LA PISCINA
Una mañana, como otra cualquiera, me dirigí al gimnasio. Apenas estaba amaneciendo y el cielo se teñía de naranja; el chándal me pesaba intuyendo la primavera. Caminé feliz de poder sumergirme en la piscina climatizada y nadar desentumeciendo todo el esqueleto. La puerta estaba aún cerrada a mi llegada, pero a los cinco minutos la recepcionista apareció, agobiada, pidiendo disculpas. Yo siempre era la primera y la única nadadora a esas horas. Procedió a encender las luces levantando automáticos y uno de ellos se resistió. Finalmente, todo se iluminó.
La piscina se hallaba ubicada en el sótano, junto con los vestuarios. Al bajar las escaleras un ligero ruido de pasos me sobresaltó, acostumbrada a estar sola, pero pensé que la chica de recepción estaría comprobando el entorno. Me cambié dejando toda mi ropa en la taquilla de siempre y penetré en el recinto de la piscina.
Es grande, con cuatro calles separadas por una ristra de boyas rojas y azules, pero tiene cinco pilares maestros instalados en fila, simétricos, separando las zonas de dos en dos. Siempre está en penumbra por la mañana. La altura de la sala es el doble de lo habitual y la media pared superior de uno de los lados lo ocupa un gran ventanal. A través de él se puede ver todo el recinto en el que están instaladas las bicicletas estáticas y las cintas para correr. Nunca hay nadie a primera hora, pero la luz está encendida y esto resulta suficiente para el alumbrado de la piscina.
El agua estaba fría como de costumbre. Siempre pensaba que debería traer un termómetro ya que la temperatura no se correspondía con lo recomendado para que no sufrieran huesos y articulaciones. Siempre lo olvidaba.
Respiré con ansia el olor a cloro y comencé a nadar pensando en el trabajo que tendría que realizar el resto de la jornada. Corría veloz sobre el agua; ya no sentía mi cuerpo. De repente, al sacar la cabeza para respirar en una brazada, pude distinguir en la calle opuesta un hombre que no nadaba, caminaba por el agua con parsimonia. La visión se entorpecía cuando quedaba oculto por uno de los pilares. Lo primero que sentí fue una gran extrañeza; ralenticé mi impulso; la visión intermitente me agobiaba; parecía como si se escondiera; al fin intuí que quizás fuera algún tipo de ejercicio recomendado para fortalecer las piernas. Cogí de nuevo velocidad.
Poco después el instinto me hizo volver de nuevo la cabeza. Seguía andando, pero había desplegado los brazos como si de un pájaro se tratara y los movía rítmicamente entrando y saliendo del agua. Menudo ejercicio más raro, pensé.
El reloj, colgado en lo alto de la pared opuesta a la luz, iba marcando el paso del tiempo. Yo siempre lo tenía en cuenta para no llegar tarde al trabajo. Eché un vistazo, se había parado. Algo me desestabilizó y tragué agua; tosiendo me aferré al bordillo. De repente la luz de la sala de máquinas se apagó. Ya vuelve a fallar el automático, pensé. Un débil halo de emergencia iluminó en diagonal las cuatro calles. El hombre ya no estaba. Grité llamando a la recepcionista, nadie respondió.
Salí de la piscina y casi a tientas
me dirigí al vestuario. Perdí pie, caí y terminé sucia además de mojada. El
dispositivo de emergencia proporcionaba un pequeño resplandor en la parte de
las taquillas dejando el resto en la oscuridad. Resultaba imposible darse una
ducha con tan poca luz. Sentía todos los nervios del cuerpo en tensión como las
cuerdas de un arpa y el cuello rígido, la certeza de que algo extraño
estaba sucediendo. De repente todo cambió. El aire cobró espesor, el olor a
cloro se tornó ácido, la humedad del ambiente se evaporó. Tragué una saliva con
sabor a óxido. Un silbido profundo y un batir de alas se dejó oír. Aterrorizada
no conseguía mover las piernas. Conseguí dar dos pasos en busca de la salida,
pero me confundí y penetré en las tinieblas. Dos colmillos afilados se clavaron
en mi garganta y unas alas suaves me envolvieron. Me dejé mecer, relajada al
fin. Poco después me soltó y me deslicé desmadejada hacia el suelo.
Cuando la luz volvió. Me levanté de un salto, eufórica, llena de energía. Llevé la mano a la garganta y sonreí.
Desde ese día el agua de la piscina está tibia y la luz se apaga muy a menudo. No consiguen encontrar el problema.
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