domingo, 6 de noviembre de 2022

Ejercicio 5 Antonio Castilla

 

BENJA Y LOS NOGALES

 

La última hilera de sauces era intocable. Era la frontera. Más allá de esa línea empezaban los avellanos y después… después la temible autopista del norte. Un lugar mortal. Todos sabían que no podían adentrarse más allá de esa división natural que les podía sesgar la vida. Y todos sabían, por lo que se iban contando de generación en generación, que tras esa frontera de asfalto había un increíble bosque de nogales. Pero, con independencia de la mortal autopista, no había río. Y ellos, siempre, necesitaban un río y su bosque de sauces.

         A Benja eso le daba igual. Cuando todos los castores se dedicaban en cuerpo y alma a talar árboles con sus poderosos dientes con el fin de construir sus presas y madrigueras, Benja se quedaba mirando las copas de los árboles. Y se imaginaba saltando de árbol en árbol hasta llegar a la autopista del norte. Se imaginaba traspasándola y llegando a los nogales. Se imaginaba su mundo de forma diferente al resto… y no sabía el porqué.

         —No te quedes mirando como un pasmarote las nubes, que estás tonto —le dijo uno de sus hermanos.

         —Es que… imagínate… los árboles…

         —Sí, árboles, árboles… eso es lo que tenemos que talar. Te quieres poner ya de una vez a trabajar.

         Y Benja, de mala gana, de muy mala gana, se ponía a roer con el resto de la manada. Pero le provocaba náuseas. Cada vez que uno de sus afilados dientes se ponía a roer los árboles las arcadas eran imparables. Entonces disimulaba. Hacía como el que horadaba la madera. Pero, tarde o temprano, el resto de castores se daba cuenta de aquella argucia. Y cuando eso ocurría, cesaban sus labores, dejaban lo que estaban haciendo y lo perseguían a dentelladas, hasta alcanzarle y dejarle la cola agujereada.

 

Escondido entre los matorrales intentaba curarse las heridas.

         Se contempló la sangrante cola. Qué poco le gustaba esa cola, tan aplanada, tan escamosa, tan húmeda. Le parecía un suplemento puesto de mala manera en el cuerpo de un roedor. Un suplemento erróneo. Un suplemento que no debería de estar ahí. Él no era un pez. Y con esa cola parecía un pez. ¿Por qué no podría tener otra cola? Se preguntaba constantemente. Pero no se atrevía a comentarlo. Se lo guardaba para él. Se lo guardaba en lo más profundo de su ser como una rama espinosa que araña las entrañas.

 

Un día, un día de esos que los hermanos lo pillaron extasiado contemplando las copas de los árboles y que lo persiguieron como otras tantas veces, llegó asfixiado de tanto correr hasta la última línea de los sauces. Pudo contemplar la primera línea de los avellanos.  Y oír el rugido de la autopista del norte.

         A pasitos cortos, mirando hacia todos lados, fue avanzando.

         —Yo de ti no lo haría —escuchó Benja.

         Se asustó, y miró en todas las direcciones. No vio a nadie.

         —Aquí, arriba. Soy Diversum.

         —¿Qué mire dónde? —preguntó Benja moviendo la cabeza de un lado a otro. Y entonces la vio. Era una ardilla.

         —¿Qué haces por aquí? Nunca veo ningún castor por estos sitios —le dijo la ardilla mientras jugueteaba saltando de un árbol a otro árbol.

         —Yo… es que… yo no quiero ser castor. No quiero estar todo el día talando árboles y nadando como si fuera un pez. Yo no soy un pez.  —Y se puso a llorar desconsoladamente.

         La ardilla bajó del árbol. Se acercó moviendo los bigotillos.

         —¡Anda! Cómo tienes la cola. ¿Por eso lloras?

         —No, no solo por eso… —contestó Benja

La ardilla se acercó a la cola de Benja. La olisqueó. Y después se puso a lamerla con la intención de sanarla.

         —¿Quieres ser mi amiga? —le preguntó el castor a la ardilla. Había vuelto la cabeza hacia Diversum. Y se sorprendió de lo que se parecían. “Si no fuese por la maldita cola” pensó Benja. Y se quedó prendado de la cola de la ardilla, tan bien preparada para impulsarse en saltos de un árbol a otro.

         —¿Tú qué comes? —preguntó el castor

         —Avellanas, nueces…

         —¿Nueces?

         —Sí, están en los nogales, al otro lado de la autopista.

         Los ojos de Benja se abrieron como lunas llenas

         —¡Nueces!, ¡Las nueces! —se dijo a sí mismo.

         Diversum se subió con una agilidad envidiable a un avellano y empezó a cortar y tirar avellanas.

         —Pruébalas —le gritó desde lo alto de una rama.

 

 

No volvió al bosque de sauces ni al río. No volvió a roer un tronco. No volvió a correr delante de sus hermanos. Desde aquel día que se encontró con Diversum fue otro. Era casi lo que él quería. Y lo quería sin saber por qué lo quería.

Pensaba, pensaba mucho. Cada vez lo tenía más claro. Quería ser ardilla. Eso es lo que le había pasado. Por eso se quedaba contemplando las copas de los árboles. Quería volar de rama en rama como su amiga. Quería pasar la autopista, corriendo, corriendo mucho, hasta llegar a los nogales y probar las nueces.

         Pero había un impedimento. Un gran impedimento. Con su peso y su cola, sobre todo su escamosa cola, era imposible.

 

Durante días y días, con la ayuda de Diversum fue limando la cola. Primero quitaron las escamas. La ardilla frotaba la cola de pala con una piña y la hacía descamarse poco a poco, hasta quedar lisa. Y después, con paciencia y muchas lunas de por medio, fueron, entre los dos lijándola hasta hacerla más alargada y musculosa.

 

Llegó el gran día. La cola de Benja ya no parecía la cola de un castor. Y el ejercicio y la dieta de avellanas le habían hecho perder peso y ganar músculo y agilidad. Era capaz de trepar a un árbol ayudándose de sus poderosos dientes y de sus garras. Le había sacado un partido diferente al de sus hermanos. “Si, me vieran”, pensó.

Ese día, el gran día, lo intentaría por primera vez. Saltaría de una rama a otra. Estaban a una altura no superior a cuatro palmos.

En el primer intentó falló.

En el segundo también, y se hizo un poco de daño

El tercero no fue mejor y Benja quedó maltrecho por unos cuantos de días. Maltrecho el cuerpo y maltrecho el espíritu.

—Nunca lo conseguiré —se lamentó Benja

—Nada en la vida es fácil. Todo es esfuerzo, tesón y ganas; muchas ganas. No te rindas. Y si no lo haces por ti, hazlo por mí, que he invertido en ti mucho tiempo —le replicó Diversum.

La ardilla le convenció. Benja no dejó que el desánimo desalentara su empeño. Sabía lo que quería. Y lo siguió intentando, una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez…. Hasta que llegó el día en el que lo consiguió. Su cola, diferente ahora, lo impulsó con una fuerza impensable. Saltó. Con sus garras y dientes se ancló a la otra rama. Y volvió a saltar, y se volvió a enganchar. Y otra vez otro salto más y otra vez sus garras y dientes aferradas a su meta.

Desde entonces no paraba de entrenar. Sin cesar. Ya eran capaces Benja y Diversum de juguetear una detrás de otra de rama en rama.

 

Tenían preparado el segundo gran día. Atravesarían la gran autopista y saborearían juntas las primeras nueces para el paladar de Benja.

         Pero antes quiso someterse a una prueba más. Quería ir a su poblado. Que vieran sus hermanos en lo que se había transformado gracias a su decisión, esfuerzo y constancia. Iría sin Diversum. Ella le esperaría a pie de autopista.

 

Llegó al poblado saltando de rama en rama. Poco antes de ser vista se bajó del último árbol en el que se había posado, y el poco camino que le quedaba lo hizo a pie.

         Tardaron en reconocerle. Hasta que se dieron cuenta de quién era. Entonces algunos de sus hermanos dejaron de roer, y otros salieron del agua.

         Benja los miró con decisión. Sin moverse. Sin decir una palabra. Los hermanos encararon su mirada sin dar un paso al frente. Hasta que uno de ellos gritó:

—Ahí tenemos al rarito —Y todos corrieron hacia Benja con la intención de agujerearle la cola.

         No se lo podían creer. Se miraban unos a otros sin saber qué hacer o qué decir. Sí, así fue, no dieron crédito cuando vieron que Benja, con una agilidad inimaginable, trepaba a un árbol. Y después, cómo con aquella extraña cola, se impulsaba de un sauce a otro sauce.

Así los tuvo un largo tiempo, saltando de un lado a otro, de arriba abajo, de abajo a arriba… como una ardilla descontrolada. Los hermanos, cuyos ojos parecían dislocados de tanto mirar en tantas direcciones, se sintieron mareados. Unos cayeron al suelo con los ojos bizqueados y otros vomitaron por las náuseas provocadas por tanto extraño movimiento.

         Benja los miró. Sonrió. Les dijo adiós. Y se fue de rana en rama dando grandes saltos.

 

Ya estaba llegando a los avellanos. Allí estaría esperándole Diversum. Qué poco faltaba para que los dos juntos saborearan aquellas nueces.

  

FIN

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