TEMPUS FUGIT
Horacio alineó los cubiertos encima de la servilleta a las nueve y media, la misma hora de siempre. Si había algo que apreciaban en aquella familia era la puntualidad. El valor del tiempo. La sala del comedor bullía de conversaciones interesantes y el delicioso olor a chuletón de cerdo recorría la casa con la brisa de verano. En esa época del año había que abrir las ventanas para aliviar el sofocante calor. Eran once comensales cuando su marido Antonio atravesó la puerta de la cocina para depositar la gran bandeja humeante en el centro de la decorada mesa; se quitó las manoplas y suspiró.
—Papá, hoy te has superado —elogió María, una mujer de mediana edad, después alcanzó el cuchillo y comenzó a cortar la carne y repartirla entre los doce—, voy a hacer los honores.
—¿Estamos de celebración, abuelos?
—Así es, Carlos. 400 horas de trabajo. Damos gracias a nuestro señor por su regalo.
Carlos
era el nieto preferido de Horacio, siempre lo había sido. Tenía grandes
esperanzas en que él continuase el negocio familiar. Era habilidoso, puntual,
con un pulso magnífico. En una ocasión le había dicho que o elegía ser cirujano,
o relojero como su abuelo, a lo que él sonrió. Fue entonces cuando le otorgó su
reloj, tal como había hecho con toda su familia. La familia era lo más importante. Haría lo que fuera por conservarla. Horacio se miró las manos, de repente más arrugadas de lo que recordaba. Tantos años le jugaban malas pasadas a su mente.
En efecto, la carne acabó tan pronto como vino. A las once los seis niños estaban acostados, cada uno en su habitación con un beso en la frente, y sus padres disfrutaban por fin de un tiempo a solas. Los dos abuelos, que dormían en la mayor habitación de la casa, se arroparon y se durmieron, soñando con que el negocio siguiese tan bien como antaño.
A la mañana siguiente, Horacio se levantó exactamente a la misma hora de siempre, desayunó con su marido unas estupendas tortitas y fueron a la relojería montados en su famoso Renault. La tienda de relojes había sido fundada en 1734, un edificio-reliquia que desentonaba con el pintoresco y modernista barrio en el que se encontraba, de hecho, había obtenido un premio (una placa conmemorativa con un grabado que ahora lucía en el escaparate de la tienda) hacía unos años por el alcalde debido a su antigüedad. Sin embargo, las pérdidas del negocio todavía eran demasiadas, de poco les sirvió salir en las noticias. Aquel político había sido muy desconsiderado, solo quería publicidad para su campaña.
Aunque Horacio regalaba relojes a todo el mundo, la gente ya no los compraba, y tampoco necesitaba reparaciones. Ahora usaban esas malditas pantallas rectangulares que según Horacio estaban hechas de luz y adicción. Los dos sincronizaron sus relojes, abrieron las puertas y se colocaron tras el mostrador de caoba reluciente. Pasó una hora hasta que vino el primer cliente, un tipo bajo con chaqueta muy cabizbajo.
―¿En qué te podemos ayudar, Enrique? ¿Ha pasado algo?
El hombre arrugó el rostro. Golpeó la mesa con un cordón plateado y sonó a cristal.
―El reloj que me reparaste el mes pasado ya no funciona. No se le han dado golpes, ni se ha mojado, pero por más que le doy cuerda no se mueven las manecillas. No sirve.
―Cuánto lo siento. Como siempre digo, la garantía de mis clientes dura de por vida. Espera aquí hasta que mi marido lo arregle.
El reloj fue llevado hasta una sala privada, donde comenzó su reparación al instante. Eran grandes expertos ambos, podían salvar cualquier reloj. Incluso le arreglaron un reloj para el alcalde. Pero cada vez menos gente necesitaba una relojería y al negocio se moría.
Cuando Horacio le ofreció té a Enrique, este confesó qué era lo que le atormentaba. Su hijo Adrián, de cinco años, había muerto mientras dormía hacía unas semanas. Los médicos no pudieron concluir nada en la autopsia, salvo “fallo congénito indeterminado”, quizás por la ola de calor.
―Por eso necesito que arregles el cacharro. Fue la última posesión de mi hijo.
―Me halaga que hayas venido aquí desde tu ciudad, y no sabes cuánto lo siento. Te regalo esto.
Horacio le puso otro reloj a Enrique, que vio cómo relucía en su muñeca.
―Este reloj es demasiado caro, Horacio, no puedo aceptarlo
―Es un regalo especial para ti. Por favor, acéptalo ―dijo, y después añadió, riendo―: Aunque desde luego, mejor será que te lo ponga en hora.
El abuelo estiró de la pestaña del reloj y giró hacia delante sus manecillas, que se deslizaron lentamente sobre la cubierta de cuarzo del complejo aparato. Enrique se sintió acogido por aquel detalle. Pero de repente se mareó, tanto que casi perdió el equilibrio. Trató de levantarse, meneó la cabeza para despejarse. Había sido solo un momento. No había desayunado bien.
―Si puedo hacer algo más por ti, solo dímelo ―declaró Horacio, con una sonrisa de dientes de oro.
El hombre con la chaqueta se fue de la tienda un poco mejor después de todo, seguramente por la habilidad de escuchar que tenía Horacio mientras se había desahogado con él. Otros clientes acudieron a la relojería con normalidad. Repararon clepsidras, manecillas rotas, engranajes defectuosos y oxidados. Aquello le apasionaba a ambos. Cómo entender el tiempo. Cómo apreciar la vida. Cómo afrontar la muerte. Se preguntaron si lo que hacían estaba bien.
El atardecer cambió el cartel de “abierto” a “cerrado”. Los dos abuelos se miraron a los ojos, intercambiando pensamientos con solo una sincera mirada, mientras cerraban las persianas del establecimiento.
―¿Cuánto hemos recaudado?
Horacio hojeó el libro de cuentas, su rostro pálido.
―157 euros. 230 horas. Hoy es el turno de María.
―Menos que ayer ―dijo Antonio, sentía su garganta seca, pero tuvo dificultad para tragar.
―Comprobemos que funciona.
Ambos acudieron, como todos los días, a la habitación de reparación. Una lámpara de araña iluminaba tenuemente la estancia, haciendo brillar la alfombra azul. Admiraron las paredes cubiertas de vitrinas con relojes de oro y plata, bellísimas decoraciones y la más fina artesanía suiza. Una tremenda y antiquísima colección de la que estaban muy orgullosos. Sobre las estanterías había fotos en blanco y negro de épocas mejores, cuando aún eran jóvenes. Y allí estaba, en el rincón. El mejor reloj de todos, alto, hecho de mármol italiano y el mejor metal. Tenía forma asimétrica y retorcida, como las ramas de un árbol muerto, y decepcionantemente olía tan mal como esperaban.
El sonido de los engranajes era totalmente silencioso, salvo por una especie de latido hueco, sonoro y desincronizado que salía desde su interior. Como si estuviese viva aquella estructura metálica y perfecta. Horacio se arrodilló ante aquella obra de arte. Las manecillas giraban en sentido antihorario. Después, se acercó a la mesa de reparaciones, repleta de engranajes, destornilladores muy finos y concisas ilustradores asomando en los manuales de relojería. En un gran libro de cuero viejo abierto, se podían leer una lista de nombres. Él apuntó uno más, con tristeza. Su pulso había empeorado.
En el Renault se escuchaba jazz de vuelta a casa, una recopilación de canciones de Ella Fitgerald con un diestro piano de fondo. Los vecinos saludaban a los dos abuelos, animados por su vitalidad. El barrio siempre había sido muy tranquilo y unido, especialmente en aquella época del año, cuando las damas de noche enseñaban al mundo sus flores, cubriendo el vecindario de un olor veraniego delicioso. Los niños no tenían colegio y jugaban juntos en un campo de baloncesto de pavimento. Su nieto Carlos los abrazó al llegar, primero a Antonio y después a él.
―Tengo que ver a tu madre ―dijo Horacio―. ¿Dónde está?
―Está en el desván. Está esperando su dosis.
Los abuelos se miraron.
―Voy yo, tranquilo.
Horacio subió las escaleras de madera hasta la tercera planta. Hizo descender con un hilo unos escalones plegables para ascender al desván. Allí, todo eran relojes. Baúles y baúles llenos de piezas, de nuevo engranajes y materiales de reparación. En una silla de madera ornamentada, María lo esperaba con la mirada errática. Él plegó de nuevo la escalera cuando terminó de subir. Cada dosis era privada.
―¿Cuánto tiempo? ―preguntó ella con los ojos ansiosos.
―Apenas 10 días más.
María sollozó mientras curvaba su boca hacia abajo. ¿Tan poco? Dejó caer los hombros. Añoraba los tiempos en los que había más clientes, más tiempo. En los que se sentía viva de verdad y no en este cuerpo con tantos signos de la edad. Ya casi había olvidado los labios y el pelo que lució durante sesenta años. Entonces Horacio sujetó el reloj de María y lo atrasó 230 horas. Y ella sintió un leve suspiro de vida en su cuerpo, una sensación cálida y agradable, pero con matices siniestros que no podía expresar con palabras. Siempre había sido así. Él sacó del baúl aquel líquido viscoso, rojizo y maloliente. Y ella lo bebió.
Horacio alineó los cubiertos encima de la servilleta a las nueve y media, la misma hora de siempre. Cuando cada uno fue a su habitación a dormir, las luces apagadas y las ventanas abiertas de toda la casa, no pudo evitar aquella pregunta. La misma duda durante tantos años; al fin y al cabo no era una máquina, sino un hombre. No podía evitar ciertos impulsos, aunque imaginaba cómo sería el mundo si las personas fuesen tan perfectas como los relojes.
«¿Qué pasará cuando mi familia se quede sin tiempo? ¿Vale la pena lo que hice?», pensó.
Antonio irrumpió en la habitación y en sus pensamientos después de haber colocado su dentadura en un vaso. Le resultaba más cómodo para dormir, más natural. Se miraron, y él descubrió cómo se sentía.
―¿Otra vez igual? Ya lo hemos hablado.
Horacio apretó los párpados con fuerza para no emocionarse. De nuevo se miró las manos, arrugadas, huesudas, cuando no hace demasiado eran las vigorosas manos de un joven. ¿Tan rápido había pasado el tiempo?
―Conocía a Adrián ―se lamentó―. Era solo un niño.
―Y gracias a él, y a tantos otros, nosotros viviremos para contar su historia. Recuéstate, duerme.
Horacio cerró los ojos en su cama, tendido y cansado. Ya no era como antes. Antonio apoyó la cabeza sobre su pecho, le cogió de la mano y le susurró palabras de ánimo, de cuánto lo amaba. De que a pesar de todo lo que habían pasado juntos, aún se sentía como la primera vez. En el silencio de la noche, los seis nietos dormidos junto con sus padres y la brisa de verano recorriendo la habitación, Antonio acercó su oído al corazón de Horacio. Aquel milagro, aquel pacto, aquella cicatriz en el centro de su pecho. Y solo escuchó los sincronizados engranajes de un reloj en su interior.
En el periódico del siguiente día se leyó la noticia: “Alcalde fallecido”. Pero él solo pudo pensar en cómo iba a disfrutar apuntando su nombre en aquel libro.
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