lunes, 21 de noviembre de 2022

EJERCICIO 6 - Esperanza Cabañas

 

  Mi niño

Enrique y yo celebrábamos esa noche que íbamos a ser padres. Enrique lo sugirió cinco meses atrás. Me lo dijo con la ilusión de un niño, como si fuera lo único que faltara para completar nuestra felicidad. En ese momento no pude más que asentir, besarle, abrazarle y contagiarme de sus ganas. Así, pegados, permanecimos un instante que me pareció fugaz. Al final de la cena Enrique descorchó una botella de cava, llenó dos copas y me ofreció una. Brindamos por la nueva vida que estaba gestando. Luego pasó la copa por mi vientre y apretando los labios para esconder su felicidad, selló los míos con los suyos.

Unos días después nos citaron para una ecografía. Aún no se podía ver el sexo, pero su corazón latía con tal fuerza que los ojos se nos hicieron agua. Hicimos fotocopias de esa imagen y en la cena de Navidad, que se celebró un mes después, pusimos un sobre en cada plato con la ecografía dentro. La primera en entenderlo fue mi hermana. El resto de la familia se levantó después.  Entre risas y felicitaciones hicieron planes ahuecando un sitio en la mesa para el próximo año. La familia de Enrique lo celebró aún con más alboroto. Eran desahogados a la hora de expresar sus emociones y me dieron tantos achuchones que temí por mi bebé. Iba a ser el primer nieto para ambas familias.

Unos días después fui de compras a un centro comercial y me encontré con María. Hacía mucho tiempo que no la veía. Ella había sido la primera novia que tuvo Enrique. Cuando me la presentó su beso me supo a azufre. Después me disparó una mirada aviesa que, junto a sus labios retorcidos, encendieron mis miedos. Forcé una sonrisa para saludarla.

¿Qué tal te va el embarazo? Espero que no lo malogres como el anterior dijo cadenciosa torciendo sus labios.

Las tripas se me anudaron. Aquel hecho se produjo cuando todavía estudiábamos en la universidad. Enrique y yo lo decidimos de común acuerdo. Me dolió en el alma y mil veces le pedí perdón a esa criatura para la que no hubiéramos sido buenos padres. Con ojos de vidrio miré mi barriga.

Muy bien, gracias. Todo va estupendo. Me alegro de verte, ahora tengo prisa, recuerdos a tu familia le dije precipitada reprimiendo una arcada.

Esa noche me agité en la cama. Veía con horror una membrana sanguinolenta que envolvía un cuerpo blando sin formar que se pegaba a mi cuerpo. Lo retiraba con asco, pero se escurría y volvía una y otra vez. Si me cubría una parte, acudía a la otra. Tanta angustia terminó por despertarme. Aturdida me levanté y fui al baño. Me sentía pringosa, resbalosa. Me metí en la bañera, froté mi cuerpo con la esponja hasta enrojecer la piel. Luego tomé una toalla y, mientras me secaba, un rastro de sangré en la bañera llamó mi atención. Grité. Enrique sacudió la puerta.

¿Qué ocurre? preguntó asustado.

―¡Esa sangre no es mía! dije aterrada señalando la bañera.

Vamos, tienes que descansar. ―Me cogió por la cintura y me llevó hasta la cama.

Abrazada a él conseguí dormir. Cuando sonó el despertador me preguntó cómo me encontraba. Le dije que cansada.

No vayas a trabajar, quédate en la cama, yo llamaré al colegio. Me dio un beso y corrió al baño.

Quise explicarle que la sangre no era mía cuando entró en la habitación para traerme un zumo de naranja, pero sus palabras no dejaron paso a las mías. Se puso los zapatos y se fue a trabajar.  La sangre no era mía, de eso estaba segura, pero… ¿cómo le convencía? Una semana más tarde el médico me exploró y me convenció de que todo estaba bien. No volví a tener más visiones extrañas.

Cuatro meses después preparé una merienda en casa para celebrar el treinta y cinco cumpleaños de Enrique. Vinieron sus hermanos, sus padres y los míos también. Mi barriga por aquel entonces ya abultaba y nuestro niño se dejaba sentir  a cada momento.  Terminé muy cansada. Enrique despidió a la familia y yo me fui directamente a la cama. Justo cuando se iba a acostar me despertó el timbre de su teléfono. Lo vi salir de la habitación. Debí quedarme dormida porque di un respingo cuando noté su beso de buenas noches. Le pregunté quién lo había llamado, me dijo que había sido María. «¡Mierda! Esta tía no se olvida de él», pensé para mí. Enrique siguió contándome que la había notado muy triste. Por lo visto su marido viajaba bastante y los fines de semana solo quería descansar. Añadió que de esa manera no podrían ser padres. «Me ha dejado mal sabor, creo que esa chica no estaba bien», me dijo con cierto tono de afección. Yo odiaba a María, pero lo que más me molestó fue que Enrique hablara de ella con preocupación. Miré el reloj, había estado más de una hora hablando con ella.

Esa noche volví a sentir inquietud, no podía dormir. La boca se me secó como una hoja en otoño. Bajé a la cocina,  hacía calor, abrí el grifo. Las gotas de sangre salpicaron las paredes del fregadero. Todo el fondo era rojo. Grité… y grité más fuerte. Me tapaba la boca y cerraba los ojos.

¿Qué ocurre?

¡Mira! Señalé el fregadero.

Vamos cariño, tranquilízate. Son restos de mermelada de la tarta.

¡No! No estoy loca, es sangre, Enrique, es horrible grité llorando.

Enrique me llevó a la cama y abrazada a él encontré descanso. Por la mañana, recordando la escena, mi cuerpo se sacudió entre el asco y el terror. Fui al baño, me di una ducha e intenté convencerme de que había sido una alucinación.

No fue posible, cada día veía la sangre y a veces también a ese horrible feto que no hacía más que recordarme a nuestro hijo no nacido. Inclusive cuando me llevaban a paritorio era la imagen que rafagueaba en mi cerebro hasta que pusieron en mi regazo a Carlos. Era un niño blanquito y regordete. Sus ojos abiertos borraron todos mis temores. Acaricié su cabecita apenas cubierta por una pelusilla. Era un bebé precioso. Enrique, emocionado como no lo había visto nunca, vino hacia mí y nos abrazamos los tres. Sentado a mi lado no paro de decirme gracias… gracias, mi amor.

Con el paso de los días me fui recuperando del parto y asumiendo mi nueva fisonomía. Se me había quedado una barriga horrible, mis pechos había crecido y caían por su propio peso, pero cuando miraba a Carlos, tan sano, tan guapo y alegre, porque ya sonreía, se me olvidaba todo lo malo. A Enrique y a mí nos parecía el niño más bonito del mundo.

Dos meses después quedamos para comer con los amigos. Fue la presentación de Carlos. María no faltó y además vino sola. Nos pidió permiso para coger al niño del cochecito. Enrique se lo dio, pero cuando se lo acercó al regazo, Carlos empezó a llorar con desconsuelo. De forma precipitada, lo reconozco, se lo arrebaté con la excusa de tranquilizarlo. En mis brazos el niño se durmió. Sentí de manera constante los ojos de María sobre mí. Enrique no dejó de hablar y de reír. María, siempre a su lado, no dejó de atraer su atención. Me sentí sola entre ellos, Invisible como el frío. Nos despedimos cuando empezó a anochecer. Ya en casa hablábamos Enrique y yo de lo bien que se había portado Carlos y nos acostamos pronto porque estábamos cansados.

La inquietud volvió esa noche. Me asomé a la cuna, Carlos dormía. Me abracé a Enrique y así me desperté. Carlos no había llorado en toda la noche. Acudí a su cuna. Tenía un color extraño, estaba frio  grité, grité y grité. Enrique vino, cogió al niño. Yo seguía gritando. La cuna estaba vacía, el cuerpo de mi niño, inerte.

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