SAPOS Y CULEBRAS
María cerró los ojos. En el barrio deseábamos
ese momento y rogamos para que llegara más temprano que tarde. Era intrigante y
lenguaraz. Lanzaba chismes a diestro y siniestro por simple placer.
No se le conocía familia. Vivía sola y por eso
fuimos los vecinos los que nos encargamos de que recibiera sepultura. Al fin y
al cabo, teníamos que asegurarnos su entierro y celebrar que no nos molesta
más. Ninguno quisimos que se abriera el ataúd salvo Adela que insistió en asegurarse
que dentro estaba ella.
Dos empleados de la funeraria que habían
llegado para trasladarla procedieron a la apertura. Apenas levantaron cinco
centímetros la tapa cuando saltaron infinidad de sapos seguidos por culebras
que llenaron la estancia despejándola de vecinos. Los empleados dejaron caer la
tapa de un golpe y corrieron hacia la puerta.
―¡Nunca nos
libraremos de sus intrigas y chismes! ―gritaron los
vecinos corriendo hacia sus casas.
METAMORFOSIS
Me miro en el
espejo y la que veo no es mi nariz a pesar de estar en mi cara. En su lugar hay
un pequeño apéndice que apenas sobresale. Asustada, me salpico de agua por si
estoy soñando. Busco mi cuerpo, no lo reconozco. Enfadada lo aprieto con furia.
Unas alas finísimas se despliegan. Me veo preciosa, las extiendo en toda su
amplitud y vuelo. La crisálida ha sobrevivido
BALDOSAS
El ejecutivo tropezó en la baldosa dando de
bruces sobre sobre el suelo cinco metros más allá. Los empleados que lo vieron
se levantaron a socorrerlo. Ya de pie, dolorido, estirándose la chaqueta y
recolocando su corbata miró las baldosas en busca de la culpable, pero no vio
ninguna fuera de su lugar. De inmediato recordó la llamada del director que le
hizo salir rápido del despacho. Un empleado le entregó la carpeta que había
salido disparada y enfiló con cuidado el pasillo hasta Dirección.
Las noticias que le aguardaban fueron
agónicas. El mejor cliente había comprado su producto a otro proveedor.
Cabizbajo se dirigió a su despacho, antes de entrar tropezó de nuevo. Se
levantó furioso. Miró las baldosas de mármol travertino que cubrían el suelo,
pasó el pie por encima y a continuación se agachó para constatar con su dedo
que no había desnivel.
La loseta, harta
de estar tan pisoteada, se alineó de inmediato, protegida por sus compañeras.
LUNA
Hacía un siglo que nadie había vuelto a
pisarla. Me llamaba en sus vueltas sobre nuestra superficie terrestre, mostrándome
sus lados más amables según reflejaba el sol. La veía en el plato antes de comer,
en la piscina al anochecer, sobre el horizonte cuando el sol se iba. En la
ventana del salón, en la pelota de mi hijo, en el croissant del desayuno, en el
llavero del coche, en los pendientes de mi mujer y en el espejo de mi
dormitorio.
Cada tarde subía a la terraza para adivinar
por donde aparecería. Al verla encendía el telescopio y resto del mundo se
oscurecía. Luego dormía abrazado a las sábanas blancas que vestían mi cama.
En las noches que
aparecía llena dejaba que me poseyera. Todo yo me entregaba al placer de sus
encantos hasta el amanecer. Al mañana
siguiente, agotado, volvía a la cama, me quitaba la ropa destrozada y dejaba
descansar mi estómago por tres días.
ESTERNON
Crecí escuchando el dolor del hueso del pecho
que aquejaba a mi madre. Un día, queriendo satisfacer la curiosidad del mal que
la aquejaba, busqué por internet el oscuro y maligno hueso que tanto la hacía
sufrir. Cuando vi su imagen entendí el motivo por el que mi padre usaba esas
corbatas brillantes. Con ellas le mostraba a mi madre que los huesos con forma
de corbata no solo duelen, también brillan y son hermosos.
Me encanta el de Metamorfosis, Esperanza
ResponderEliminarGracias Andrea
ResponderEliminarEl de sapos y culebras y el esternón me han gustado mucho
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