jueves, 6 de octubre de 2022

EJERCICIO 1 Geneviève ( Sonia) Corcelle ( 1211 palabras)

 

LA PUERTA

 

                 

                  El timbre de la puerta interrumpió el ruido de la conversación.

                  — ¿Quién será a esta hora? preguntó Fran. Para él, las siete de la tarde ya marcaban el inicio de la noche, sobre todo en esos días de otoño cuando la oscuridad se instala tan pronto.

                  — Tranquilo, abro yo, le contestó Graciela

                  — No abras, echa un ojo por la mirilla.

                  Graciela asintió y dejó en el sofá el jerséi que estaba tejiendo. Desde el sillón, él estiró el cuello hacia el pasillo para intentar cazar alguna de las palabras que le llegaban como un murmullo.

                  — ¿Y? , preguntó cuando ella reapareció en el salón.

                  — Una equivocación, cariño.

                  — Ya podrían tener más cuidado en vez de molestar, gruñó Fran. Habéis hablado mucho, ¿no?

                  — No, solo le  he explicado que yo no era la persona a la que buscaba. Como te comentaba, prosiguió, el Instituto ha decidido realizar una salida cultural con los alumnos de Segundo. Me toca prepararlo todo porque soy la tutora del grupo.

                  Mientras daba detalles sobre la excursión, su marido se puso a juguetear nerviosamente con el llavero. Le fastidiaba la perspectiva de la ausencia de Graciela durante casi una semana. Faltaban solo cuatro días para la partida, él también tendría que organizarse. Luego pensó que tampoco le vendría mal una temporada de soltero.

                  Al día siguiente de marcharse ella, a eso de las siete de la tarde, mientras seguía la retransmisión de un partido de fútbol, volvió a sonar el timbre. Pero su mirada no se despegó de las piernas que corrían por la pantalla. Con un gesto automático se tomó otro sorbo de cerveza mientras sus dedos agarraban un puñado de panchitos. Con el segundo timbrazo, hizo un gesto de exasperación con la mano pero tampoco se levantó. Cuando ya sonó por tercera vez, soltando una ristra de palabrotas, arrastró los pies hacia la puerta. Acercando el ojo a la mirilla, le pareció ver la silueta de un adolescente.  Sin abrir, intentó averiguar lo que quería.

                  — ¿No está ella?

                  — ¿Quién?

                  — Pues ella. La mujer que me abrió el otro día.

                  — Pues no.

                  — Así que al final se fue, añadió desconcertado.

                  — Pues sí, se fue. Así que no vuelva a molestar más.

                  Mientras se dirigía al salón, rumió la frase “ Así que al final se fue”. ¿No le había dicho ella que habían llamado a la puerta por error?  Bueno, este tiene pinta de ser un alumno del Instituto. Ya estos adolescentes ni respetan la casa de uno.

                    Apresuró el paso pero los gritos del estadio llenaron el salón antes de que llegara. “¡Y todo por el pringado este!”, dijo con rabia. El marcador indicaba ahora  4-5. Su equipo iba perdiendo. Había sido un gol dudoso, marcado a traición, eso seguro. Si él se hubiera quedado en el sofá, no habría sucedido, lo tenía claro.

                  Antes de que tuviera tiempo de sentarse, el timbre volvió a sonar, primero una vez, a los pocos segundos, otra, y por fin retumbó en sus oídos insistentemente. “¡Será gilipollas el muy cabrón!”, gritó fuera de sí.  

                  Recorrió el pasillo a grandes zancadas y soltó barbaridades hacia  la calle sin abrir la puerta. Pero el sonido del timbre no cesaba.

                  — Perdone que insista, dijo la voz por detrás de la puerta. Quizás aún esté a tiempo, añadió con tono angustiado.

                  — ¿ A tiempo de qué?, so tonto.

                  — Pues de evitar lo peor.

                  — Mientras te evite yo a ti, estoy a salvo. Así que lárgate de una vez. Y no se te ocurra volver a llamar, ¿me has oído? ¿Me has oído? ¡Contesta!, gritó ya fuera de sí.

                  — ¡Escúcheme, por Dios!

                  — ¡Largo de aquí, ya!, aulló Fran.

                  “El cabrón este ya me ha jodido la tarde, y bien jodida”, masculló mientras se dirigía a la cocina. Se le habían quitado las ganas de seguir viendo perder a su equipo. Estos zangolotinos no saben qué inventar para jorobar. Zangolotinos, ¿de dónde le había salido el adjetivo? Ni conocía la palabra.

                  Abrió la nevera, sacó un botellín y se dejó caer en la silla. “Evitar lo peor”, dijo el gilipollas este. Pero, ¿de qué va? Sí, ¿de qué va”, repitió.

                  Se rascó el cuello. Otra vez el picor ese que le atormentaba. “Psicosomático”, diagnosticó el dermatólogo. ¡Cómo se notaba que no le picaba a él! Los dedos rascaron hasta hacerle sangre. El picor se volvió insoportable pero no podía dejar de rascarse. Todo el cuello le ardía.

                  El teléfono vibró en su bolsillo. Lo recordó: era la alarma para dar de comer a los peces. Menos mal que la había programado Graciela antes de marcharse, porque si no, ya estarían todos panza arriba en el acuario.

                  Por cierto, ¿no tendría que haber llamado ya Graciela? Le dijo que estarían por una zona montañosa con poca cobertura pero  habían pasado cuatro días y  no había dado señal de vida. También era cierto que con vigilar a la panda esta de adolescentes ya tenía bastante. Por nada del mundo se habría embarcado él en este tipo de aventuras. Bueno, de desventuras, más bien. Los adolescentes tenían un peligro…

                  Con el botellín en la mano se puso a caminar por la cocina, levantó la esquina de la cortina. En la oscuridad de la noche, la luz de las farolas proyectaba círculos luminosos sobre el pavimento mojado. “Los nueve círculos del infierno”, dijo en voz alta. Estas palabras por un instante parecieron repetirse en eco. ¿Por qué había dicho esto? Además, ni sabía qué eran los nueve círculos del infierno. ¿El título de una película, quizás? Probablemente. O de una serie. No era muy aficionado a las series pero a veces las seguía para quedarse  acurrucado contra Graciela que no se perdía ni una. Sobre todo las de terror. Había que ver cómo disfrutaba.

                  Cuando salió al pasillo, vio en la penumbra que habían deslizado algo por debajo de la puerta. Ni las puertas blindadas te protegen de los intrusos por lo que se ve, pensó fastidiado. Te pueden colar cualquier cosa. Sin agacharse, arrastró con el pie la nota por el suelo hasta llegar a una zona con suficiente luz. Aparecía dibujado con rotulador rojo una especie de cono invertido formado por nueve círculos superpuestos. En el centro de este embudo, ardían las llamas.

                  “Vaya con los bromistas” dijo con una voz que le sonó extraña. La flojera repentina de las piernas le llevó a apoyarse en la pared. “Pues no tiene gracia, no, no la tiene”, remató.  Se descalzó antes de encaminarse hacia la puerta. Pegó el ojo a la mirilla.   La calle estaba desierta. Sumida en las tinieblas. Sintió frío. Sacó el móvil. Ninguna llamada perdida. Ningún mensaje.

                  El insomnio le atormentó hasta el amanecer. Por las rendijas de la persiana se colaban destellos luminosos, violentos como fogonazos que le herían los ojos por debajo de los párpados.

                  Mañana llamo al Instituto. Ellos sí me tendrán que dar noticias del grupo. Son ellos los responsables, ¿no?. ¿Los responsables de qué?, le susurró una voz insidiosa que se le coló hasta el tímpano. Pues los responsables del grupo, de la excursión, de esta panda de insensatos,  los responsables de mi mujer, de  mi  mujer, de mi mujer. “¡Graciela!” La voz  distorsionada se volvió aullido.

 

                  A lo lejos, las cumbres oscuras de los pinares resplandecían, incandescentes.

No hay comentarios:

Publicar un comentario