lunes, 17 de octubre de 2022

EJERCICIO 3 Geneviève ( Sonia) Corcelle

 

VADE RETRO

 

           

            La tarde languidecía bajo el sol aún cálido de los últimos días de agosto. El zumbido de las abejas alrededor del naranja intenso de las caléndulas de los arriates, resultaba hipnótico. Recostada a la sombra azul de la higuera, Camila abandonaba al frescor mullido de la hierba su cuerpo cubierto por la fina tela del vestido de flores. Habíamos comido en el porche, debajo de la parra y decidimos prolongar la sobremesa en el jardín.

            Sentado en la butaca de mimbre, no me cansaba de mirar a Camila, sintiéndome el más feliz de los hombres. ¡Se la veía tan hermosa! Un rayo de sol, flecha luminosa en la penumbra del follaje, incidía justo en su pecho, resaltando la turgencia de sus senos. La contemplación de tanta hermosura hizo que, durante un instante, la existencia de la misma me pareciera vulnerable.

            El aliento fresco de la brisa era placentero e invitaba a la ensoñación.

            Las briznas de hierba de pronto se movieron. No sé por qué pensé en las culebras que a veces, dicen, buscan en los cuerpos humanos el calor que reconforte la frialdad de sus escamas y, desde luego, me pareció adivinar la ondulación sinuosa de un réptil. Al ver los muslos rosados de Camila, lánguidamente abandonados sobre el césped, temí lo peor. Asustado, me levanté de golpe de la butaca pero al acercarme no noté nada extraño. Camila seguía con los ojos cerrados, plácidamente tumbada, mientras en su melena oscura jugaba la luz a través de las ramas.

            Tranquilizado, volví a arrellanarme en mi butaca para apurar los últimos momentos del atardecer. Tanta paz y serenidad lo transformaban en un cuadro paradisíaco. Pero de pronto vi de nuevo cómo se movía la hierba al tiempo que refulgía un destello como metálico. No pude reprimir un chillido. Camila, sobresaltada, se incorporó. El asombro en sus ojos los volvió más verdes que nunca. Yo nada dije pero inspeccioné el césped sin encontrar motivo de preocupación. Ella me miraba desconcertada. Procuré que volviera el sosiego con una sonrisa algo forzada. Se tumbó de nuevo, reposando ahora la cabeza sobre los brazos cruzados.

            Yo me quedé sentado a su lado, con la espalda apoyada contra el tronco de la higuera. Intenté recobrar ese sentimiento de felicidad de los momentos anteriores pero definitivamente se había esfumado. Me entristeció la sensación de paraíso perdido.

            Y de pronto lo vi: un cuerpo cilíndrico grisáceo se estaba deslizando entre las piernas de Camila. Grité horrorizado. Ella se irguió de golpe al tiempo que  exclamaba: “Pero, Juan, ¿se puede saber lo que te pasa?” “Es que creí ver una serpiente en el césped”, le respondí, azorado. “Ay, Juan, ya te advertí que no bebieras una tercera copa de vino”, dijo con cierta indulgencia. “ Ya sabes que los excesos juegan malas pasadas”, añadió con una risa un tanto burlona.

            Pero al acariciarle entonces el brazo con la yema de los dedos para agradecerle la comprensión, me sorprendió su tacto anormalmente frío y como húmedo. Su piel había adquirido una textura escamosa. Esta sensación me provocó de inmediato un escalofrío que se transformó en un temblor generalizado. Me quedé sin habla. Ella entonces me miró intensamente y la fijeza de su mirada, en la que el negro de las pupilas oblongas destacaba en el verde intenso del iris, acrecentó aún más el terror que experimentaba. Ojos de ofidio, pensé. “¡Son ojos de ofidio!”, grité.

            Me asaltó la imagen del Edén y de la serpiente bíblica. Lo comprendí todo: el Maléfico se había apoderado del cuerpo de Camila, pensé con estupor. Eso era: el Maligno lo había calculado todo a la perfección. Aprovechando el descuido lánguido de Camila, se había introducido en la inocencia de su cuerpo para poseerla y hacerla suya. Retrocedí, presa del pavor. Descontrolado, aullé con tal fuerza que Camila se incorporó de golpe y me persiguió hasta la cocina donde me había refugiado.

            “Por favor, Juan, ¿qué te pasa? ¡Abre la puerta, Juan!”

            Su voz era distinta, de hecho no era su voz, no, ¡no era su voz! Pero ese tono melifluo, excesivamente amable que intentaba convencerme, no me engañó. Por su boca hablaba la voz del Maligno. Yo no iba a caer en la trampa. Lo había entendido todo. ¡Lo había entendido todo!

            Al otro lado de la puerta, Camila suplicaba: “¡Juan, por favor, ábreme!”

            Sí, ahora lo comprendía todo: esta postura lánguida en el césped, estos senos turgentes que se ofrecían a mis ojos, todo formaba parte de un plan muy elaborado y perverso. Yo sabía cómo se las gastaba el Maléfico para atraer a sus víctimas. Camila había caído pero yo no caería en esas redes diabólicas.

            “Ábreme, Juan, te lo suplico”, seguía implorando la voz detrás de la puerta.

            Tenía que rescatar a Camila, sí, tenía que rescatarla. Pero tenía que elaborar un plan muy estudiado para que no me arrastrara con ella hacia las profundidades infernales. Porque este era el plan del Maligno, lo veía muy claro: había utilizado a Camila como cebo. La carne es débil pero yo resistiría. ¡Resistiría, sí!

            Escuché entonces cómo ella hablaba por teléfono. Empujada por el Maligno estaba buscando aliados, de esto estaba seguro, ¡lo habría apostado, sí! Yo iba a tener que luchar solo frente a fuerzas confabuladas para llevarme a la perdición. De hecho, me pareció escuchar cómo se dirigía a nuestro médico, don Alfonso, pidiéndole que viniera. Pero yo no iba a dejar que me manipularan. ¡No!  Eran  muy capaces de inyectarme alguna droga para anular mi resistencia pero yo no me dejaría.

            “¡No me dejaré, no me dejaré!”, grité con fuerza. “Lo he entendido todo, escúchame bien, Camila, lo he entendido todo. ¡Vosotros no podréis conmigo!”

            Escuché un sollozo desesperado detrás de la puerta. Eran hábiles, los condenados. Sabían que no soporto el llanto de mi mujer, que oírla llorar hace que me desmorone. Lo sabían todo pero yo esta vez no cedería. “¡No cederé!”, grité con una voz que ya tampoco me parecía mía.

 

            Y aquí estoy atrincherado en la cocina. Tengo víveres y agua. Y para dormir me vale el suelo. ¡Cualquier cosa antes que rendirme!

           

 

1 comentario: