lunes, 17 de octubre de 2022

Ejercicio 3 - Esperanza Cabañas

 

EL FETO

Enrique y yo celebrábamos esa noche que íbamos a ser padres. Enrique me lo sugirió cinco meses atrás. Me lo dijo con la ilusión del niño grande que sabe lo que quiere y lo anhela como si fuera lo único que le faltara para completar nuestra felicidad. En ese momento no pude más que asentir, besarle, abrazarle y contagiarme de sus ganas. Así, pegados, permanecimos un rato que hubiera deseado que fuera eterno. Al final de la cena Enrique descorchó una botella de cava, llenó dos copas y me ofreció una. Brindamos por la nueva vida que se estaba gestando. Luego pasó la copa por mi vientre y apretando los labios para esconder su felicidad, selló mis labios con los suyos.

Unos días después nos citaron para la primera ecografía. Aún no se podía ver el sexo, pero su corazón latía con tal fuerza que a Enrique y a mí los ojos se nos hicieron agua. Hicimos fotocopias de esa ecografía y en la cena de Navidad, que se celebró un mes después, pusimos un sobre en cada plato con la ecografía dentro. La primera en entenderlo fue mi hermana. Después todos se levantaron para felicitarnos y en  esa cena ya se hicieron planes para poner añadir una silla el próximo año. La familia de Enrique lo celebró aún con más alboroto. Eran desahogados a la hora de expresar sus emociones y me dieron tantos achuchones que temí por mi bebé. Iba a ser el primer nieto en ambas familias.

Unos días después fui de compras a un centro comercial y me encontré con María. Hacía mucho tiempo que no la veía. Ella fue la primera novia que tuvo Enrique. Cuando él y yo empezamos a salir me acuso de habérselo robado. Desde que la conocí tuve la impresión de que me odiaba y es que me causó repulsa desde el principio. Seguramente era su gesto, su mirada aviesa y esos labios que retorcía escondiendo quién sabe qué. Tuvimos que dejar de salir con la pandilla por su culpa. 

¿Qué tal te va este embarazo? Espero que este no lo malogres me dijo torciendo sus labios.

Las tripas se me anudaron. Al poco de empezar a salir con Enrique quedé embarazada y aborté. Me toque la barriga. Muy bien, gracias. Todo va estupendo. Me alegro de verte, ahora tengo prisa, recuerdos a tu familia.

Esa noche en la cama no hacía más que dar vueltas. Cansada por no conciliar el sueño me levanté y fui al baño. Algo en la bañera me llamó mi atención. Al asomarme di un grito. Enrique vino enseguida.

¿Has sangrado, mi vida?

―¡No, esa sangre no es mía! le dije aterrada.

Anda venga, vamos a la cama ―Me cogió por la cintura y me llevó hasta la cama.

Abrazada a él conseguí dormir. Por la mañana me preguntó cómo me encontraba. Le dije que cansada.

No vayas a trabajar, quédate en la cama, yo llamaré al colegio.

Quise explicarle que la sangre no era mía y además no mencionó nada del feto que estaba en la bañera. Cuando por la tarde se lo conté me dijo que él no había visto a ningún feto y que era el miedo el que me hacía ver cosas que no eran.

¿Y qué me dices de la sangre?

Cariño es normal sangrar en los embarazos, pero aun así deberíamos consultarlo con el médico. Anda llámale, a ver cuándo te puede ver.

Sabía que la sangre mía no era, de eso estaba segura, pero… ¿cómo le convencía? Me fue imposible. Una semana más tarde el médico me exploró y dijo que todo estaba bien. Me tranquilicé y no volví a tener más visiones extrañas.

Cuatro meses más tarde me dijo Enrique que había hablado con María. Lo había llamado para felicitarlo por su cumpleaños. ¡Mierda! Pensé para mí. Enrique me contó que la había notado muy rara. Por lo visto su marido viajaba mucho por motivos de trabajo y se quejó de que de esa manera nunca podrían ser padres. No sé pero me ha dejado una mala sensación, creo que esa chica no estaba bien, me dijo con cierto tono de preocupación que no me gustó.

Esa noche volví a sentir inquietud. Sentí sed y, bajé a la cocina a beber un vaso de agua.  Al encender la luz, vi un feto sobre la encimera. Su cara no tenía forma, los ojos estaban cubiertos por una piel oscura, como todo su cuerpo. La boca era pequeña y la abría como un pez buscando respirar fuera del agua.  Era pequeño y se movía como un gusano. Grité y grité hasta que Enrique me cogió por detrás.

¿Qué te ocurre cariño?

¡Miralo! le grité señalando la encimera, pero cuando abrí los ojos no había nada.

Vamos cariño, tranquilízate.

¡No! No estoy loca, estaba ahí, era como un reptil. Enrique, era horrible le dije llorando.

Enrique me llevó a la cama y abrazada a él encontré descanso. Por la mañana, cuando abrí los ojos vi la imagen del feto. Mi cuerpo se sacudió entre el asco y el terror que aquella imagen me producía. Fui al baño, me di una ducha e intenté convencerme de que había sido una alucinación, así  que hice el propósito de olvidarlo.

No fue posible, cada día veía ese horrible feto. Inclusive cuando me llevaban a paritorio era la imagen que tuve grabada hasta que me dieron a mi hijo. Era un niño blanquito y regordete. Tenía los puños cerrados y unos ojos abiertos que borraron todos mis temores. Acaricié su cabecita apenas cubierta por una pelusilla que no llegaba a ser pelo. Era un bebé precioso. Enrique, emocionado como no lo había visto nunca, vino hacia mí y nos abrazamos los tres. Sentado a mi lado no paro de decirme gracias… gracias, mi amor.

Le pusimos de nombre Carlos, como su abuelo. Era un niño tranquilo y comilón. Con el paso de los días me fui recuperando del parto y asumiendo mi nueva fisonomía. Se me había quedado una barriga horrible, pero cuando miraba a Carlos, tan sano, tan guapo y alegre, porque ya sonreía, se me olvidaba todo. A Enrique y a mí nos parecía el niño más bonito del mundo.

Dos meses después quedamos para comer con los amigos. Fue la presentación de Carlos. María no faltó y además fue sola. Nos pidió permiso para coger al niño del cochecito. Cuando se lo acercó al regazo, Carlos empezó a llorar con desconsuelo. Enrique la miró sorprendido y yo rápidamente se lo quité con la excusa de tranquilizarlo. Lo pasamos genial. Hablamos de cómo los niños nos cambian la vida y de que ahora lo de quedar para tomar una copa o cenar ya iba a ser casi imposible. Nos despedimos cuando empezaba anochecer. Ya en casa hablábamos Enrique y yo de lo bien que se había portado Carlos y nos acostamos pronto porque estábamos cansados.

La inquietud volvió esa noche. Me asomé a la cuna, Carlos dormía. Me abracé a Enrique y así me desperté al amanecer. Al levantarme miré a Carlos. Tenía un color extraño, estaba frio  grité, grité y grité. Enrique vino, cogió al niño. Yo seguía gritando. La cuna estaba llena de sangre, el cuerpo de mi niño estaba inerte y un feto de piel oscura estaba a su lado, pero esta vez no reptaba, parecía muerto igual que mi hijo.

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