EL FETO
Enrique y yo celebrábamos esa
noche que íbamos a ser padres. Enrique me lo sugirió cinco meses atrás. Me lo
dijo con la ilusión del niño grande que sabe lo que quiere y lo anhela como si
fuera lo único que le faltara para completar nuestra felicidad. En ese momento
no pude más que asentir, besarle, abrazarle y contagiarme de sus ganas. Así,
pegados, permanecimos un rato que hubiera deseado que fuera eterno. Al final de
la cena Enrique descorchó una botella de cava, llenó dos copas y me ofreció una.
Brindamos por la nueva vida que se estaba gestando. Luego pasó la copa por mi
vientre y apretando los labios para esconder su felicidad, selló mis labios con
los suyos.
Unos días después nos citaron
para la primera ecografía. Aún no se podía ver el sexo, pero su corazón latía
con tal fuerza que a Enrique y a mí los ojos se nos hicieron agua. Hicimos
fotocopias de esa ecografía y en la cena de Navidad, que se celebró un mes
después, pusimos un sobre en cada plato con la ecografía dentro. La primera en
entenderlo fue mi hermana. Después todos se levantaron para felicitarnos y en esa cena ya se hicieron planes para poner añadir
una silla el próximo año. La familia de Enrique lo celebró aún con más
alboroto. Eran desahogados a la hora de expresar sus emociones y me dieron
tantos achuchones que temí por mi bebé. Iba a ser el primer nieto en ambas
familias.
Unos días después fui de compras
a un centro comercial y me encontré con María. Hacía mucho tiempo que no la
veía. Ella fue la primera novia que tuvo Enrique. Cuando él y yo empezamos a
salir me acuso de habérselo robado. Desde que la conocí tuve la impresión de
que me odiaba y es que me causó repulsa desde el principio. Seguramente era su
gesto, su mirada aviesa y esos labios que retorcía escondiendo quién sabe qué. Tuvimos
que dejar de salir con la pandilla por su culpa.
―¿Qué tal te va este embarazo? Espero
que este no lo malogres ―me dijo torciendo sus labios.
Las tripas se me anudaron. Al
poco de empezar a salir con Enrique quedé embarazada y aborté. Me toque la
barriga. ―Muy
bien, gracias. Todo va estupendo. Me alegro de verte, ahora tengo prisa,
recuerdos a tu familia.
Esa noche en la cama no hacía más
que dar vueltas. Cansada por no conciliar el sueño me levanté y fui al baño.
Algo en la bañera me llamó mi atención. Al asomarme di un grito. Enrique vino enseguida.
―¿Has sangrado, mi vida?
―¡No, esa sangre no es mía! ―le
dije aterrada.
―Anda venga, vamos a la cama ―Me
cogió por la cintura y me llevó hasta la cama.
Abrazada a él conseguí dormir.
Por la mañana me preguntó cómo me encontraba. Le dije que cansada.
―No vayas a trabajar, quédate
en la cama, yo llamaré al colegio.
Quise explicarle que la sangre no
era mía y además no mencionó nada del feto que estaba en la bañera. Cuando por
la tarde se lo conté me dijo que él no había visto a ningún feto y que era el
miedo el que me hacía ver cosas que no eran.
―¿Y qué me dices de la sangre?
―Cariño es normal sangrar en
los embarazos, pero aun así deberíamos consultarlo con el médico. Anda llámale,
a ver cuándo te puede ver.
Sabía que la sangre mía no era,
de eso estaba segura, pero… ¿cómo le convencía? Me fue imposible. Una semana
más tarde el médico me exploró y dijo que todo estaba bien. Me tranquilicé y no
volví a tener más visiones extrañas.
Cuatro meses más tarde me dijo
Enrique que había hablado con María. Lo había llamado para felicitarlo por su
cumpleaños. ¡Mierda! Pensé para mí. Enrique me contó que la había notado muy
rara. Por lo visto su marido viajaba mucho por motivos de trabajo y se quejó de
que de esa manera nunca podrían ser padres. No sé pero me ha dejado una mala
sensación, creo que esa chica no estaba bien, me dijo con cierto tono de
preocupación que no me gustó.
Esa noche volví a sentir
inquietud. Sentí sed y, bajé a la cocina a beber un vaso de agua. Al encender la luz, vi un feto sobre la
encimera. Su cara no tenía forma, los ojos estaban cubiertos por una piel
oscura, como todo su cuerpo. La boca era pequeña y la abría como un pez buscando
respirar fuera del agua. Era pequeño y
se movía como un gusano. Grité y grité hasta que Enrique me cogió por detrás.
―¿Qué te ocurre cariño?
―¡Miralo! ―le
grité señalando la encimera, pero cuando abrí los ojos no había nada.
―Vamos cariño, tranquilízate.
―¡No! No estoy loca, estaba
ahí, era como un reptil. Enrique, era horrible ―le dije llorando.
Enrique me llevó a la cama y
abrazada a él encontré descanso. Por la mañana, cuando abrí los ojos vi la
imagen del feto. Mi cuerpo se sacudió entre el asco y el terror que aquella
imagen me producía. Fui al baño, me di una ducha e intenté convencerme de que había
sido una alucinación, así que hice el
propósito de olvidarlo.
No fue posible, cada día veía ese
horrible feto. Inclusive cuando me llevaban a paritorio era la imagen que tuve
grabada hasta que me dieron a mi hijo. Era un niño blanquito y regordete. Tenía
los puños cerrados y unos ojos abiertos que borraron todos mis temores.
Acaricié su cabecita apenas cubierta por una pelusilla que no llegaba a ser pelo.
Era un bebé precioso. Enrique, emocionado como no lo había visto nunca, vino
hacia mí y nos abrazamos los tres. Sentado a mi lado no paro de decirme
gracias… gracias, mi amor.
Le pusimos de nombre Carlos, como
su abuelo. Era un niño tranquilo y comilón. Con el paso de los días me fui
recuperando del parto y asumiendo mi nueva fisonomía. Se me había quedado una
barriga horrible, pero cuando miraba a Carlos, tan sano, tan guapo y alegre,
porque ya sonreía, se me olvidaba todo. A Enrique y a mí nos parecía el niño
más bonito del mundo.
Dos meses después quedamos para
comer con los amigos. Fue la presentación de Carlos. María no faltó y además
fue sola. Nos pidió permiso para coger al niño del cochecito. Cuando se lo
acercó al regazo, Carlos empezó a llorar con desconsuelo. Enrique la miró
sorprendido y yo rápidamente se lo quité con la excusa de tranquilizarlo. Lo
pasamos genial. Hablamos de cómo los niños nos cambian la vida y de que ahora
lo de quedar para tomar una copa o cenar ya iba a ser casi imposible. Nos
despedimos cuando empezaba anochecer. Ya en casa hablábamos Enrique y yo de lo
bien que se había portado Carlos y nos acostamos pronto porque estábamos
cansados.
La inquietud volvió esa noche. Me
asomé a la cuna, Carlos dormía. Me abracé a Enrique y así me desperté al
amanecer. Al levantarme miré a Carlos. Tenía un color extraño, estaba frio grité, grité y grité. Enrique vino, cogió al
niño. Yo seguía gritando. La cuna estaba llena de sangre, el cuerpo de mi niño
estaba inerte y un feto de piel oscura estaba a su lado, pero esta vez no
reptaba, parecía muerto igual que mi hijo.
Escalofriante, me ha impactado el feto
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