martes, 8 de noviembre de 2022

EJERCICIO 5 EL ESPEJO Aurora Palomo

8 noviembre 2022

EJERCICIO 5 CUENTO DE HADAS. Aurora Palomo 

EL ESPEJO


Las ancianas del lugar, cuando se reunían al sol  con sus labores, contaban historias extraordinarias que habían ocurrido en aquella pequeña ciudad,  en la que desaparecieron personas y casas, volviendo a aparecer a los pocos días. 

  En esa villa, hace muchos años, ocurrió un terremoto y la habían reconstruido. Era una ciudad con una parte moderna y otra antigua. Había barriadas nuevas en las zonas  de los derrumbes ocasionados con los movimientos sísmicos. Aquí vivían familias con sus hijos, que habían llegado  de distintas partes del país. Una de estas  casas la ocupaban Isabela con su hija Roberta. Isabela  trabajaba todo el día limpiando en la casona.

Esta es la historia de Roberta que como todos los días, después del colegio, se reunía con  la pandilla de compañeros,  en la plazoleta del barrio en medio del parque. Entre todos  los niños estaba su gran amigo Gerardo, con el que se divertía jugando. 

Todos ellos  la envidiaban porque  a veces, iba a ayudar a su madre a limpiar y podía entrar en ese lugar que era tan misterioso para ellos, la casona.

La casona era una gran casa señorial vetusta, con paredes oscuras, dos torreones la amurallaban a los costados, y en la parte inferior, muchos ventanales. Estaba rodeada de un hermoso jardín, lleno de flores silvestres y  salvajes, pues ningún jardinero quería ir a trabajar allí, por los comentarios que corrían entre loa habitantes. La casona se encontraba en lo alto de la colina que rodeaba la ciudad y había sobrevivido al terremoto. En ella vivía la señora Guridi, una anciana con el cabello blanco, solitaria, enjuta, con unos ojos negros que cuando miraban a alguien, las personas parecían encogerse y bajaban su mirada.


Un día, apareció una niña nueva en el barrio, se llamaba Lidia, y muy tímida preguntó si podía jugar con ellos en la plazoleta. La acogieron con risas. De eso hacía seis meses y desde entonces, había ido acaparando la dirección de los juegos y de los chicos, sobre todo de Gerardo, que se quedaba embelesado mirándola. 

Aunque Gerardo  le juraba que ella era su amiga más querida, cuando llegaba Lidia se olvidaba de Roberta. Una tarde que jugaban al escondite, Roberta se refugió en el hueco especial entre los arbustos que tenía con Gerardo, y allí, sola, se hizo de noche y nadie la buscó. Se marchó  triste, enojada, con lágrimas en los ojos. En el camino a su casa, enfadada como nunca con Lidia y su amigo, dando patadas a las piedras que encontraba a su paso, dijo: «Sí pudiera,  todo aquel que me hace daño lo haría desaparecer». 

  Su madre, al verla en este estado, le preguntó que le ocurría. Ella con los ojos rojos del llanto, bajando la cabeza le dijo que  Lidia y Gerardo la habían despreciado. Mientras cenaban, acarició la mano de su hija y le dijo: 

—Mañana te vienes conmigo a limpiar a la casona.

Roberta siempre  apreciaba poder ir  donde su madre  trabajaba. Poder entrar en la casona y satisfacer su curiosidad la animó.

Cuando llegaron a la puerta, su madre le advirtió:

—Antes de entrar tienes que prometerme una cosa.

—¿Qué quieres que te prometa, mamá?

—Hoy vamos a limpiar el ala central de la casa. Esa que no se usa nunca. Tendremos que quitar mucho polvo y te ordeno  que ¡No entres en la habitación que tiene un  árbol tallado en la puerta!

—¿Por qué, mamá?

—¡Hazme caso, Roberta, ahí no entres!

—¡Mamá, te lo prometo!


       Roberta miró con asombro la gran escalera de madera que subía al piso alto. Disfrutó limpiando el polvo de salones majestuosos, bailando por ellos,  acariciando las tapas de los libros que había en la biblioteca, saltando y tendiéndose en camas inmensas de habitaciones maravillosas. Llegó  limpiando a la puerta prohibida.  Se paró delante de ella. Admiró el gran árbol grabado en la madera, cuando rozó con sus dedos el tronco y las hojas, la puerta cedió y se abrió.  Miró  a su alrededor, no había nadie, y entró.

  Era una habitación muy grande. La luz del sol entraba a raudales por los ventanales y se reflejaba  en el único objeto que había en medio de ella. Un gran espejo ovalado, antiguo, con un marco de ramas oscuras entrelazadas y, en lo alto, un cristal translúcido brillante.

   La luz  del espejo se irradiaba a una ventana que estaba abierta. En el alféizar una lagartija tomaba el sol. Roberta atraída por su imagen reflejada, caminó despacio hacia el espejo. La lagartija también se sintió atraída y corría a su lado hacia la luz y el calor que emanaban de él. Las dos se acercaron a la vez.

La niña miró su imagen, solo vio tristeza y rabia en sus ojos.  Un movimiento a sus pies le hizo bajar la vista y contempló  a la lagartija,  que se relamía la boca después de comerse una mosca,  su hambre era voraz, entonces Roberta dijo  en voz alta:

  —¡Si fueras un dragón, podrías comerte a todas las personas que me hacen daño!.

 En ese instante, el sol del mediodía incidió en el cristal en lo alto del espejo. Una luz azul irisada y un ruido ensordecedor envolvió la habitación. Roberta notó que algo había cambiado en ella y a su alrededor. Oyó la voz de su madre llamándola y se  sobresaltó.  Salió  corriendo   de la habitación.

—¿Has escuchado el ruido? ¿Será un terremoto?

Roberta le dijo que no había oído nada.

Por la tarde del día siguiente, fue a jugar con sus amigos. Estaba feliz cuando volvió a su casa, pues Lidia no se había presentado.

A la mañana siguiente, Gerardo estaba preocupado pues Lidia no había acudido al colegio. Roberta no le dio importancia. En el recreo estaba feliz jugando con su amigo que en un momento le dio con la pelota en la frente y le hizo una herida. Roberta  comenzó a llorar, Gerardo le dijo:

—¡Quejica! ¡No ha sido para tanto!

—¡Eres un bruto! ¡Lo has hecho adrede!¡Mira! ¡Tengo sangre!

—¡No se puede jugar contigo! ¡Todo el día quejándote!— Y se marchó.

Las profesoras llevaron a Roberta  a la enfermería y  allí le curaron la herida y le pusieron una tirita. Poco a poco se fue tranquilizando, estaba  dolida y enfadada con la actitud de su amigo, que además no la había acompañado.

Al otro día, Gerardo tampoco fue al colegio. Roberta  estaba inquieta, imaginando a su amigo riéndose con Lidia en su casa. Pasó  el tiempo en clase mirando por la ventana y despistada. El profesor al verla distraída le hizo una pregunta, ensimismada, no le contestó. Entonces la llamó:

—Roberta, Roberta…

Al no tener respuesta fue hacia su pupitre.

—¡Te he hecho una pregunta!.

—No la he escuchado, ¿puede usted repetirla?

—¡Vaya!, la señorita hoy está sorda. En clase es necesario estar atenta.

Roberta  avergonzada, con la cara roja, se sentía humillada delante de la clase y le contestó al profesor:

—Como su clase es tan aburrida, tengo que distraerme de alguna forma.

El profesor la castigó sin recreo, y le ordenó que escribiera en la pizarra: Estoy atenta durante la clase. Estuvo todo el tiempo escribiendo insultando al profesor.

Al siguiente día, el profesor no se presentó. Cuando salió del colegio corrió a casa de Gerardo. Había desaparecido junto con su familia. Intranquila, recorrió el trayecto hasta los casa de Lidia que también había desaparecido.

     Volvió corriendo a su casa, estaba asustada  con la cara blanca,  su madre le preguntó:

⎼¿Qué te ocurre?

⎼¡Mamá! ¿Qué sucede en la habitación del árbol?

⎼¡Roberta! ¿No habrás entrado allí?

  ⎼Sí…, entré…

⎼La  señora Guridi, la dueña de la casona, me explicó que había un espejo muy especial, que podías pedirle deseos. —¿Qué has hecho?

  —Pedí un deseo,… la lagartija… ¡Estaba tan enfadada!

Roberta lloraba y decía:—¡Mis amigos no están!. ¡El profesor no ha venido! Los otros niños me rehuyen.

Le contó  lo que había ocurrido en la habitación del árbol. 

—Mañana iremos a preguntarle a la señora Guridi cómo puedes solucionar lo que está ocurriendo. 

Roberta estaba asustada y no quería que supieran que ella era la causante y se negaba a ir.

—Yo no quiero ir a la casona.

  —Lo que necesitas es algo que yo no puedo proporcionarte.

—Si no me hubieras llevado a la casona…

—¡Te saltaste la prohibición!.

—La puerta estaba entreabierta…

—¡Eso es una excusa! ¡Nunca haces lo que te digo!—La señora Guridi nos aconsejará.

—¡No quiero ir!

—¡Deja de protestar! ¡Hala! ¡A la cama! Mañana encontraremos una solución.

Enfadada, intranquila y asustada Roberta se durmió llorando abrazada a la seguridad de su peluche preferido.

A la mañana siguiente cuando Roberta se despertó no encontró a su madre en la casa, la cama estaba intacta. —¡Mi madre también ha desaparecido!

Y corrió a la casona, sentía que el espejo la llamaba. Se introdujo en ella por un ventanal. Atravesó una sala y apareció la señora Guridi  allí. 

—¿Cómo has entrado? No he escuchado a tu madre.

—Por la ventana— le dijo temblando

— ¿Porqué? ¿Qué quieres?

—-Mi madre, mis amigos… han desaparecido…— El espejo…estuve delante de él.

—Ese espejo cumple lo que pides en voz alta cuando le da el sol. Pero para volver a entrar en la habitación tienes que conseguir algunas cosas para mí.

—Irás al bosque y buscarás un castaño que da unos frutos de color azulado y me traerás un erizo con tres castañas.

Roberta corrió al bosque y después de caminar por él sin encontrar ese castaño, cansada, se sentó  debajo de un árbol y al mirar las hojas vio los frutos azulados. Los recogió y se lo entregó a la dueña de la casa.

La señora Guridi recogió el erizo y le dijo:

—Vas a ir a la gruta del Oso y me traerás un hueso largo que encontrarás allí.

Roberta se encaminó a la gruta por senderos poco frecuentados. Llegó al agujero de la entrada, no se veía nada, todo era oscuridad, encendió una cerilla y al fondo vio al oso dormido. Con mucha ligereza recogió el hueso y veloz volvió a la casona.

Entonces le dijo la señora Guridi:

—En lo alto del monte Romur encontrarás un nido de un águila y en ella varios huevos, me traerás uno.

Roberta aunque estaba cansada, comenzó a subir al monte, la noche se hizo y descansó en un hueco que encontró entre la hojarasca. Cuando el sol apareció estaba ya alrededor del nido. Dos águilas estaban allí, salieron a cazar y entonces Roberta cogió un huevo y se lo llevó a la anciana.

Entonces la señora Guridi se apartó de delante de la puerta y Roberta entró en la habitación, el espejo lo llenaba todo, parecía aún más grande. El sol se reflejaba en él e iluminaba todo.

       Apoyó su espalda  en la puerta y recordó lo que le había dicho la señora Guridi, y dijo en voz baja:— “¿Qué quiero en realidad?”

  Y de pronto en voz alta comenzó a decir:

        - ¡Quiero que mi madre vuelva! ¡Quiero que mis amigos vuelvan! ¡Quiero que  todos los habitantes y  edificios de mi ciudad  vuelvan!-. 

Repitiéndolo una y otra vez fue  acercándose al espejo. Llegó delante de él, miró su imagen  reflejada. De pronto, a su lado, un dragón también se reflejaba en él. Roberta se sobresaltó y se escondió detrás del único mueble, el espejo, miró a su alrededor y no vio al dragón. Al volver delante del espejo, advirtió un movimiento en el suelo y descubrió a sus pies a la lagartija, en el espejo el dragón  escupía saliva.

Este le dijo:

⎼Yo soy el ser que hace realidad tu deseo. Me he comido a todas las personas  que sientes que te han hecho daño.⎼No dejaré que vuelvas a pedir otro deseo. Estoy disfrutando de los manjares que me ofreces.

        Roberta se asustó y comenzó a retroceder y el dragón creció en el espejo, volvió a retroceder y creció de nuevo. La lagartija se deslizaba a su lado.  Al darse cuenta de lo que ocurría, levantó un pie para aplastar a la lagartija, pero esta se escabulló entre sus piernas.

Y  el dragón abriendo el espejo salió de él.

—Si me matas, nada volverá a ser como antes. — le dijo enfurecido. —Y yo puedo comerte.

El dragón comenzó a perseguir a Roberta por la habitación con la lagartija detrás. Roberta, aterrada y sin aliento, cada vez que pasaba por delante del espejo se plantaba un momento y decía en voz alta y fuerte:

  -¡Quiero  que mi madre, mis amigos, los habitantes  y edificios de mi ciudad  vuelvan!-.

    El dragón, cada vez que Roberta decía el deseo, disminuía de tamaño.  Comprendió que cada vez que repetía lo que deseaba, el dragón disminuía de tamaño.

Y como siempre, a su hora, el cristal encima  del espejo, se iluminó con el sol. Roberta, el dragón y la lagartija en ese preciso momento se encontraban delante de él y el resplandor azul irisado los envolvió y los dejó ciegos. 

      Cuando recobraron la vista,  Roberta y la lagartija se reflejaban en el espejo.  El deseo transgresor se había neutralizado. Se sentó en el suelo aliviada resoplando. Miró a su alrededor.

Recogió a la lagartija  en su mano y la llevó al alféizar de la ventana.

—¡Eres libre!—le dijo

Entonces  oyó un gran estruendo en la ciudad, y pudo ver desde la ventana como todo  volvía a aparecer. Escuchaba a lo lejos las risas de los habitantes que  se abrazaban.

     Roberta decidió que nunca jamás volvería a desear hacer daño a alguien o algo. Salió de la habitación, corrió  a buscar a su madre y se refugió en  sus brazos, agradecida por poder abrazarla.

     Después fue a la plazoleta,  allí encontró a Gerardo y a Lidia,  los tres se unieron en un gran abrazo.

       




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