La mano tendida
Al doblar la esquina, me encuentro de golpe en la calle donde debo entregar el paquete. Casi tropiezo con un gato negro que cruza veloz el callejón para refugiarse tras una puerta semiabierta. Algunas sombras alargadas por la luz de poniente se mueven aletargadas sobre los adoquines desiguales y negruzcos del pavimento.
Vuelvo a mirar la dirección del envío: Virgen de las Angustias 3, 2b, 3ª planta. Ningún nombre ni destinatario preciso. Alzo la vista hacia la fachada del edificio, que semeja la piel de un leproso con sus desconchados y grietas. En la segunda planta, la mueca desdentada de una ventana con un cristal roto, deja escapar retazos de lo que fue una cortina. Me acerco al portal del nº 3. Me llega un olor acre a rancio. Empujo el batiente que resiste y chirría al abrirse y de pronto me traga la oscuridad. A tientas consigo localizar la escalera. Ahora que mis ojos se van acostumbrando a la falta de luz, veo en la pared parduzca una hilera de buzones oxidados; algunos, destripados, dejan escapar folletos publicitarios antiguos. Un cubo de basura sin tapa, lleno a rebosar, desprende efluvios pestilentes. Miro hacia arriba. Una tenue luz sale de un tragaluz en la última planta.
— Yo que usted, joven, no subía.
La voz me sobresalta. Ni sé de dónde ha salido. Solo oigo una puerta que se cierra despacio. Los latidos de mi corazón se aceleran de golpe. Vuelvo a mirar el paquete que ahora me resulta más pesado. Recuerdo las palabras de mi jefe cuando le pregunté a quién se lo tenía que dar :
— Tú, el nuevo, limítate a entregarlo. Lo están esperando”.
Mi jefe es persona de pocas palabras. Con paso inseguro empiezo a subir los escalones de madera, desgastados y algo resbaladizos por la humedad. Me agarro a la barandilla de hierro con la mano izquierda. Su tacto frío y pegajoso me provoca tal repulsión que la suelto enseguida. Los escalones crujen bajo mis pisadas. Al llegar al descansillo de la primera planta, oigo quejidos que parecen salir de la puerta de la izquierda. Mi corazón golpea con más fuerza en mi pecho. Prosigo mi ascensión sin detenerme. Segundo descansillo. Sigo subiendo. Recuerdo que mi jefe insistió en que me fuera directamente a la dirección indicada, sin entretenerme en el camino.
— Si quieres tomarte un café, lo dejas para después. ¿Me has oído bien? Lo primero, la entrega.
Llego por fin a la tercera planta. El 3b es la puerta del centro. No veo timbre alguno. Llamo con los nudillos. Ninguna respuesta. Golpeo más fuerte. Me llega el sonido de unos pasos que se arrastran y por la puerta entreabierta asoma una mirada inquisitiva.
— ¿Qué quieres?
El tono es abrupto. Me quedo un poco cortado. La puerta ya se está cerrando. Como lo he visto hacer en las películas, deslizo el pie para impedir que se cierre del todo.
—¡Contesta de una vez!
La voz ahora es claramente hostil.
— He venido a entregarle un paquete.
— Un paquete. Ya. Pasa.
Mi interlocutor es una mujer mayor, con voz ronca. Camina encorvada apoyándose en los laterales del estrecho pasillo que desemboca en un cuarto con poca luz y mucho desorden. Todo tipo de objetos abarrotan la estancia, tanto en el suelo como en los muebles desportillados que apenas dejan paso: cartones, latas viejas, botellas vacías, cajas de galletas destripadas… Yo sigo de pie con el paquete en la mano. La mujer me hace una señal para que me siente en un sillón desvencijado, que parece haber sido verde hace tiempo. Antes de sentarme, retiro una bola de papel arrugado del asiento. Sin saber qué hacer con ella, la guardo mecánicamente en el bolsillo.
— Acomódate y cuéntame, me anima con voz áspera.
Su boca desdentada me recuerda la de las brujas que me asustaban de niño.
— He venido a entregarle este paquete.
— Esto, lo sé. Ya me lo has dicho. Luego me lo das. Pero cuéntame más. ¿Has visto a la Paca? ¿Sigue igual de guapa? ¿Verdad que lo es?.
Sin ni siquiera esperar respuesta, rebuscando en la especie de fajín que lleva atado a la cintura, saca una pipa, cerillas y una petaca. Lentamente y con dedos temblorosos, llena la cazoleta apelmazando cuidadosamente la picadura. Luego enciende la cerilla, se reclina en la butaca y aspira con fruición. Suelta una bocanada de humo que me pica la garganta. A duras penas contengo la tos.
— Háblame de la Paca. Es mi hija, ¿sabes? A que es guapa. Desde niña llamó la atención por su belleza. Y de joven, ni te digo. Además, siempre tan arreglada ella…
Su mirada opacificada por la edad se pierde en los recuerdos. El silencio vuelve más densa la atmósfera cargada de la habitación.
Un gato de pelaje desvaído sale de entre los cartones y huye hacia el pasillo.
— Siempre supe que llegaría lejos, ¿sabes? Desde el día en que la vino a buscar a casa ese señor tan fino. Don Pedro se llamaba. La miraba de una forma…Se veía que la quería, y mucho… Por la ventana, vi cómo los dos se iban en un coche negro, de esos que tienen los señores. Grande y reluciente. Luego, a la Paca, apenas la he vuelto a ver. Quizás una vez, o menos. Viaja mucho, sabes. Me manda postales desde ciudades lejanas.
Vuelve el silencio. No entiendo muy bien por qué sigo aquí, con el paquete en las rodillas. No me atrevo a moverme y siento que se me están tensando todos los músculos.
— Anda, tú que tienes buenas piernas, tráeme esa caja de galletas, sí, esa que está encima del aparador y de paso acércame también la frasca, que un sorbito me aliviará los dolores del reuma.
Agarra la botella y se echa un buen trago, chasqueando ruidosamente la lengua. Sus manos agarrotadas abren con dificultad el lateral del paquete de galletas, abierto ya por el otro extremo. Y vacío.
— Guardo todas las postales que ella me manda. Los días en que aquí dentro –se toca el pecho- llueve demasiado, las miro de una en una. Fíjate en esta. ¿Has visto qué fuente? Es una plaza de París, de París de la Francia, nada menos.
Yo echo una ojeada a la foto, de colores desvaídos por el tiempo.
— Y fíjate, ¡qué letra tan bonita tiene la niña! Siempre fue muy aplicada, la Paca… ¡Y lista! ¡Anda, joven, léeme lo que pone!”
Lo primero que veo es el sello español. El matasello lo confirma: Madrid, 23 de abril de 2005. Me sudan las manos. Con gesto autoritario de la barbilla, la anciana me invita a leer.
— Buenos días, Madre. Por aquí todo muy bien. Espero que usted siga con salud. Su hija que la quiere. Paca
-—¡Todo muy bien!, repite con énfasis la anciana. Ya ves, ¡de maravilla le va la vida!… Yo siempre lo supe que esta hija mía iba para señora. Pero para señora, señora.
La anciana se vuelve a recostar en la butaca y cierra los ojos. No parece acordarse de que estoy aquí. El sudor de mis manos ya ha dejado una mancha oscura en el paquete. Carraspeo para recordar mi presencia, sin éxito aparente. Sin embargo, unos instantes más tarde ella abre los ojos y me mira atónita.
—Y usted, ¿qué hace aquí? ¿Cómo se permite entrar en mi casa?
— He venido a traerle este paquete, farfullo, desconcertado.
— Ya…
Sigue un largo silencio.
— ¡Yo no necesito ningún paquete! ¿Me oyes? Así que se lo puedes devolver al que te lo ha dado.
— Mi jefe ha insistido mucho en que se lo entregara en mano cuanto antes.
— Tu jefe, ya. Pues dile a este jefe tuyo que no quiero el paquete, que no quiero ningún paquete, que se lo devuelva ya mismo a quien sea. No estoy yo para paquetes.
Como no reacciono, se levanta apoyándose en los brazos de la butaca y me chilla:
— ¡Aire, aire! ¡Largo de aquí! ¡Que no tenga que coger la escoba!
Se le han soltado del moño unos mechones grises amarillentos que agita con furia y la cueva oscura de su mueca desdentada se abre desmesuradamente achicando el resto de la cara.
Me levanto de golpe, abro la puerta y me lanzo corriendo por la escalera. Al llegar abajo, respiro aliviado. No entiendo nada de lo sucedido. Sigo con el dichoso paquete en las manos. El sudor me empapa ya todo el cuerpo. Al sacar un pañuelo para secarme la frente, se me cae al suelo la bola de papel arrugado. La recojo y tras alisarla, leo, escrito con letra muy grande:
“Tu hija no es más que una puta traidora, vieja bruja. Que lo sepas, una puta traidora. Y las putas que muerden la mano que les da de comer, ya sabes cómo terminan…”
La pestilencia es aún mayor que cuando llegué y me entran ganas de vomitar. Abro con fuerza la puerta. Fuera ya es noche cerrada. De repente tengo un extraño presentimiento. Rasgo el envoltorio del paquete que ahora me quema las manos y el horror que descubro en sus entrañas me hace soltar su contenido que se queda tirado en los adoquines desiguales y mojados del pavimento.
Y entonces la veo: una mano de mujer, con las uñas muy cuidadas, tendida hacia la nada…
Unos espasmos violentos me sacuden todo el cuerpo sin que consiga vomitar. Doblado en dos, trastabillando, en un intento desesperado por enderezarme consigo dar unos pasos pero se me nubla la vista y me tengo que agarrar a una papelera colgada de una farola. Respiro fatigosamente, jadeo, pero solo pienso en correr, escapar, huir.
Y entonces la siento: agarrada a mi tobillo derecho, la mano me clava las cinco uñas que se hunden en la carne. Aúllo de dolor pero las uñas se clavan con más saña. Noto entonces cómo me trepa por la pierna la ponzoña que me paraliza la pierna, imposibilitando toda huida. Me aferro a la farola, lo único seguro en esa negrura que me rodea y me engulle. Y sé ahora que de esta mano, jamás escaparé.
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