1. LA
ABUELA NO SE VA
Hasta ese
momento siempre aparecía por allí a la misma hora. No solía fallar.
Ahora, años después, la echo de menos. Mi madre y mi
tía la ignoraban, y entonces era yo la diana de sus cantinelas.
La abuela seguía siendo la abuela… Genio y figura
hasta…
—Mamá, déjalo estar ya —le gritaba mi madre, o mi tía,
o las dos a la vez. Y entonces a la abuela se le agriaba la cara e iba a
buscarme.
Con el tiempo las dos se acostumbraron a convivir con
ella. Yo nunca me habitué del todo, pero jamás le dije nada.
Llegaba con ese rachear de zapatillas tan
característico de ella, me contaba un no sé qué incomprensible y se ponía a
rezar el rosario también con un bisbiseo oscuro y extraño. A mí se me helaba la
sangre. No me llegaba a acostumbrar a verla por ahí, campando a sus anchas. Ya
llevaba muerta más de dos años… y debería dejarlo estar.
FIN
2. LA
NEGOCIACIÓN
Los nervios
atenazan cualquier decisión que quiera tomar. Las termitas quieren negociar. Sí,
quieren negociar.
Al principio, pese a los ruidos que
hacían, sobre todo por la madrugada, no presté demasiada atención al asunto.
Pero la cosa fue cada vez a más, cada vez a más, cada vez a más… no tenía fin…
las veía transitar… constantemente… a sus anchas… Primero por el pasillo,
después colonizaron toda la casa.
Cada vez son más enormes. Hace unas semanas tenían casi
el tamaño de un hámster. Y ahora… ahora es increíble. No, no paran de crecer y
engordar.
No había noche que no me desvalijaran
el frigorífico. Y los fines de semana ponían la televisión a todo volumen y se bebían
mi mejor whisky.
Ya no llamo más a ninguna empresa de desparasitación.
Contraté a tres compañías especializadas, con dos operarios cada una. Un total
de seis trabajadores que han desaparecido, durante todo este tiempo, en el
desván de mi casa. Estoy desolado.
Hoy, a primera hora, una comisión de
termitas ha venido a negociar, dicen que están dispuestas a una tregua si tengo
sexo con la termita reina. Los nervios me atenazan, pero no estoy dispuesto, a
eso no, bajo ningún concepto.
FIN
3. DEFECTO
DE FÁBRICA
Debido a mi miopía
me compré una de esas gafas progresivas de última generación, de esas que te
permiten respirar dentro del agua todo el tiempo que quieras y que evitan la
descomprensión, pude uno estar debajo del agua a la profundidad que quiera y el
tiempo que sea. Son muy bonitas y elegantes, de pasta color verde con unos reflejitos
morados. Vamos, a la última moda. Estaba muy contento.
Y empecé a hacer lo que más me gustaba:
sumergirme en el mar y ponerme a bucear como si no hubiese un mañana.
Llevaba unas
ocho horas de aquí para allá sumergido a muchos metros de profundidad, sin
asomar la cabeza por el aire, muy entretenido viendo los pececitos de un lado
para otro, cuando de repente uno de los cristales progresivo se fracturó de
lado a lado.
Lo primero que pensé fue que no me
pusieran pegas con la garantía. Ya se sabe de sobra como se las gastan las
aseguradoras. Pero esto, con total seguridad, es un defecto de fábrica.
Pero lo peor no fue eso. Lo peor fue,
digo yo, que, por no estar equilibrados los cristales debido a la rotura,
empecé a respirar con dificultad. Y la cosa fue empeorando hasta el extremo de
comenzar a ponerme morado.
Ahora estoy muy alejado de la costa. Y a
muchísima profundidad. No sé, a setenta, ochenta metros… quién sabe. Una sirena
me está aportando oxígeno con bocanadas que me da directamente desde su boca.
Creo que me estoy enamorando. Pero así no podré estar siempre. A ver como me
las arreglo para subir a la superficie.
FIN
4. ZAPPING
Las horas
muertas empezaron a oler mal, muy mal, a putrefacción. Estaban allí,
amontonadas unas sobre otras, inertes, descomponiéndose.
La primera vez que me ocurrió las
recogí y las tiré al inodoro. Estaban ya tan desintegradas que, al pulsar la
cisterna y formarse ese remolino que se las empezaba a tragar, los minutos y
segundos se desprendieron como si fuesen esporas en primavera.
Me ha estado ocurriendo más veces.
Siempre en domingo por la tarde. Y siempre ocurre todo el proceso de la misma
forma. Lo que ocurre que ya no las dejo que se descompongan y las tiro a la
basura. A la basura porque el inodoro es incapaz de tragarse las horas enteras.
Fui a consultar a un especialista, un
viejo relojero. Le conté mi historia y me dijo que no matara el tiempo, que
dejase de no hacer nada.
Desde entonces he desistido de pasar
las tardes de los domingos, tumbado en el sofá y haciendo zapping de forma
desganada.
FIN
5. EL
SÍNDROME DEL ACORDEÓN
Ramón
Berenguer de Trueba. Así se llamaba aquel personaje de miembros cambiantes. Aunque
su nombre quizás sea lo de menos. Lo de más era su situación física, aunque con
el tiempo supo acostumbrarse.
Y es que Ramón,
como hemos dicho antes, tenías los miembros superiores cambiantes, tornadizos,
variables. Ahora sólo tenía el brazo derecho. Otrora sólo el izquierdo. Un día
manco de la derecha, al otro falto de la izquierda.
Esta
condición, inexplicable para los múltiples especialistas que visitó a lo largo
de su vida, nunca se había visto. El síndrome del acordeón, vino en llamarle
uno de los últimos doctores visitados.
Y Ramón supo
acomodar su vida a esta extrañísima dolencia aprendiendo a ser ambidiestro. De
tal forma llegó a manejar su maestría en estas dotes que a muchos le pasaba
desapercibida su dolencia. Tan solo era un manco.
Un día,
harto de médicos, se decidió a visitar un curandero.
Unos pases
por aquí, unos ungüentos por allá, y noventa euros que no volvió a ver.
Pero, a la
mañana siguiente, cuando de forma rutinaria se levantó y fue a orinar, su
sorpresa fue mayúscula. Tenía los dos brazos. ¡Los tenía!
Su alegría
no le impidió ir al inodoro. Fue entonces cuando con horror se quedó mirando su
zona púbica.
FIN
6. UNA
PROPOSICIÓN IRRECHAZABLE
Cuando el
príncipe encontró el zapatito de cristal su alegría fue desbordante. No cedió jamás
ante su empeño de encontrar a aquella muchacha. Cuando, después de mucho probar
el zapatito a unas y otras doncellas, dio con Cenicienta, su alegría fue
desbordante.
Le hizo una proposición inmediata. Una proposición que
bajo ningún concepto se podía rechazar.
Le ofrecía a la joven doncella mil
monedas de plata por esa calabaza que se convertía en carroza y después otra
vez en calabaza. Ya estaba harto del dragón volador.
FIN
7. INTERMINABLE
Cuando se
despertó se llevó una gran decepción. Soñaba que estaba muerto y que se
encontraba en el paraíso. Un Edén sin igual, inimaginable, fabuloso.
Pensando en eso dio otra cabezada. Y soñó lo mismo,
que estaba en aquel lugar de ensueño, disfrutando como nunca había disfrutado.
Pero otra vez se despertó, y se frustró. Y luego se
durmió otra vez, en aquel lugar, debajo de un sauce, con una música de fondo
que trastornaba los sentidos. Luego despertó otra vez. Y se durmió. Y se
despertó. Y se durmió. Y se despertó…
Ahora no sabe si está vivo o está muerto.
FIN
8. HÁGASE
LA LUZ
Fue al psiquiatra
para que le quitara esa ansiedad que lo traía de cabeza. Le recetó unas
pastillas. Unas pastillas que lo tenían más muerto que vivo. Así no podía
estar, era más un objeto que una persona.
Y fue otra vez al especialista, y le mandó un
medicamento para que lo revitalizara. Y desde entonces andaba como loco… o
estaba tan parado como un poste de la luz o tan activo como una calle
cualquiera de Nueva York al medio día.
Un día no pudo más, y probó a tomarse las dos
pastillas a la vez. Entonces explosionó. O primero implosionó y después
estalló, quién sabe.
Mil luces se vieron. Desde entonces es una luciérnaga.
Una luciérnaga que unas veces brilla y otras no. Y eso lo trae de cabeza.
FIN
Me han gustado mucho Antonio. La libélula con luz intermitente, me chifla.
ResponderEliminarNo me he dado cuenta de que no sale quien escribe el comentarioAhora creo que saldrá
ResponderEliminarPerdón, la luciérnaga
ResponderEliminarGracias, Andrea 😊😊
ResponderEliminarSí es cierto. El de la luciérnaga está genial. Y el del señor que no sabe si está vivo o muerto. Y el de la abuela que es muy tierno. Me gustan todos Antonio. Enhorabuena.
ResponderEliminarGracias, Marta
ResponderEliminarEnhorabuena, son muy redondos todos. Me quedo con la desbordante imaginación de las horas muertas.
ResponderEliminarLa anónima soy yo, Isabel.
ResponderEliminarMe gustan muchísimo todos pero si tuviera que elegir uno, me quedaría con el de las horas muertas.
ResponderEliminarSí, el de la luciérnaga es buenísimo
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