martes, 11 de octubre de 2022

Ejercicio 2 - Esperanza Cabañas

 

SAPOS Y CULEBRAS

María cerró los ojos. En el barrio deseábamos ese momento y rogamos para que llegara más temprano que tarde. Era intrigante y lenguaraz. Lanzaba chismes a diestro y siniestro por simple placer.

No se le conocía familia. Vivía sola y por eso fuimos los vecinos los que nos encargamos de que recibiera sepultura. Al fin y al cabo, teníamos que asegurarnos su entierro y celebrar que no nos molesta más. Ninguno quisimos que se abriera el ataúd salvo Adela que insistió en asegurarse que dentro estaba ella.

Dos empleados de la funeraria que habían llegado para trasladarla procedieron a la apertura. Apenas levantaron cinco centímetros la tapa cuando saltaron infinidad de sapos seguidos por culebras que llenaron la estancia despejándola de vecinos. Los empleados dejaron caer la tapa de un golpe y corrieron hacia la puerta.

―¡Nunca nos libraremos de sus intrigas y chismes! gritaron los vecinos corriendo hacia sus casas.

 

METAMORFOSIS

 

Me miro en el espejo y la que veo no es mi nariz a pesar de estar en mi cara. En su lugar hay un pequeño apéndice que apenas sobresale. Asustada, me salpico de agua por si estoy soñando. Busco mi cuerpo, no lo reconozco. Enfadada lo aprieto con furia. Unas alas finísimas se despliegan. Me veo preciosa, las extiendo en toda su amplitud y vuelo. La crisálida ha sobrevivido

BALDOSAS

El ejecutivo tropezó en la baldosa dando de bruces sobre sobre el suelo cinco metros más allá. Los empleados que lo vieron se levantaron a socorrerlo. Ya de pie, dolorido, estirándose la chaqueta y recolocando su corbata miró las baldosas en busca de la culpable, pero no vio ninguna fuera de su lugar. De inmediato recordó la llamada del director que le hizo salir rápido del despacho. Un empleado le entregó la carpeta que había salido disparada y enfiló con cuidado el pasillo hasta Dirección. 

Las noticias que le aguardaban fueron agónicas. El mejor cliente había comprado su producto a otro proveedor. Cabizbajo se dirigió a su despacho, antes de entrar tropezó de nuevo. Se levantó furioso. Miró las baldosas de mármol travertino que cubrían el suelo, pasó el pie por encima y a continuación se agachó para constatar con su dedo que no había desnivel.

La loseta, harta de estar tan pisoteada, se alineó de inmediato, protegida por sus compañeras.

LUNA

Hacía un siglo que nadie había vuelto a pisarla. Me llamaba en sus vueltas sobre nuestra superficie terrestre, mostrándome sus lados más amables según reflejaba el sol. La veía en el plato antes de comer, en la piscina al anochecer, sobre el horizonte cuando el sol se iba. En la ventana del salón, en la pelota de mi hijo, en el croissant del desayuno, en el llavero del coche, en los pendientes de mi mujer y en el espejo de mi dormitorio.

Cada tarde subía a la terraza para adivinar por donde aparecería. Al verla encendía el telescopio y resto del mundo se oscurecía. Luego dormía abrazado a las sábanas blancas que vestían mi cama.

En las noches que aparecía llena dejaba que me poseyera. Todo yo me entregaba al placer de sus encantos hasta el amanecer.  Al mañana siguiente, agotado, volvía a la cama, me quitaba la ropa destrozada y dejaba descansar mi estómago por tres días.

ESTERNON

Crecí escuchando el dolor del hueso del pecho que aquejaba a mi madre. Un día, queriendo satisfacer la curiosidad del mal que la aquejaba, busqué por internet el oscuro y maligno hueso que tanto la hacía sufrir. Cuando vi su imagen entendí el motivo por el que mi padre usaba esas corbatas brillantes. Con ellas le mostraba a mi madre que los huesos con forma de corbata no solo duelen, también brillan y son hermosos.

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