manga del pijama y volvió a leer el mensaje que Mari Ángeles le había escrito, «Llego
a las cuatro para recoger algunas cosas».
Ellos ya estaban preparados. La pelota, inflada a
máximo de presión, tenía las costuras a punto de estallar y él relucía con las
deportivas nuevas. Se situaron a unos metros de la entrada. Dio algunos
saltitos para calentar y después simplemente esperó. De vez en cuando miraba
hacia abajo para sentir su apoyo y lo movía apenas unos milímetros.
Escuchó un ruido y el cuerpo de Felipe se
tensó, la pierna derecha retrocedió para coger impulso, la puntera se dirigió hacia
el centro de la pelota, acompasada al ritmo de la puerta que se estaba abriendo.
No recuerda el impacto, no recuerda que pasó
después, solo se quedó con la imagen de Martita en la entrada, la imagen delante
de Mari Ángeles, la imagen de la niña que balbuceaba abuelo mientras iniciaba
una carrerilla en su dirección. Después ya
no recuerda nada más.
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