LAS
ARPÍAS
2
Escribo
estas notas simplemente por una razón: porque me da la gana. Yo soy así. Soy…
especial.
O me siento grande, grande, grande… la más grande del
mundo.
O un ser reptante.
Pero, ahora, en estos días, soy única. Infinita en el
infinito.
Ahora soy los átomos de la materia.
Estoy contenta.
Simplemente eso.
3
Jaime me
dejó en una bocacalle, a escasos metros de mi portal, pero donde no podíamos
ser vistos por ella. Me había ido a recoger al instituto con la Benelli rojinegra.
Cuando me vio salir de clase la hizo berrear. Bajó su muñeca derecha que estaba
aferrada a la empuñadura y la giró hacia atrás; y la moto, al igual que él, y
que yo, rugió de excitación.
—¿Cuándo vamos a ir al taller? Los
domingos mi padre lo tiene cerrado. Estaríamos solos y… —Los ojos le brillaron
cuando me dijo aquello a escasos metros de mi casa.
—Ya veremos —le dije con una sonrisa picarona.
Y me bajé de la moto sosteniendo
coquetamente los libros contra mis ya abultados pechos. Anduve unos metros y me
volví. Mi falda tableada y con cuadros verdinegros describió un vuelo. Sonreí.
Di un trotecillo. Y me perdí en la entrada del bloque de pisos.
Ya mismo
estaría preparada. Pero todavía no. Y menos ahora, desde que mi tía me llevó,
otra-vez, a aquella curandera.
Subí hasta el tercero derecha. A quién
se le ocurre, un tercero sin ascensor. Abrí y, como no podía ser de otra
manera, allí estaba ella. Mi tía. Mi tía-abuela para ser más exacta.
Me fui a mi
dormitorio y me lie con mis matemáticas.
5
La tía me ha
preguntado que quién es el de la moto. No me lo explico. Nunca nos ha visto
juntos. Ni debería saber que yo me vengo en la moto con él. Quizá alguna
vecina…
—¿Qué moto, tita? ¿qué moto?
—Lo que tú digas. Pero ya me enteraré.
—Y siguió majando un no sé qué en el mortero.
Qué le voy a hacer.
Es lo único que tengo. Una tía-abuela que viste más de negro que una cucaracha.
Y que lo único que hace es estar todo el día trasteando con no sé qué potingues
en la cocina o reuniéndose las tardes-noches de los lunes, miércoles y viernes
con un grupito de viejas que están cortadas con el mismo patrón. Muchas veces
siento lástima de mí misma por haber perdido a mis padres tan pronto.
7
Jaime sigue llevándome en moto. Cada vez insiste más
en ir al taller un domingo. Es el único sitio en el que estaríamos solos. Jaime
quiere hacerlo ya. Quizá deba envalentonarme y asumir algún riesgo, aunque no
me gusta verme obligada a tomar decisiones complicadas. Esto debería venir solo
y no tan acelerado por culpa de las hormonas de Jaime.
11
La tía me sigue mirando raro cuando llego a casa.
13
La tía me ha dicho que pronto acabará lo de la moto,
muy pronto.
17
He visto un
gusano. Un gusano que rondaba las zapatillas de la tía. Qué asco. Se lo he
dicho, y ella… ella… ¡ha sonreído!
La casa me empieza a oler acre, a
rancio, a orín de vieja. A orines de viejas cuando viene el grupito de arpías, beatas
o lo que quiera que sean.
19
Los
arrumacos y abrazos de Jaime me transportan. Abrazos a los que les saco todo el
jugo, pero sin ceder a sus apresuradas intenciones. No, no cedo ni siquiera el
canto de una moneda de cinco céntimos. Esto irá al ritmo que yo marque.
23
He vuelto a
ver gusanos alrededor de la tía. No uno, sino tres o cuatro. Son muy pequeñitos,
casi no se ven. Se lo he vuelto a comentar. Y ha vuelto a sonreír, la muy
guarra. Algo se está pudriendo en la casa. El olor es cada vez más fuerte.
29
A la hora
del recreo no he ido al bar ni al patio, sino que me he visto con Jaime. Detrás
de una escombrera nos hemos besado. Él me ha apretado las nalgas y los pechos.
Casi me hace daño. Pero me gustó mucho. Muchísimo. No le he dicho nada a Jaime,
pero pienso ir al taller de su padre dentro de dos o tres domingos. Creo que ya
estoy preparada.
31
Me da asco
la comida de la Tía. ¡Los gusanos! ¡Los jodidos gusanos! Solo como cosas envasadas.
Me vendrá bien perder un poco de cadera.
37
El olor acre
es cada vez más fuerte. He limpiado todo a fondo, sobre todo mi dormitorio, la
cocina y el baño.
41
Los viernes
me deja volver más tarde. Fui con Marta al cine. No me vi con Jaime porque
tenían mucha faena en el taller. Si él supiera que en no muchos días estaremos
los dos juntos allí, solos, con todo el taller cerrado para nosotros… No le he
dicho nada a Marta porque es muy bocazas.
Cuando he llegado a casa, mi tía estaba con su grupo
de amigas. Todas muy juntitas en el salón. Todas muy de negro. Todas dándose
las manos en cadena. No sé qué coño están haciendo… rezando un no se qué… Me ha parecido ver entre esas cucarachas a la
curandera a la que me llevó mi tía.
Estaba en mi
dormitorio repasando unos temas de matemáticas cuando mi tía ha abierto la
puerta de golpe. Me quedé mirándola. Se acercó. Me dio un bofetón. Nunca me
había puesto una mano encima.
—Ni se te ocurra ir al taller la semana
que viene. Olvídate de él. Tú estás para otras cosas. —De sus oídos salían
varios gusanos. Y en las zapatillas tenía enroscados otros tantos.
No dijo nada más. Se dio media vuelta y
se fue sin cerrar la puerta.
Creo que se está pudriendo. O yo me
estoy volviendo loca… pero no, yo estoy muy cuerda. Y ella, ella sabe lo de los
gusanos. Ella se ríe. Los mira y se ríe. He tenido que coger con un papel
varios que se habían quedado retorciéndose en el suelo de mi dormitorio.
43
Llevo dos
noches sin dormir. No paro de mirar el suelo, el techo, la cama por debajo,
entre las sábanas, mi ropa, los vasos, los cubiertos, mis libros… No veo ningún
gusano, solo alrededor de ella. Definitivamente creo que se está muriendo.
47
Sigo dándole
vueltas y vueltas a lo mismo. Por más que intento averiguar no consigo nada. No
sé cómo coño la tía supo todo eso de lo del domingo en el taller. Yo no he
hablado con nadie. A nadie le he comentado nada de nada. No sé si hablaré en
sueños. Voy a grabar en audio todas mis noches, a ver qué es lo que pasa.
Ella tampoco ha hecho ningún comentario más, ninguna
alusión, ninguna mirada. Sigue como siempre, como una cucaracha aferrada a su
mortero y a sus reuniones con esas momias.
Los
gusanos siguen creciendo en número. Me dan grima. Y ella también.
53
Los gusanos
ya nos son tan pequeñitos. Son más gordos. Si los primeros eran como gusanos de
seda recién salidos del capullo, ahora son del tamaño de medio meñique.
Esta mañana iba mi tía andando por el
pasillo y se les iban desprendiendo desde el interior de la falda para chocar
luego contra el suelo. Que asco, que ascazo… Vomité hasta lo que había comido
hacía dos semanas.
Que asco,
qué asco, qué asco… ¡por Dios!
59
—Ten cuidado
con lo que escribes —me dijo sin apartar la vista del mortero.
¡Eran cerca de las doce de la noche… y
seguía con el mortero…! Y con los gusanos. Sí, con los gusanos que ahora
estaban ensortijando su pelo canoso. Parecía un peinado afro, solo que en vez
de rizos tenía aquellas asquerosidades retorciéndose sobre su cabeza.
Siguen creciendo, Sin pausa. Ya son del
tamaño del dedo meñique.
Estoy pensando en denunciarla o algo así. O está
muriéndose o es una guarra.
Pero no lo hago…
Me da miedo.
Ella me da miedo.
Sus amigas me dan miedo.
Los gusanos me dan miedo.
El olor acre me da miedo
La casa me da miedo…
Y, por otro lado, con independencia de mi asco y de mi
miedo, tengo otra inquietud: desde que me dijo aquello de que quién era el de
la moto, tengo todas mis notas a buen recaudo en mi móvil. Las tengo en una
aplicación con candado, casi encriptada. Y no me separo del móvil ni en la
ducha. Además, la tía no usa “estos cacharros” como ella los llama.
Cómo coño sabe qué escribo… No me
explico nada.
Quiero escapar.
Tengo que escapar.
Quizá la tía esté loca.
Quizá tenga una especie de Diógenes o yo qué sé.
O es un fantasma
O una bruja
O un yo qué sé.
O peor… quizá me quiera volver loca.
O es todo a la vez.
Me siento sola, muy sola. Por hoy lo dejo. Estoy
llorando. Llorando sin parar.
61
Nos hemos
ido otra vez a la escombrera. Esta vez ha estado hurgando por debajo de mi
falda. Lo he flipado. Y pensé en el domingo en el taller. Luego me acordé de la
tía y quise borrarlo todo de mi cabeza.
Siempre intento borrar todo eso de mi
cabeza. Si lo que quiere es volverme turulata lo tiene claro. Bastante tengo
con pasar lo que paso en esa casa de mierda.
Nada más
entrar en casa ha salido de la cocina, con el majo en la mano y unas hierbas en
la otra.
—¿Qué quieres que te parta otra vez la
cara? Lávate. Lávate ahora mismo, cerda. Tú estás aquí para otras cosas.
No dije nada, se me heló la sangre.
Estaba tan sugestionada por todo que me pareció ver dos gusanos que se
enroscaban dentro de mi nariz. Saqué un pañuelo de papel y me puse a sonarme
como una loca. Su cara de rabia cambió a un rostro desfigurado por una sonrisa
tenebrosa.
67
Cada vez hay
más gusanos. Mi tía ríe como una loca cuando me escucha vomitar o cuando me
desnudo en mitad de cualquier pasillo buscando gusanos.
71
—Ya queda
poco, niña. —Había abierto de golpe la puerta de mi dormitorio más allá de
media noche y me había soltado aquello.
73
Mis
encuentros con Jaime son más escasos. Y no dejo que me toque: primero porque
estoy convencida que en una de estas se escapa por algún lado un hijoputa
gusano, y segundo porque me da terror que la tía se entere otra vez, aunque sigo
sin explicarme la forma que tiene ella para enterarse.
79
—Más
comedida, pero sigues cayendo en lo mismo. Si no fuese por que falta tan poco
te hubiese reventado la cara. Aunque algo ya está solucionado —me dijo eso, y
después me escupió a la cara. No, no era saliva, eran esos gusanos.
83
Hoy he
faltado a clase. Estoy como desfallecida. No me atrevo a salir de mi cuarto,
está todo, todo, todo, inundado de gusanos. He querido distraerme de todo
aquello repasando matemáticas, pero al abrir el libro y fijar mi vista en las primeras
líneas, dos gusanos del tamaño de mi dedo anular han caído desde mi nariz al
libro. Me he sonado hasta hacerme sangre.
Ahora estoy convencida de que me quiere
volver loca o matarme para quedarse con mi pensión de orfandad.
Eso es, matarme, eso es lo que quiere.
Tengo miedo. Miedo que me impide
escapar.
Por la tarde
me ha llamado Marta. Me dijo que el padre de Jaime ha ido al instituto y ha
preguntado por mí. Nadie sabe dónde puede estar Jaime. Ha desaparecido, pero su
Benelli está aparcada. No la ha cogido, y él no va a ningún lado sin ella.
89
La casa está
inundada de gusanos, Gordos, gordos, gordos, muy gordos, gordísimos. El olor es
insoportable. Solo en la casa… solo en la casa… sales al descansillo y no huele
nada, nada, nada de nada…
Vomito
constantemente y expulso gusanos. Y lloro, y también salen gusanos. Me quiero morir.
Ya no salgo
a la calle.
De Jaime no
se sabe nada.
97
—Ya no
tendrás que preocuparte más de la motito —me ha dicho. Y al sonreír, por las
comisuras de su boca colgaban ellos, los gusanos, desprendiendo aquella
pestilencia acre.
Los gusanos,
los gusanos, los gusanos… ya siempre los gusanos, retorcidos, fríos, blandos,
nauseabundamente suaves… gusanos, gusanos, gusanos… que parece que me sonríen,
que parece que me invaden, que me devoran, hasta la última entraña. Gusanos,
gusanos, gusanos…
101
Estoy
escuálida. No sé el peso que habré perdido.
Por fin me
decidí. Intenté llamar al 112, pero es imposible. Ni con el fijo ni con el
móvil puedo conseguir ningún contacto.
Y no sé qué
fuerza es la que me impide abrir la puerta y salir corriendo. Corriendo todo lo
que mis pocas fuerzas me permitiesen.
103
Voy por la
casa como una zombi. Rodeada de gusanos, totalmente rodeada de gusanos, gusanos
y más gusanos. Gusanos cada vez más grandes. Gusanos de olor acre. Gusanos que
me sonríen…
Lloro. Lloro.
Lloro. Gusanos, gusanos, gusanos…
107
He oído a
las viejas arpías. He oído sus cascadas voces, el bisbiseo de sus rezos. He
oído el amortiguado sonido de sus toscas risas. Unas risas que cuando en alguna
ocasión las he visto de cerca provocan que se les desencajan las mandíbulas.
Noto que un rachear de pasos se dirige hacia mi cuarto.
Escribo estas últimas líneas y esconderé mi móvil.
Son ellas. Todas. Están abriendo la puerta. Ellas y
los gusanos.
*****
1
No recuerdo
nada de nada.
Estoy en la
cama y me duelen mucho mis partes.
Me he metido
la mano y he notado que sangraba un poco. Creo que no debería estar
menstruando. Pero no sé el tiempo que llevo dormida. Dormida o lo que sea. Me
sigue doliendo, como un desgarro.
1
Me sigue
doliendo y sigo en la cama. No tengo fuerzas. No sé cuántos días llevo así.
La tía entra
y me cuida. Sonríe de otra forma. Hasta me ha besado. Y no me dijo nada cuando
me pilló escribiendo con el móvil.
2
No hay
gusanos por ningún lado.
3
El único
olor desagradable que permanece es el de mi propio cuerpo.
5
La sonrisa
de la tía es agradable, maternal. Me lava dos veces al día, me peina, me da
suaves masajes con colonia de baño. Y me da de comer, como si fuese una niña
pequeñita. Al irse, siempre, siempre, se despide con un beso en mi frente.
8
Ahora lo veo
todo distinto.
13
Me sigue
pareciendo extraño no ver gusanos. Y me sigue pareciendo extraño no oler mal. La
tía me sigue lavando; me sigue cuidando
21
Sigo en casa,
pero ya puedo estudiar. Marta me ha traído los deberes; estoy deseando volver
con las mates. Mi tía le dijo que ya podía venir a verme. Nos ha preparado una
estupenda merienda que nos hemos tomado en mi cuarto.
—Qué susto nos has dado —me dijo Marta.
Yo no supe qué decirle.
Cuando se
fue Marta mi tía entró en mi dormitorio
—Ya está todo como debería de estar, chiquita… Todo
como debería de estar… Pronto, chiquita, estarás bien del todo y lo entenderás
todo.
Y me besó con suavidad la frente con una sonrisa de ángel.
FIN
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