El gato
Enrique maldecía al gato y no dejaba de consultar su reloj
mientras los agentes le disparaban miradas acusativas. A su alrededor los
pasajeros recogían de las bobinas giratorias sus maletas, se sus abrochaban cinturones
y se calzaban los zapatos. Sobre sus pies nerviosos hacía giros sobre sí mismo.
¿Un gato? ¿A quién se le habría ocurrido? Estas preguntas se amontonaban en su
cabeza. Él mismo se sorprendió al ver los pelos anaranjados que salían por la
cremallera cuando el agente le pidió que abriera la maleta. Muy despacio, con
una mezcla de miedo y asco descorrió la cremallera. Justo al pasar por los
pelos algo chilló dentro, él se encogió echándose
hacia atrás.
―Por supuesto que no es mío, no lo he
visto en mi vida ―contestó atónito con voz fuerte para
hacerse oir en medio del ruido que envolvía a la terminal.
El agente lo miró frunciendo la frente.
Enrique miraba al gato que seguía echado plácidamente sobre
su ropa. Pensó que debía tratarse de una broma. Sacudió su cabeza y volvió a
mirar el reloj. Su avión saldría en pocos minutos.
―Quédese aquí ―le dijo un agente con altanería.
―Perdone, pero mi avión saldrá en
breve y tengo que marcharme, quédense con la maleta si quiere.
―Cuando lo aclaremos podrá irse.
El agente se acercó al gato y lo acarició. El animal lo
siguió con la mirada sin hacer ningún otro gesto.
―Parece que está cómodo ―rio el agente.
Unos minutos más tarde se acercó un guardia civil con un
aparato electrónico en su mano derecha, lo pasó por el cuello del animal.
Después de escuchar un pitido levantó el artilugio y leyó en la pequeña
pantalla, después asintió desapareció por detrás del control de seguridad.
―Mi avión está a punto de salir. Me
acaban de llamar para embarcar. Tengo que irme. Quédense con el gato, no lo he
visto en mi vida y no me lo pienso llevar.
El agente le lanzó una mirada que lo paralizó.
Enrique en su desconcierto lo vio marcharse, entonces se dio
la vuelta, miró de soslayo hacia atrás y empezó a caminar en dirección a la
puerta de embarque. Unos metros más adelante dos agentes lo retuvieron y le invitaron
a que los acompañara. Lo llevaron hasta un despacho pequeño en el que le
dijeron que se sentara frente a una mesa que ocupó uno de los agentes.
Enrique cruzó las piernas y con un llavero empezó a golpear
sobre la mesa. Su pie se movía inquieto y se pasó varias veces la mano por la
frente. El agente le pidió la tarjeta de embarque y su documento de identidad.
En el ordenador rellenó algún documento que Enrique no pudo ver. La espera se le
hacía interminable. Le parecía una memez que un estúpido gato le hiciera perder
su vuelo.
Treinta minutos más tarde se personó un agente con un señor
que sostenía con su brazo al gato. Era algo más viejo que Enrique, pero con un
porte parecido. Ambos eran delgados, altos y vestían con elegancia.
―Así que es usted el que se ha llevado
a mi gato… ―dijo lanzando una sonrisa aviesa a Enrique mientras
acariciaba el lomo del animal.
―Yo no me he llevado a su gato ―gritó Enrique con furia.
―Bueno, aquí tiene su maleta, por nosotros el tema está solucionado, no le
retenemos más ―dijo el agente.
Enrique cogió su maleta y salió deprisa. EL dueño del gato le
siguió.
―Le invito a un café.
―No me vendrá mal ―contestó Enrique algo más tranquilo
El dueño del gato eligió una mesa algo más separada del
resto, junto a las cristaleras que asomaban a la pista. Se sentó y puso al gato
en su regazo. Enrique se sentó frente a él. El gato le producía inquietud.
―Ahora cuénteme que le llevó a mi
casa.
―Yo no he estado en su casa.
―¿Seguro? ¿Cómo explica que Malú estuviera
en su maleta?
―No tengo ni idea, eso me lo tendrá
que aclarar usted a mí.
―Está bien, ya que me lo pide, se lo
diré. Hace un año que sé que mi mujer me engaña. Soy algo mayor, le llevo
quince años y siempre supe que esto podría ocurrir, pero era tan hermosa que me
mereció la pena asumir el riesgo. He sido muy feliz con ella. Mejor dicho,
hemos sido muy felices. Pero, como en todo matrimonio largo y el nuestro lo ha
sido, aparece la desidia, el cansancio, la monotonía. No le voy a engañar, a mí
también me llegó, pero yo seguía enamorado, aunque de otra manera. Sin embargo
ella empezó a odiarme, lo lei en sus ojos y entonces supe que tenía un mante.
Alguien como usted, que seguramente estará casado y, que esperaba a que yo
saliera de viaje para hacerle visitas.
―¡Pero que dice!
―Esa fue la razón de comprar este gato,
se llama Malú. Es una maravilla, me costó una millonada, pero ha sido una buena
inversión. Esta amaestrado para irse con
todo hombre que visite mi casa. Lo probé con el fontanero y no me falló. Cuando
terminó su trabajo en casa lo siguió hasta el coche, con discreción entró en el
coche con él y se puso en el asiento trasero. El fontanero se dio cuenta de su
presencia cuando maulló al entrar en el garaje. Y pasó lo mismo, me localizaron
y fui a rescatarlo. Pero el fontanero no era. Mi mujer es muy exquisita. Y…
¿sabe por qué elegí este animal? Se lo diré: a mi mujer no les gustan los
gatos. Hubiera hundido mi inversión si ella llega a encariñarse con él. Lo
acarició mirándolo con devoción, ―después continuó―. Contraté a un sicario para que entrara en la casa con una
llave que le dí. Él esperó a que usted saliera para entrar y yo sabía que Malú
estaba con usted.
Enrique se puso lívido, la taza de café se le cayó sobre la
mesa salpicando su pantalón.
―No se ponga nervioso. El sicario hizo
un gran trabajo, nada de sangre, un estrangulamiento limpio. Estaba guapa,
debió gozar mucho con usted. Llamé a la policía para contarles que mi mujer estaba
muerta en la cama. Los agentes llegaron antes de que me llamaran del aeropuerto
para decirme que alguien llevaba en su maleta a mi gato. Ellos me dijeron que
viniera a por Malú mientras recogían las huellas de usted de mi casa.
Enrique cayó al suelo.
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