lunes, 17 de octubre de 2022

EJERCICIO 3 Andrea Sanz

EL PAYASO


La luz otoñal resaltaba los amarillos del bosque, y las bayas rojas de los serbales y escaramujos adornaban los caminos. Chusco estaba preocupado porque, últimamente, me notaba excesivamente cansada y, por ello, organizamos un descanso de siete días en el valle de Arán que me ayudara a llevar mejor mi embarazo. Me decía que durante la noche me movía agitada y balbuceaba palabras inconexas y sin sentido. Yo, no le daba importancia porque, desde el suicidio de mi padre hace dos años, no había dejado de tener pesadillas. 

Estábamos alojados en un hotel de montaña acogedor, con unos alrededores perfectos para dar largos paseos. Cuando entramos en nuestra habitación nos abrazamos y Chusco me dijo cariñoso:


  —Te quiero. Vamos a descansar y a disfrutar esta semana para contar algún día a nuestro hijo cómo le cuidamos.


Me dio una vuelta en el aire y, de repente, me puse rígida y no fui capaz de contestar nada.


  —¿Qué te ocurre?


  —Chusco, mira —dije señalando la pared que, al entrar quedaba a mi espalda—, ¡un payaso! Llama a recepción ahora mismo para que lo descuelguen.


  —María, no seas ridícula, por favor. ¿Qué justificación vamos a dar?. Creí que habías superado ese asunto. Por favor…


  —Lo intentaré —respondí mientras las lagrimas se deslizaban involuntariamente por mi cara.


Esa noche no me podía dormir y llegó un momento en que no pude ocultar el ruido de mi llanto. Chusco acabó admitiendo que descolgáramos el payaso de la pared y lo ocultáramos debajo de la cama.

Al poco rato conseguí dormirme, pero me desperté varias veces, sobresaltada, porque oía cómo alguien rascaba el somier hasta conseguir arañar mis piernas. A las cinco de la mañana, Chusco se despertó también y pude enseñarle las marcas.


  —María, por dios, esos arañazos te los habrás hecho tú por la pesadilla que has tenido. Hoy vamos a dar paseos largos y verás como el ejercicio físico y el aire libre te va a venir bien. Además, esta noche te voy a dar una de mis pastillas para dormir, verás como descansas.


Al levantarnos volvimos a colgar el cuadro en su sitio. Nos duchamos y tras desayunar un café bien caliente con bollería recién hecha y unas tostadas con mantequilla y mermelada casera de arándanos, casi me había olvidado del payaso.

Hicimos dos horas de caminata por el bosque y a las doce volvimos al hotel a un curso de reconocimiento de setas en el que nos habíamos inscrito.

Volvimos a poner el payaso debajo de la cama para la siesta, aunque yo sabía que de día, con luz en la habitación, no iba a pasar nada.

Por la tarde volvimos a pasear y en nuestro recorrido encontramos varios ejemplares estupendos de boletos que pedimos nos hicieran a la plancha para cenar.

A pesar de sentirme cansada por el ejercicio, Chusco insistió en que tomara el somnífero. Con el payaso bajo la cama, la pastilla y el rascado suave de espalda que me hizo mi marido, no tardé en dormirme. A las tres de la madrugada me desperté gritando, Chusco, a mi lado, tenía cara de pocos amigos.


  —María, esto no puede ser. Va a ser peor el remedio que la enfermedad, si esto sigue así, mañana nos volvemos a casa.


  —¡El payaso ha hecho algo al niño, estoy segura, lo he sentido y, desde entonces, me duele la tripa!


En ese mismo instante salté de la cama y llegué al lavabo justo antes de que un vómito intenso siguiera a la primera arcada.


  —¡Lo ves, lo ves, esto es cosa del payaso! —conseguí decir en la primera pausa de las arcadas—, además creo que algo ha hecho en mi interior, me duele muchísimo.


  —¡Qué payaso ni que niño muerto!, esto es una indigestión por las setas, que no teníamos que haberlas cenado, sabes que son muy fuertes, y el dolor es por los espasmos de la tripa.


No pude volver a conciliar el sueño, pero me hice la dormida para no empeorar el ambiente. Era imposible dormir con las molestias que sentía.

Al levantarnos, descubrimos una mancha de sangre en el camisón y decidimos acudir a urgencias del centro de salud.

Mientras esperábamos, me volvieron las nauseas y Chusco fue a recepción a pedir algún recipiente donde pudiera vomitar. Al momento de quedarme sola, pasó por delante de mí un payaso que me pareció señalaba mi tripa. Cuando Chusco volvió yo no podía ni hablar convulsa por el llanto.

Me miraba con suspicacia cuando conseguí explicarme, pero accedió a preguntar en recepción.


  —Perdona, creí que estabas alucinando, pero me ha dicho la señorita de recepción que, probablemente, hayas visto al pediatra, que se pone, con frecuencia, nariz y gorro de payaso para pasar consulta.


En el Centro de Salud no había ginecólogo de guardia y me recomendaron acercarme al hospital comarcal.

Los 80 kilómetros de distancia se me hicieron eternos, el dolor cada vez era más fuerte a pesar de la medicación que me pusieron en urgencias. Cuando me vio el ginecólogo dijo que menos mal que estaba en ayunas ya que, muy probablemente, tuviera que llevarme a quirófano, estaba abortando y era difícil que pudiera frenar el proceso. 

En esos momentos sólo podía pensar en mi padre y en el poco caso que le hicimos cuando nos insistía en que un payaso le perseguía y le quería matar.


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