martes, 25 de octubre de 2022

Ejercicio 4 Antonio Castilla

 

LAS ARPÍAS

 

2

Escribo estas notas simplemente por una razón: porque me da la gana. Yo soy así. Soy… especial.

O me siento grande, grande, grande… la más grande del mundo.

O un ser reptante.

Pero, ahora, en estos días, soy única. Infinita en el infinito.

Ahora soy los átomos de la materia.

Estoy contenta.

Simplemente eso.

 

3

Jaime me dejó en una bocacalle, a escasos metros de mi portal, pero donde no podíamos ser vistos por ella. Me había ido a recoger al instituto con la Benelli rojinegra. Cuando me vio salir de clase la hizo berrear. Bajó su muñeca derecha que estaba aferrada a la empuñadura y la giró hacia atrás; y la moto, al igual que él, y que yo, rugió de excitación.

         —¿Cuándo vamos a ir al taller? Los domingos mi padre lo tiene cerrado. Estaríamos solos y… —Los ojos le brillaron cuando me dijo aquello a escasos metros de mi casa.

—Ya veremos —le dije con una sonrisa picarona.

         Y me bajé de la moto sosteniendo coquetamente los libros contra mis ya abultados pechos. Anduve unos metros y me volví. Mi falda tableada y con cuadros verdinegros describió un vuelo. Sonreí. Di un trotecillo. Y me perdí en la entrada del bloque de pisos.

 

Ya mismo estaría preparada. Pero todavía no. Y menos ahora, desde que mi tía me llevó, otra-vez, a aquella curandera.

         Subí hasta el tercero derecha. A quién se le ocurre, un tercero sin ascensor. Abrí y, como no podía ser de otra manera, allí estaba ella. Mi tía. Mi tía-abuela para ser más exacta.

Me fui a mi dormitorio y me lie con mis matemáticas.

 

5

La tía me ha preguntado que quién es el de la moto. No me lo explico. Nunca nos ha visto juntos. Ni debería saber que yo me vengo en la moto con él. Quizá alguna vecina…

         —¿Qué moto, tita? ¿qué moto?

         —Lo que tú digas. Pero ya me enteraré. —Y siguió majando un no sé qué en el mortero. 

Qué le voy a hacer. Es lo único que tengo. Una tía-abuela que viste más de negro que una cucaracha. Y que lo único que hace es estar todo el día trasteando con no sé qué potingues en la cocina o reuniéndose las tardes-noches de los lunes, miércoles y viernes con un grupito de viejas que están cortadas con el mismo patrón. Muchas veces siento lástima de mí misma por haber perdido a mis padres tan pronto.

 

7

Jaime sigue llevándome en moto. Cada vez insiste más en ir al taller un domingo. Es el único sitio en el que estaríamos solos. Jaime quiere hacerlo ya. Quizá deba envalentonarme y asumir algún riesgo, aunque no me gusta verme obligada a tomar decisiones complicadas. Esto debería venir solo y no tan acelerado por culpa de las hormonas de Jaime.

 

11

La tía me sigue mirando raro cuando llego a casa.

 

13

La tía me ha dicho que pronto acabará lo de la moto, muy pronto.

 

17

He visto un gusano. Un gusano que rondaba las zapatillas de la tía. Qué asco. Se lo he dicho, y ella… ella… ¡ha sonreído!

         La casa me empieza a oler acre, a rancio, a orín de vieja. A orines de viejas cuando viene el grupito de arpías, beatas o lo que quiera que sean.

 

19

Los arrumacos y abrazos de Jaime me transportan. Abrazos a los que les saco todo el jugo, pero sin ceder a sus apresuradas intenciones. No, no cedo ni siquiera el canto de una moneda de cinco céntimos. Esto irá al ritmo que yo marque.

 

23

He vuelto a ver gusanos alrededor de la tía. No uno, sino tres o cuatro. Son muy pequeñitos, casi no se ven. Se lo he vuelto a comentar. Y ha vuelto a sonreír, la muy guarra. Algo se está pudriendo en la casa. El olor es cada vez más fuerte.

 

 

 

29

A la hora del recreo no he ido al bar ni al patio, sino que me he visto con Jaime. Detrás de una escombrera nos hemos besado. Él me ha apretado las nalgas y los pechos. Casi me hace daño. Pero me gustó mucho. Muchísimo. No le he dicho nada a Jaime, pero pienso ir al taller de su padre dentro de dos o tres domingos. Creo que ya estoy preparada.

 

31

Me da asco la comida de la Tía. ¡Los gusanos! ¡Los jodidos gusanos! Solo como cosas envasadas. Me vendrá bien perder un poco de cadera.

 

37

El olor acre es cada vez más fuerte. He limpiado todo a fondo, sobre todo mi dormitorio, la cocina y el baño.

 

41

Los viernes me deja volver más tarde. Fui con Marta al cine. No me vi con Jaime porque tenían mucha faena en el taller. Si él supiera que en no muchos días estaremos los dos juntos allí, solos, con todo el taller cerrado para nosotros… No le he dicho nada a Marta porque es muy bocazas.

Cuando he llegado a casa, mi tía estaba con su grupo de amigas. Todas muy juntitas en el salón. Todas muy de negro. Todas dándose las manos en cadena. No sé qué coño están haciendo… rezando un no se qué…  Me ha parecido ver entre esas cucarachas a la curandera a la que me llevó mi tía.

 

Estaba en mi dormitorio repasando unos temas de matemáticas cuando mi tía ha abierto la puerta de golpe. Me quedé mirándola. Se acercó. Me dio un bofetón. Nunca me había puesto una mano encima.

         —Ni se te ocurra ir al taller la semana que viene. Olvídate de él. Tú estás para otras cosas. —De sus oídos salían varios gusanos. Y en las zapatillas tenía enroscados otros tantos.

         No dijo nada más. Se dio media vuelta y se fue sin cerrar la puerta.

         Creo que se está pudriendo. O yo me estoy volviendo loca… pero no, yo estoy muy cuerda. Y ella, ella sabe lo de los gusanos. Ella se ríe. Los mira y se ríe. He tenido que coger con un papel varios que se habían quedado retorciéndose en el suelo de mi dormitorio.

 

43

Llevo dos noches sin dormir. No paro de mirar el suelo, el techo, la cama por debajo, entre las sábanas, mi ropa, los vasos, los cubiertos, mis libros… No veo ningún gusano, solo alrededor de ella. Definitivamente creo que se está muriendo.

 

47

Sigo dándole vueltas y vueltas a lo mismo. Por más que intento averiguar no consigo nada. No sé cómo coño la tía supo todo eso de lo del domingo en el taller. Yo no he hablado con nadie. A nadie le he comentado nada de nada. No sé si hablaré en sueños. Voy a grabar en audio todas mis noches, a ver qué es lo que pasa.

Ella tampoco ha hecho ningún comentario más, ninguna alusión, ninguna mirada. Sigue como siempre, como una cucaracha aferrada a su mortero y a sus reuniones con esas momias.

         Los gusanos siguen creciendo en número. Me dan grima. Y ella también.

 

53

Los gusanos ya nos son tan pequeñitos. Son más gordos. Si los primeros eran como gusanos de seda recién salidos del capullo, ahora son del tamaño de medio meñique.

         Esta mañana iba mi tía andando por el pasillo y se les iban desprendiendo desde el interior de la falda para chocar luego contra el suelo. Que asco, que ascazo… Vomité hasta lo que había comido hacía dos semanas.

Que asco, qué asco, qué asco… ¡por Dios!

 

59

—Ten cuidado con lo que escribes —me dijo sin apartar la vista del mortero.

         ¡Eran cerca de las doce de la noche… y seguía con el mortero…! Y con los gusanos. Sí, con los gusanos que ahora estaban ensortijando su pelo canoso. Parecía un peinado afro, solo que en vez de rizos tenía aquellas asquerosidades retorciéndose sobre su cabeza.

         Siguen creciendo, Sin pausa. Ya son del tamaño del dedo meñique.

Estoy pensando en denunciarla o algo así. O está muriéndose o es una guarra.

Pero no lo hago…

Me da miedo.

Ella me da miedo.

Sus amigas me dan miedo.

Los gusanos me dan miedo.

El olor acre me da miedo

La casa me da miedo…

 

Y, por otro lado, con independencia de mi asco y de mi miedo, tengo otra inquietud: desde que me dijo aquello de que quién era el de la moto, tengo todas mis notas a buen recaudo en mi móvil. Las tengo en una aplicación con candado, casi encriptada. Y no me separo del móvil ni en la ducha. Además, la tía no usa “estos cacharros” como ella los llama.

         Cómo coño sabe qué escribo… No me explico nada.

         Quiero escapar.

Tengo que escapar.

Quizá la tía esté loca.

Quizá tenga una especie de Diógenes o yo qué sé.

O es un fantasma

O una bruja

O un yo qué sé.

O peor… quizá me quiera volver loca.

O es todo a la vez.

Me siento sola, muy sola. Por hoy lo dejo. Estoy llorando. Llorando sin parar.

 

61

Nos hemos ido otra vez a la escombrera. Esta vez ha estado hurgando por debajo de mi falda. Lo he flipado. Y pensé en el domingo en el taller. Luego me acordé de la tía y quise borrarlo todo de mi cabeza.

         Siempre intento borrar todo eso de mi cabeza. Si lo que quiere es volverme turulata lo tiene claro. Bastante tengo con pasar lo que paso en esa casa de mierda.

 

Nada más entrar en casa ha salido de la cocina, con el majo en la mano y unas hierbas en la otra.

         —¿Qué quieres que te parta otra vez la cara? Lávate. Lávate ahora mismo, cerda. Tú estás aquí para otras cosas.

         No dije nada, se me heló la sangre. Estaba tan sugestionada por todo que me pareció ver dos gusanos que se enroscaban dentro de mi nariz. Saqué un pañuelo de papel y me puse a sonarme como una loca. Su cara de rabia cambió a un rostro desfigurado por una sonrisa tenebrosa.

 

67

Cada vez hay más gusanos. Mi tía ríe como una loca cuando me escucha vomitar o cuando me desnudo en mitad de cualquier pasillo buscando gusanos.

 

 

 

71

—Ya queda poco, niña. —Había abierto de golpe la puerta de mi dormitorio más allá de media noche y me había soltado aquello.

 

73

Mis encuentros con Jaime son más escasos. Y no dejo que me toque: primero porque estoy convencida que en una de estas se escapa por algún lado un hijoputa gusano, y segundo porque me da terror que la tía se entere otra vez, aunque sigo sin explicarme la forma que tiene ella para enterarse.

 

79

—Más comedida, pero sigues cayendo en lo mismo. Si no fuese por que falta tan poco te hubiese reventado la cara. Aunque algo ya está solucionado —me dijo eso, y después me escupió a la cara. No, no era saliva, eran esos gusanos.

 

83

Hoy he faltado a clase. Estoy como desfallecida. No me atrevo a salir de mi cuarto, está todo, todo, todo, inundado de gusanos. He querido distraerme de todo aquello repasando matemáticas, pero al abrir el libro y fijar mi vista en las primeras líneas, dos gusanos del tamaño de mi dedo anular han caído desde mi nariz al libro. Me he sonado hasta hacerme sangre.

         Ahora estoy convencida de que me quiere volver loca o matarme para quedarse con mi pensión de orfandad.

         Eso es, matarme, eso es lo que quiere.

         Tengo miedo. Miedo que me impide escapar.

 

Por la tarde me ha llamado Marta. Me dijo que el padre de Jaime ha ido al instituto y ha preguntado por mí. Nadie sabe dónde puede estar Jaime. Ha desaparecido, pero su Benelli está aparcada. No la ha cogido, y él no va a ningún lado sin ella.

 

89

La casa está inundada de gusanos, Gordos, gordos, gordos, muy gordos, gordísimos. El olor es insoportable. Solo en la casa… solo en la casa… sales al descansillo y no huele nada, nada, nada de nada…

Vomito constantemente y expulso gusanos. Y lloro, y también salen gusanos. Me quiero morir.

Ya no salgo a la calle.

De Jaime no se sabe nada.

 

 

97

—Ya no tendrás que preocuparte más de la motito —me ha dicho. Y al sonreír, por las comisuras de su boca colgaban ellos, los gusanos, desprendiendo aquella pestilencia acre.

Los gusanos, los gusanos, los gusanos… ya siempre los gusanos, retorcidos, fríos, blandos, nauseabundamente suaves… gusanos, gusanos, gusanos… que parece que me sonríen, que parece que me invaden, que me devoran, hasta la última entraña. Gusanos, gusanos, gusanos…

 

101

Estoy escuálida. No sé el peso que habré perdido.

Por fin me decidí. Intenté llamar al 112, pero es imposible. Ni con el fijo ni con el móvil puedo conseguir ningún contacto.

Y no sé qué fuerza es la que me impide abrir la puerta y salir corriendo. Corriendo todo lo que mis pocas fuerzas me permitiesen.

 

103

Voy por la casa como una zombi. Rodeada de gusanos, totalmente rodeada de gusanos, gusanos y más gusanos. Gusanos cada vez más grandes. Gusanos de olor acre. Gusanos que me sonríen…

Lloro. Lloro. Lloro. Gusanos, gusanos, gusanos…

 

107

He oído a las viejas arpías. He oído sus cascadas voces, el bisbiseo de sus rezos. He oído el amortiguado sonido de sus toscas risas. Unas risas que cuando en alguna ocasión las he visto de cerca provocan que se les desencajan las mandíbulas.

Noto que un rachear de pasos se dirige hacia mi cuarto.

Escribo estas últimas líneas y esconderé mi móvil.

Son ellas. Todas. Están abriendo la puerta. Ellas y los gusanos.

 

*****

 

1

No recuerdo nada de nada.

Estoy en la cama y me duelen mucho mis partes.

Me he metido la mano y he notado que sangraba un poco. Creo que no debería estar menstruando. Pero no sé el tiempo que llevo dormida. Dormida o lo que sea. Me sigue doliendo, como un desgarro.

 

 

1

Me sigue doliendo y sigo en la cama. No tengo fuerzas. No sé cuántos días llevo así.

La tía entra y me cuida. Sonríe de otra forma. Hasta me ha besado. Y no me dijo nada cuando me pilló escribiendo con el móvil.

 

2

No hay gusanos por ningún lado.

 

3

El único olor desagradable que permanece es el de mi propio cuerpo.

 

5

La sonrisa de la tía es agradable, maternal. Me lava dos veces al día, me peina, me da suaves masajes con colonia de baño. Y me da de comer, como si fuese una niña pequeñita. Al irse, siempre, siempre, se despide con un beso en mi frente.

 

8

Ahora lo veo todo distinto.

 

13

Me sigue pareciendo extraño no ver gusanos. Y me sigue pareciendo extraño no oler mal. La tía me sigue lavando; me sigue cuidando

 

21

Sigo en casa, pero ya puedo estudiar. Marta me ha traído los deberes; estoy deseando volver con las mates. Mi tía le dijo que ya podía venir a verme. Nos ha preparado una estupenda merienda que nos hemos tomado en mi cuarto.

         —Qué susto nos has dado —me dijo Marta. Yo no supe qué decirle.

 

Cuando se fue Marta mi tía entró en mi dormitorio

—Ya está todo como debería de estar, chiquita… Todo como debería de estar… Pronto, chiquita, estarás bien del todo y lo entenderás todo.

Y me besó con suavidad la frente con una sonrisa de ángel.     

 

 

FIN

No hay comentarios:

Publicar un comentario