EL
VENTANAL
Grande, muy grande,
la luna iluminaba toda la arboleda. Los ruidos nocturnos de la sierra habían
desplegado todos sus sonidos.
—¡Viernes loco! —gritó Sara alargando
la o final mientras Johnny aparcaba el viejo Prius dentro de la parcela—.
»¡A follar como locos! —volvió a gritar
mientras se bajaba del coche riendo a carcajadas; unas risotadas que se diluían
con los chirridos de los grillos. Corría hacia la casa. Reía. Reía y corría con
pequeños trotecillos infantiles. Se volvió hacia Johnny, que iba detrás,
sonriendo, parsimonioso. Y se levantó la falda floreada hasta la cintura,
dejando ver un tanga negro.
Así eran los
viernes para los dos desde que decidieron comprar aquella parcela aislada en
plena sierra. Lo dejaron todo y se mudaron. Sara se hizo un estudio en la nueva
casa y seguía pintando. Y Johnny, por su parte, como ingeniero experto en
ciberseguridad, no tuvo inconveniente alguno en trabajar desde allí como
freelance.
Esos viernes se veían con otras tres
parejas que habían hecho lo mismo que ellos: dejarlo todo y alejarse del
mundanal ruido. Quedaban en el pequeño pueblo, en el bar de Moe, apodado así
por Sara por el gran parecido que tenía el dueño con el personaje de los
Simpsons. Rieron una más de las alocadas ideas de Sara y ya nadie nombró al bar
de otra manera.
Allí, en el bar de Moe, tapeaban,
bebían unas copas, hablaban, reían y después cada una a su casa.
—¡Viernes loco! —gritó nuevamente Sara
al entrar en su habitación.
Ya estaba desnuda al completo. Abrió
los grandes ventanales del dormitorio y se revolcaron en la cama, sin censura,
con plenitud de gritos y jadeos. Mientras lo hacían observaban las sombras que
proyectaban las ramas de los olmos al ser mecidas por un ligero viento, la luna
entreverada por algunas nubes y algún que otro curioso mochuelo.
Las demás veces hacían el amor. Pero,
los viernes…los viernes follaban. Después dormían con placidez escuchando tan
solo sus respectivas respiraciones, las ramas del olmo más cercano golpeando el
marco de uno de los ventanales y los ruidos propios de la sierra.
*
Sara terminó de pintar el
último lienzo en el que estaba trabajando. Sin limpiarse apenas los restos de
las pinturas de óleo, como tantas otras veces, salió al jardín. Hizo lo que
siempre hacía cuando el tiempo se lo permitía: se desnudó por completo. Anduvo
por la parcela diciéndoles a los árboles: «os amo» y los abrazaba. Y miraba el
revolotear de las aves y les decía lo mismo: «os amo». Luego, puso en el suelo
una toalla, una toalla que tenía un estampado del cuadro de “El beso” de Klimt.
Y se sentó en la postura del loto, cerró los ojos y se puso a cantar: «Om tare tuttare ture soha ”, «Om tare tuttare
ture soha ”, «Om tare tuttare ture soha ”…
—Eres un ser tridimensional… si por ti fuera darías abrazos a todo el
mundo —le dijo Johnny desde la ventana de su estudio con la voz muy alta, casi
gritando. Pero ella no le oyó.
Después de terminar con sus agradecimientos a la naturaleza y de
terminar su meditación, se tumbó en la toalla para que los rayos del sol de
primavera recayesen sobre su piel desnuda.
Escuchó un ruido en la zona de arizónicas que delimitaba la parcela con
el camino de tierra que pasaba por delante. Con los ojos cerrados sonrió.
Últimamente ese curioso ruidito se repetía.
Lo escuchó otra vez. En esta ocasión con algo más de intensidad. Levantó
el torso apoyándose en los codos y miró. Volvió a sonreír. Sería algún
conejillo, o una liebre. Se tumbó, cerró los ojos y un rictus alegre se le
quedó colgando de los labios.
Al poco tiempo volvió a escuchar el mismo sonido. Esta vez más fuerte.
Lo vio claro: una gran liebre salto desde los arbustos y cruzó la zona
ajardinada a gran velocidad. Soltó una carcajada contenida y volvió a tumbarse.
Pero, al cabo de un buen rato, el ruido apareció de nuevo, esta vez con
mayor intensidad. Le dio la impresión de que estaba provocado por algo de mucho
más tamaño que una liebre. Uno o dos metros de las arizónicas se movieron como
si las hubiesen sacudido un golpe de viento. Sintió la sensación de que dos
ojos la observaban.
Se levantó rápido, muy rápido, cogió su toalla y se metió dentro de la
casa.
*
Comieron y bebieron
como cualquier viernes. Todos reían las ocurrencias de Sara. Ahora le había
puesto mote a uno de los guardias del pueblo, al más bajito y rechoncho: Clancy
Wiggum
—¿Y Esther y Alex? ¿No vienen?
—preguntó Johnny.
—Han tenido… otra vez… problemas con su
chico, con Sebas, Se ha vuelto a escapar de la casa —respondió una de las
mujeres.
—Sí, se escapó antes de coger el
autobús del instituto y no apareció hasta bien entrada la noche. Que mala es la
adolescencia para los padres —dijo otro amigo.
Cuando llegaron a la casa Sara no salió del Prius gritando como una
loca. Tuvieron su “viernes loco”, pero ella estuvo algo diferente, algo más
comedida.
—¿Crees que ese chico, el hijo de Esther y Alex, cuando se escapa… ronda
por aquí para verme desnuda?
—¡Bah! No digas tonterías, mujer.
—Pero… es que… esos ruiditos…
—Anda, duérmete. —Johnny sonrió mientras le acariciaba el cabello.
*
Habían pasado unos
cuantos días y sara volvió con su ritual de abrazos, canticos y desnudeces
sobre la toalla de Klimt. Durante unos días se había olvidado de las arizónicas
y sus ruidos y movimientos.
En aquella ocasión, aquel día que marcó
un punto de inflexión en Sara, las arizónicas se movieron de igual manera que las
otras veces. El ruido también fue el mismo, quizás algo más fuerte.
Miró. Esta vez no sintió, sino que creyó ver dos ojos que la observaban.
Y no eran los de un animalillo.
Corrió tapándose con la toalla el frontal de su cuerpo. Sus nalgas
rebotaban a cada zancada. De vez en cuando miraba hacia atrás. Creía sentir que
los ojos seguían allí.
—Era él, Johnny, era él —dijo de forma atropellada entrando en el
estudio de él.
¿Qué era quién? ¿Qué ha pasado? —preguntó saltando de su silla de
trabajo.
—Sebas, Johnny, seguro que era Sebas.
Se escapa para venir aquí. A espiarme. ¡Oh! Johnny, se habrá estado
masturbando como un loco viéndome desnuda de aquí para allá.
Johnny salió muy deprisa. Se montó en el Prius y abandonó la parcela. Al
cabo de una hora volvió. Ella estaba en su estudio. Pintaba un nuevo cuadro:
una zona boscosa estaba plagada de grandes ojos negros.
—He estado en casa de Esther y Alex. Él no estaba. Sebas lleva
desaparecido desde esta mañana temprano y lo está buscando. Le he dicho que nos
ha parecido verlo por aquí. Esther se ha puesto fatal, lloraba, mucho, casi no
podía entenderla. Creo que me dijo que al chico le han doblado la medicación y,
al parecer, le ha sentado fatal. Ahora dice que tiene poderes extraordinarios. Quieren
internarlo. Me ha dado mucha lástima. —Sara lo escuchó sin decir nada.
*
No quería volver a
desnudarse en el jardín. Se limitó a recorrerlo, pasando la mano por cada
árbol, por cada planta, por cada seto. Y su mano ya no transmitía la vitalidad
de siempre, ahora era lánguida, mustia.
En un impulso, un impulso que no sabía
de dónde venía, se desnudó y fue directamente hacia la valla de vegetación. Se
plantó delante de las arizónicas que emitieron aquellos ruidos y se puso a
zarandear cada planta de la valla y a gritar como una descosida.
Y entonces lo vio.
Corrió a grandes zancadas y cerró la puerta de la casa de un gran
portazo.
—Es él, Johnny, es él. Y se estaba masturbando. —Lloraba
desconsoladamente.
Johnny cogió un palo de golf y corrió hasta la valla. No vio nada.
Después llamó a Esther. Sebas se había vuelto a escapar. Pero era
imposible que hubiese estado por allí. Lo habían pillado a más de veinte
kilómetros de la zona en dirección contraria. La madre del muchacho dijo que
seguía diciendo que tenía poderes extraordinarios.
—Se va a matar, con lo que hace se va a matar, estoy segura. Mi niño…
que desgracia. —No pudo seguir hablando. Lloraba sin control… y colgó.
*
Las noches ya no eran
lo mismo…. ni los viernes… Sara, desde la cama, cuando la noche extendía sus
sombras y el silencio inquieto los acunaba, clavaba la vista en el ventanal.
Dejaron de hacer el amor. Tampoco follaban como locos.
—Vuela.
—¿Qué? —preguntó Johnny levantando la
vista del libro que estaba leyendo.
—Que vuela. Sebas… vuela. Lo veo desde aquí. —Sara no le miraba
—Ya está bien, Sara, ya está bien.
—Cierra las contraventanas del ventanal, por favor. Mira, mira ahora.
Está por ahí, planeando sobre nuestra casa esperando el momento de posarse en
la encina y espiarnos por el ventanal
Johnny se levantó y miró por el ventanal. Tenía la nariz pegada a la
cristalera. Su vaho dibujaba una nube alrededor de su rostro.
—Es un águila, Sara, un águila. Simplemente un águila.
—Aquí no hay águilas. Nunca las hemos visto. Él viene a por mí. Me
quiere llevar. Cierra el ventanal, te lo pido por lo que más quieras.
—¡No!, Sara, no. Que un crío haya merodeado por aquí no es para que te
pongas como te estás poniendo. Quizás no sería mala idea que, durante un
tiempo, te tomes ese relajante que te mandaron el año pasado.
—Sí, buena idea, a lo mejor consigo los mismos poderes y me puedo
defender. —Se dio la vuelta y se tapó hasta la coronilla.
Jonnhy se quedó de pie delante del gran ventanal. Miraba detenidamente
de un lado a otro. El Águila, o lo que parecía un águila, porque qué otra cosa
podría ser, seguía surcando el cielo.
Escribió un mensaje a Esther. Le respondió. Otra vez el chico había
desaparecido.
Volvió a mirar. Una figura alada estaba en la rama de la encina que
estaba pegada a la casa. Podía intuir sus ojos clavados en el ventanal.
Ruidos de crujidos huidizos, furtivos, se hacían oír en el silencio. Un
silencio inquieto, un silencio que hablaba… lo intimidó. Con ansiedad y con
miedo y con los poros de la piel contraídos cerró los postiguillos del gran
ventanal.
Se acostó. Y se percató de que Sara no estaba.
En ningún rincón de la casa la pudo encontrar.
Con el palo de golf en una mano abrió la puerta que daba al jardín.
Allí, tirado de cualquier forma, estaba el pijama de Sara. La figura alada que
estaba en la rama de la encina también había desaparecido.
FIN
Has clavao el ejercicio.
ResponderEliminarGracias, Isabel. A ver qué dice el Jefe (jeje)
ResponderEliminarMuy bueno
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