23 Noviembre 2022
EJERCICIO 6 RELATO FANTÁSTICO Aurora Palomo
LA PUERTA
Celinda se despertó al amanecer, se arrebujó en la fina manta que su abuela le había dado la noche anterior. El sol estaba queriendo entrar por las rendijas de las persianas de los dos ventanales que tenía enfrente. En la nebulosa del entresueño, forzó a sus párpados a abrir una rajita para poder ser consciente del lugar en el que estaba. Era el salón comedor, bueno, eso era lo que le dijo su abuela, había cornucopias en las paredes en dos grandes y descascarillados espejos, muebles apretujados, libros amontonados por todos los rincones y en medio el sofá donde estaba tendida, duro, oliendo a polvo viejo, con la parte superior de madera esculpida con flores y pájaros, el color de la cretona que tapizaba el sofá era indefinido entre negro y marrón. En esta duermevela estuvo mucho tiempo o eso le pareció a ella. Una de las veces que abrió los ojos sintió un escalofrío, se levantó y se envolvió en la manta. El salón estaba helado, miró a un lado y a otro, aquello parecía un almacén de muebles unos empotrados en otros y allí, como una isla el sofá y su maleta al lado.
Se vistió, se puso el chaquetón y salió al pasillo. Ni un alma, lo recorrió arriba y abajo. Todas las puerta cerradas. Al fondo detrás de una, comenzó a escuchar un sonido de movimientos de platos y se dirigió hacia allí. Abrió la puerta y delante del fogón de carbón estaba una señora alta y recia manejando la cafetera que no se quedaba fija encima del fuego.
La miró y dijo:—¡Ah! ¡La señorita nueva!. ¡Siéntese! Le preparo un café, bueno uno de cebada de pucherete. El café, café lo saca doña Jacinta cuando hay una visita especial. Soy Tomasa y me encargo de la cocina y otras cosas.
Celinda se sentó y el calor de ese líquido que tomaba iba calentando su cuerpo, que cobró vida. Un trozo de pan algo duro puso Tomasa a su lado y lo migó en el líquido oscuro y comenzó a comer. Dio las gracias a Tomasa y preguntó por su abuela, le contestó que ella no se levantaba antes de las 12 del mediodía y se marchó dejándola sola en la cocina.
Estaba disfrutando del desayuno cuando comenzó a escuchar como un lamento en un tono muy bajo. Miró a su alrededor y no había nadie. Abrió la puerta y dejó de escucharlo. Siguió comiendo el pan esponjado.
Celinda tenía dieciocho años cuando llegó a la capital, donde estudiaba Matemáticas. Los abuelos tenían las habitaciones alquiladas y ella tuvo que permanecer en el destartalado salón. Por la noche se quedaba a estudiar en la cocina pues era el lugar más cálido de la casa.
Tras varias noches escuchando los lamentos, cada vez más fuerte y no encontrar a nadie en los armarios ni en la despensa, escuchaba por los rincones, se lo contó a su abuela que le dijo, sin darle importancia, que a veces la nevera, que ya era un poco vieja, hacia ruidos que parecían lamentos.
Celinda aceptó la explicación de su abuela y siguió estudiando en la cocina. A pesar de los ruidos, se acostumbró a ellos y con el tiempo ya no los escuchaba. Pero una noche en la que todos estaban dormidos, llegó a la cocina con todas las luces apagadas y vio una luz detrás de la nevera y los lamentos eran como llantos sofocados. Se acercó a ella y comenzó a moverla para mirar qué ocurría, con mucho trabajo consiguió apartarla de la pared, entonces encontró una puerta entreabierta de donde salían gritos y llantos. Abrió la puerta, una luz tenue iluminaba una escalera hacia el sótano.
Extrañada, pues nadie le había hablado que la casa se expandía hacia un sótano, comenzó a bajar la escalera, los gritos eran más audibles, además de voces de personas, de hombres que mandaban y mujeres que realizaban alguna tarea que le decían. Cuando llegó al final de los escalones se encontró en un lugar llenos de cristales transparentes y detrás de ellos niños deformados, a uno le faltaba un ojo, al otro una pierna, al otro se le notaban todos los huesos. Estaban en cunas y todos lloraban y gritaban. Había una mujer que iba uno a uno inyectando algo en brazos o piernas y los niños inmediatamente se quedaban callados y caían en el colchón dormidos.
Celinda estaba impactada de ver todo aquello que se desarrollaba delante de ella, de pronto una mano la agarró del cuello
—¿Quién eres tú? ¿Qué haces aquí? ¿Quién te ha dado permiso para entrar?
—Celinda le dijo asustada: —Escuché gritos y vi una luz detrás de la nevera. La puerta estaba abierta. Soy la nieta de Jacinta.
De pronto escuchó una voz fría y autoritaria, era la de su abuela:
—¡Suéltala! ¡Es mi nieta! ¡Ella no entra en el lote!
—¡Ha visto demasiado!
—Yo me encargo de eso.
El hombre soltó a Celinda y esta corrió escaleras arriba hasta llegar junto a su abuela. Subieron la escalera y salieron de aquel lugar.
En la cocina, la abuela encendió la luz y abrazó a su nieta.
—Ahora nos vamos a tomar un chocolate caliente y nos iremos a la cama, mañana hablaremos de todo esto.
Cuando preparaba el chocolate, introdujo unos polvos en la taza de Celinda, al terminar de tomar el chocolate sus ojos se le cerraban. La abuela la llevó al salón, la acostó, arropándola con la manta y le dio un beso.
A la mañana siguiente, al contarle a su abuela lo que había vivido la noche anterior, esta le dijo que eso era una pesadilla que ella había tenido, que no había ninguna puerta o escalera. Y para que se quedara tranquila retiraron la nevera y detrás de ella había una pared con algunas mancha y roces de aparato, ninguna puerta.
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