BENJA Y LOS NOGALES
La última
hilera de sauces era intocable. Era la frontera. Más allá de esa línea
empezaban los avellanos y después… después la temible autopista del norte. Un
lugar mortal. Todos sabían que no podían adentrarse más allá de esa división
natural que les podía sesgar la vida. Y todos sabían, por lo que se iban
contando de generación en generación, que tras esa frontera de asfalto había un
increíble bosque de nogales. Pero, con independencia de la mortal autopista, no
había río. Y ellos, siempre, necesitaban un río y su bosque de sauces.
A Benja eso le daba igual. Cuando todos
los castores se dedicaban en cuerpo y alma a talar árboles con sus poderosos
dientes con el fin de construir sus presas y madrigueras, Benja se quedaba
mirando las copas de los árboles. Y se imaginaba saltando de árbol en árbol
hasta llegar a la autopista del norte. Se imaginaba traspasándola y llegando a
los nogales. Se imaginaba su mundo de forma diferente al resto… y no sabía el
porqué.
—No te quedes mirando como un pasmarote
las nubes, que estás tonto —le dijo uno de sus hermanos.
—Es que… imagínate… los árboles…
—Sí, árboles, árboles… eso es lo que
tenemos que talar. Te quieres poner ya de una vez a trabajar.
Y Benja, de mala gana, de muy mala
gana, se ponía a roer con el resto de la manada. Pero le provocaba náuseas.
Cada vez que uno de sus afilados dientes se ponía a roer los árboles las
arcadas eran imparables. Entonces disimulaba. Hacía como el que horadaba la
madera. Pero, tarde o temprano, el resto de castores se daba cuenta de aquella
argucia. Y cuando eso ocurría, cesaban sus labores, dejaban lo que estaban
haciendo y lo perseguían a dentelladas, hasta alcanzarle y dejarle la cola
agujereada.
Escondido
entre los matorrales intentaba curarse las heridas.
Se contempló la sangrante cola. Qué poco
le gustaba esa cola, tan aplanada, tan escamosa, tan húmeda. Le parecía un
suplemento puesto de mala manera en el cuerpo de un roedor. Un suplemento erróneo.
Un suplemento que no debería de estar ahí. Él no era un pez. Y con esa cola
parecía un pez. ¿Por qué no podría tener otra cola? Se preguntaba
constantemente. Pero no se atrevía a comentarlo. Se lo guardaba para él. Se lo
guardaba en lo más profundo de su ser como una rama espinosa que araña las
entrañas.
Un día, un
día de esos que los hermanos lo pillaron extasiado contemplando las copas de
los árboles y que lo persiguieron como otras tantas veces, llegó asfixiado de
tanto correr hasta la última línea de los sauces. Pudo contemplar la primera
línea de los avellanos. Y oír el rugido
de la autopista del norte.
A pasitos cortos, mirando hacia todos
lados, fue avanzando.
—Yo de ti no lo haría —escuchó Benja.
Se asustó, y miró en todas las
direcciones. No vio a nadie.
—Aquí, arriba. Soy Diversum.
—¿Qué mire dónde? —preguntó Benja
moviendo la cabeza de un lado a otro. Y entonces la vio. Era una ardilla.
—¿Qué haces por aquí? Nunca veo ningún
castor por estos sitios —le dijo la ardilla mientras jugueteaba saltando de un
árbol a otro árbol.
—Yo… es que… yo no quiero ser castor.
No quiero estar todo el día talando árboles y nadando como si fuera un pez. Yo
no soy un pez. —Y se puso a llorar
desconsoladamente.
La ardilla bajó del árbol. Se acercó
moviendo los bigotillos.
—¡Anda! Cómo tienes la cola. ¿Por eso
lloras?
—No, no solo por eso… —contestó Benja
La ardilla
se acercó a la cola de Benja. La olisqueó. Y después se puso a lamerla con la
intención de sanarla.
—¿Quieres ser mi amiga? —le preguntó el
castor a la ardilla. Había vuelto la cabeza hacia Diversum. Y se sorprendió de
lo que se parecían. “Si no fuese por la maldita cola” pensó Benja. Y se quedó
prendado de la cola de la ardilla, tan bien preparada para impulsarse en saltos
de un árbol a otro.
—¿Tú qué comes? —preguntó el castor
—Avellanas, nueces…
—¿Nueces?
—Sí, están en los nogales, al otro lado
de la autopista.
Los ojos de Benja se abrieron como
lunas llenas
—¡Nueces!, ¡Las nueces! —se dijo a sí
mismo.
Diversum se subió con una agilidad envidiable
a un avellano y empezó a cortar y tirar avellanas.
—Pruébalas —le gritó desde lo alto de
una rama.
No volvió al
bosque de sauces ni al río. No volvió a roer un tronco. No volvió a correr
delante de sus hermanos. Desde aquel día que se encontró con Diversum fue otro.
Era casi lo que él quería. Y lo quería sin saber por qué lo quería.
Pensaba, pensaba mucho. Cada vez lo tenía más claro.
Quería ser ardilla. Eso es lo que le había pasado. Por eso se quedaba
contemplando las copas de los árboles. Quería volar de rama en rama como su
amiga. Quería pasar la autopista, corriendo, corriendo mucho, hasta llegar a
los nogales y probar las nueces.
Pero había un impedimento. Un gran
impedimento. Con su peso y su cola, sobre todo su escamosa cola, era imposible.
Durante días
y días, con la ayuda de Diversum fue limando la cola. Primero quitaron las
escamas. La ardilla frotaba la cola de pala con una piña y la hacía descamarse
poco a poco, hasta quedar lisa. Y después, con paciencia y muchas lunas de por
medio, fueron, entre los dos lijándola hasta hacerla más alargada y musculosa.
Llegó el
gran día. La cola de Benja ya no parecía la cola de un castor. Y el ejercicio y
la dieta de avellanas le habían hecho perder peso y ganar músculo y agilidad.
Era capaz de trepar a un árbol ayudándose de sus poderosos dientes y de sus
garras. Le había sacado un partido diferente al de sus hermanos. “Si, me vieran”,
pensó.
Ese día, el gran día, lo intentaría por primera vez.
Saltaría de una rama a otra. Estaban a una altura no superior a cuatro palmos.
En el primer intentó falló.
En el segundo también, y se hizo un poco de daño
El tercero no fue mejor y Benja quedó maltrecho por
unos cuantos de días. Maltrecho el cuerpo y maltrecho el espíritu.
—Nunca lo conseguiré —se lamentó Benja
—Nada en la vida es fácil. Todo es esfuerzo, tesón y
ganas; muchas ganas. No te rindas. Y si no lo haces por ti, hazlo por mí, que
he invertido en ti mucho tiempo —le replicó Diversum.
La ardilla le convenció. Benja no dejó que el desánimo
desalentara su empeño. Sabía lo que quería. Y lo siguió intentando, una y otra
vez, una y otra vez, una y otra vez…. Hasta que llegó el día en el que lo
consiguió. Su cola, diferente ahora, lo impulsó con una fuerza impensable. Saltó.
Con sus garras y dientes se ancló a la otra rama. Y volvió a saltar, y se
volvió a enganchar. Y otra vez otro salto más y otra vez sus garras y dientes
aferradas a su meta.
Desde entonces no paraba de entrenar. Sin cesar. Ya
eran capaces Benja y Diversum de juguetear una detrás de otra de rama en rama.
Tenían
preparado el segundo gran día. Atravesarían la gran autopista y saborearían
juntas las primeras nueces para el paladar de Benja.
Pero antes quiso someterse a una prueba
más. Quería ir a su poblado. Que vieran sus hermanos en lo que se había
transformado gracias a su decisión, esfuerzo y constancia. Iría sin Diversum.
Ella le esperaría a pie de autopista.
Llegó al
poblado saltando de rama en rama. Poco antes de ser vista se bajó del último
árbol en el que se había posado, y el poco camino que le quedaba lo hizo a pie.
Tardaron en reconocerle. Hasta que se
dieron cuenta de quién era. Entonces algunos de sus hermanos dejaron de roer, y
otros salieron del agua.
Benja los miró con decisión. Sin
moverse. Sin decir una palabra. Los hermanos encararon su mirada sin dar un
paso al frente. Hasta que uno de ellos gritó:
—Ahí tenemos al rarito —Y todos corrieron hacia Benja
con la intención de agujerearle la cola.
No se lo podían creer. Se miraban unos
a otros sin saber qué hacer o qué decir. Sí, así fue, no dieron crédito cuando
vieron que Benja, con una agilidad inimaginable, trepaba a un árbol. Y después,
cómo con aquella extraña cola, se impulsaba de un sauce a otro sauce.
Así los tuvo un largo tiempo, saltando de un lado a
otro, de arriba abajo, de abajo a arriba… como una ardilla descontrolada. Los
hermanos, cuyos ojos parecían dislocados de tanto mirar en tantas direcciones, se
sintieron mareados. Unos cayeron al suelo con los ojos bizqueados y otros
vomitaron por las náuseas provocadas por tanto extraño movimiento.
Benja los miró. Sonrió. Les dijo adiós.
Y se fue de rana en rama dando grandes saltos.
Ya estaba
llegando a los avellanos. Allí estaría esperándole Diversum. Qué poco faltaba
para que los dos juntos saborearan aquellas nueces.
FIN
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