AUDÍFONOS
Hace un mes me ajustaron unos audífonos. Yo no tenía ningún interés, pero familiares y amigos me insistían en que cada vez oía peor y eso me hacia aislarme.
Creo que no es que no los oyera, es que no me importaba lo que decían, pero, con tal de tener la fiesta en paz, tiré por la borda cinco mil euros.
El primer día de llevarlos colocados, después de cenar, justo antes de que mi marido llegara al salón para ver la televisión, escuché un leve sonido: ”chissss, chissss…”, supuse que se trataba de alguna interferencia del aparato y, como no volvió a repetirse desde que apareció mi marido, preferí no hacer ningún comentario.
Pocos días después, me quedé leyendo después de cenar en el salón, para no molestar en la habitación con la luz encendida. Al minuto de quedarme sola, volví a escuchar: “chissss, chissss, chissss…”, movilicé ligeramente ambos audífonos, pero el sonido se seguía repitiendo en mis oídos. Como estaba sola, apagué los aparatos y los encajé en su batería de recarga. Me sorprendió que en lugar de verdes, las luces del recargado eran rojas. Al día siguiente, cuando llamé al centro que me los había instalado, me aseguraron que eso era imposible, las luces del recargado eran solo verdes. Lo más probable es que no me hubiera fijado bien.
Una tarde, sentada en el parque a la sombra de un frondoso chopo, le contaba a mi marido lo que mi hijo me había contado dicho respecto a su decisión de cambiar de carrera. Sin hacerme caso, siguió enfrascado en su periódico. Tras unos minutos de silencio el “chissss, chissss…” familiar me volvió a sorprender en ambos oídos. Esta vez se lo comenté a mi marido, que, algo enfadado, se giró hacia un lado diciéndome que no me quejara del dichoso audífono, que si no lo quería, que no me lo pusiera y en paz. El “chissss” continuó, pero me pareció que no salía de mis oídos, me levanté buscando el origen del sonido y encontré un cachorrillo de perro en una pequeña cesta detrás de un arbusto. Mi marido nunca había consentido en tener un perro pero, ante este hecho consumado, accedió.
Esa noche, después de cenar, me quedé junto al perrito disfrutando un rato de la lectura. Pronto el “chissss” se impuso a los leves gruñidos del cachorro. Como el ruido no paraba, me quité los audífonos y los coloqué en el cargador. Sin duda, las luces que aparecieron eran rojas. Rojas y parpadeantes, como si quisieran avisarme de algo. Me volví a colocar los audífonos, volvieron los ruidos, pero al prestarles atención, me fueron dirigiendo al armario donde guardamos los medicamentos. En ese momento fui consciente de que se me había olvidado tomar mi medicación. Los audífonos permanecieron callados el resto de la noche.
Al entrar en la panadería hace quince días, empecé a escuchar el “chissss, chissss…” justo al pasar por delante del vendedor de la ONCE. Compré un boleto del primer número que me ofreció. El “chissss” desapareció. A los cuatro días me enteré que me habían tocado 6.000 euros. Ya sé que cualquiera a quien cuente todo esto, pensará que desvarío, por eso no se lo he contado a nadie, pero lo estoy escribiendo porque necesito desahogarme.
Desde ayer estoy más preocupada porque cuando me crucé en el portal con mi vecina del tercero, la que, a pesar de su edad va siempre enseñando las tetas y oliendo a pachuli, el “chisteo” no paró hasta que no la perdí de vista. Por la tarde, mi marido, como hace últimamente, se fue a pasear al perro un par de horas ¡quién me lo iba a decir!
Después de cenar, me he vuelto a quedar con el perrito a mi lado leyendo en el sofá. El “chissss” venía, claramente, del cachorro. Lo he cogido en mis brazos y al acercarlo a mi cara: ¡¡¡ Olía a pachuli !!!
Y mis hijos querían que me pusiera el audífono para que no me aislase. Claro que lo llevaré siempre, no creo que pueda encontrar mejor compañía.
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