lunes, 3 de octubre de 2022

Ejercicio 1. Marta Sanz

TERRITORIO SALVAJE

 

Rufino, pensativo, se asomó al ventanal del lujoso apartamento que acababan de estrenar. Ubicado en el piso cuarenta, cerca de la city neoyorquina, las vistas se asemejaban a esas láminas que venden de grandes urbes, para enmarcar. Se había quedado bloqueado en medio de un párrafo del libro que estaba escribiendo, intentando describir el galope de los caballos salvajes en la pradera.

 

——¿Otra vez se te ha escapado la idea? ——Sofia irrumpe como de costumbre, sin saludar——Vengo rota. Tengo unos inversores chinos que no me dejan vivir. Hasta les he dicho que se vayan a la competencia. Pero no, tienen que trabajar conmigo como broker y con BlackRock como empresa. Preferiría perder la comisión.

——Yo creo que por hoy voy a cerrar el ordenador. Anda olvida el trabajo tú también. ¿Te preparo un vino?

 

Rufino y Sofia se habían conocido por casualidad cuando ella acudió el día de Acción de Gracias a visitar a su familia en Wioming, en un pequeño pueblo cerca del Parque Nacional de las Montañas Rocosas. Se entendieron de inmediato pese a ser tan diferentes. Rufino, alto, fornido, esnifaba aire de campo para poder vivir y escribir sus sagas familiares que empezaban a tener gran éxito de crítica y público. Le resultaba fácil ubicar a los personajes cuando podía estar en contacto directo con la naturaleza. Sofia, atlética, fibrosa, urbanita por naturaleza había huido del pueblo al sentirse enclaustrada en ese ambiente. Se instaló en Nueva York. Cuando volvió a su vida, se escribieron, se visitaron con frecuencia y, finalmente, al llegar a la conclusión de que no podían estar separados, Rufino claudicó y se fue con ella. No tenían hijos, ninguno de los dos se sentía con la fuerza suficiente para desistir de sus respectivos trabajos.

 

Una tarde, al volver del trabajo, Sofia entró precipitada en el baño. Dos mosquitos, que le parecieron enormes la cercaron, intentando penetrar en formación en uno de sus oídos. Al recibir un manotazo uno de ellos le inyectó su veneno en medio de la mejilla.

——¡Esto es increíble! ——Y salió despedida del baño——¿Cómo puede ser? ¿Dónde has estado? ¿Pudo ser que se hayan cobijado en algún lugar y hayan entrado contigo en el apartamento?

——Tranquilízate Sofia, por favor. No he salido del edificio. Me he limitado a bajar a la décima planta a poner la lavadora. Allí no había ningún mosquito. A lo mejor algún vecino tiene alguna planta y han entrado ahora contigo. En esta casa nuestra no existe nada verde. ¿Y dónde están los mosquitos? Yo no los veo.

——No sé, Rufino. El verde no tiene nada que ver con los mosquitos. Mira cómo se me está poniendo la cara. Se han ido y me han dejado la marca. ¿No lo negarás?

 

El episodio se olvidó, aunque Sofia seguía rumiando la necesidad de saber de dónde habían salido los insectos malditos.

 

Pasaron los días. Rufino seguía intentado día tras día que el personaje principal de la saga de terratenientes que estaba escribiendo pudiera salir a dominar a los caballos salvajes cercados. Cuando llegaba al párrafo en el que tenía que describir la pradera, los árboles, el perfil de las montañas bajo la luz anaranjada del amanecer, el olor del estiércol, el sonido de los relinchos, todas las palabras le parecían vanas, faltas de luz y de poder de evocación. Sofía seguía enfrascada en sus negociaciones vendiendo y comprando acciones para sus clientes. Disfrutaban juntos, salían a cenar a los mejores restaurantes de la ciudad, dormían juntos, abrazados, saciados después del amor. La vida transcurría más o menos feliz.

 

Una mañana Sofia salía de la ducha y, al coger su albornoz, una araña negra peluda de grandes patas se lo posó en la mano.

——¡Rufino, Rufino! AJJJJJ ¡Rufino! ——La araña mordió con saña a Sofia y desapareció. Ella se desplomó en el suelo.

——¿Sofía? ¿Qué pasa? ¡Sofía, respira! ¿Qué te pasa? ¡Sofia!

——¡Una araña! ¡Una araña! Me acaba de morder una araña.

——Vamos Sofia, por favor, levanta. ¿Cómo te va a morder una araña? ¿De dónde va a salir una araña? Es imposible Sofia, levanta. Lo has soñado.

——Te digo que era una araña. ¿Mira! ——La mano de Sofia estaba comenzando a hincharse de forma espectacular.

——¡Vamos, vístete! No sé lo que te pasa. Vamos al hospital. Deberían darte algo. La mano tiene un aspecto lamentable. Pero no puede ser una araña. Eso es imposible, Sofia.

 

En el hospital consiguieron sajar y extraer el veneno de la mano de Sofia. Rufino no daba crédito. Pocos días después les llegó la respuesta del análisis de la sustancia extraída. Se trataba de la picadura de una Theraphosidae o Araña Pollito. Salen a cazar de noche. No suelen ser mortales, pero sí ocasionan inflamaciones muy aparatosas. Lo inexplicable es que este tipo de araña no se encuentra en las ciudades. Quisieron pensar que algún vecino tendría a lo mejor un criadero de arañas y que una de ellas se había introducido en el apartamento. Y comenzaron las pesquisas. Interrogaron al portero del edificio, a varios vecinos. Nadie sabía nada de arañas.

 

El editor de Rufino le presionaba a diario. Su novela no progresaba. En su mente solo se proyectaba la vista de la ciudad que le tenía absorbido. Se pasaba las horas apoyado en el ventanal esperando el regreso de Sofia. Era incapaz de crear otro escenario. Sofía estaba alterada. Circulaba por el apartamento escrutando todos los rincones. Se sobresaltaba con el menor ruido, dormía mal. Una tarde llegó a casa contenta.

——¡Acabo de cerrar la negociación con los chinos! Una suculenta comisión. He parado en Gucci y me he regalado este bolso. ¡Mira! ¿Te gusta?

——Me alegro mucho, Sofia. Yo, en cambio, no consigo escribir. ¿Qué te parece si salimos un poco de la ciudad? Vamos unos días a nuestro pueblo, vemos a la familia, descansamos. A lo mejor así recupero la visión de la pradera, del bosque, del verde. Voy a tener que devolver el adelanto que me han dado por mi libro.

——De ninguna manera. Yo no me puedo ir ahora. No te entiendo. Dijiste que podrías escribir aquí. Que eras capaz de realizar tu trabajo en cualquier lugar en que yo habitara. Que era un privilegio poder deambular con tus ideas y tu ordenador por todas partes.

——Ya. No sé, Sofia. Algo va mal. Los dedos se posan en las teclas del ordenador, pero las imágenes de la naturaleza salvaje se niegan a reproducirse. No las veo.

——Pasará. Ya verás. Mañana seguro que te vuelve la inspiración.

 

Se abrazaron, excitados, fueron al dormitorio. Poco después Sofia se levantó para ir al baño. Escuchó un extraño silbido y una Cascabel de Mohave proyectó su cabeza triangular saliendo de detrás de la jabonera y mordió a Sofia en la muñeca. Sin un suspiro, Sofia cayó al suelo. La cascabel, elegante, sinuosa, ondulando su cuerpo anillado de amarillo se deslizó por el pasillo, reptó hasta la mesa de trabajo de Rufino y se introdujo con un siseo feliz entre la letra Ñ y la P del ordenador.

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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