LA CANGURO
Los padres de Alan habían decidido contratar a Teté, vecina del 4º A, de 16 años, como canguro, para salir esa noche al cine y a cenar. Los dos eran bastante miedosos y, a pesar de que el niño tenía ya cinco años, no le habían dejado al cuidado de nadie hasta hoy.
Como era la primera vez, se detuvieron un rato en explicar a Teté lo que debían cenar, dónde estaban las cosas, la hora de acostar a Alan y lo permitido y prohibido para el niño.
Durante la explicación, Alan escuchaba atento y sin ninguna expresión en su cara.
En cuanto la puerta del apartamento se cerró al salir los padres, Teté elevó unos decibelios el tono de su voz, con aire cantarín, de forma un tanto histriónica al dirigirse a un niño
—Bueno, ¡por fin solos, vamos a pasarlo muy bien!
—Eso está por ver. De momento, no me hables como a una persona que no entiende bien, hazlo en un tono normal, por favor —le dijo Alan mirándole fijamente sin cambiar la expresión de su cara.
Teté, intentando no dar importancia a una reacción tan impropia de un niño de su edad, respondió:
—Okey makey, lo que tú digas. Lo primero te baño, luego cenamos, vemos un ratito la tele y a las diez, te vas a la camita.
—En primer lugar, siempre me baño sólo y, mientras, tú preparas la cena. Y en segundo lugar, yo no tengo camita, tengo una cama normal, como la tuya.
—Vale, vale, lo que tú quieras. Deja la puerta del baño abierta y, si necesitas algo, me llamas. “Repelente de mierda”, —murmuró al darse la vuelta.
Teté calentó el puré de verduras y horneó una pizza cuatro quesos según las instrucciones maternas. Preparó la mesa y todo estaba listo cuando Alan volvió del cuarto de baño.
—No quiero puré, lo odio. Quiero salchichas.
—Ya, pero no se trata de lo que ni tú ni yo queramos. El menú lo ha decidido tu madre.
—¡He dicho que no lo quiero, me puedo atragantar! —deletreó despacio Alan.
Lo dijo con una voz profunda que nada tenía que ver con la de un niño mientras miraba fijamente a los ojos de Teté, con los brazos rígidos, pegados al cuerpo y los puños cerrados. Sin retirar su mirada, el cuello ligeramente estirado hacia delante, le hacía parecer un depredador a punto de atacar a su presa.
En ese momento, Teté se atragantó. La invasión de su vía aérea por el puré le hizo toser violentamente hasta que Alan se subió a una silla, colocándose a su espalda y le dio un golpe seco entre ambos omóplatos. Cuando recupero su respiración normal, le tendió una servilleta y le dijo:
—Lo ves, ya te lo dije, me puedo atragantar y a ver que le dices a mis padres si cuando vuelvan a casa estoy muerto.
—Lo que tú digas, salchichas y pizza.
No hubo más incidencias durante la cena.
Al terminar se sentaron delante del televisor y Teté preguntó:
—¿A ti te dejan ver películas policiacas?
—Claro que me dejan, pero a ti no te lo recomiendo porque, esta noche, puedes pasar miedo.
Sin haber tenido tiempo de reaccionar Teté vio como Alan miraba fijamente la pantalla, que se encendió sin haber pulsado ella ningún botón del mando que sostenía en la mano derecha. Justo en ese momento comenzaba una película de Superman.
—Vaya payasada, para ver esta basura prefiero irme a la cama a leer un cuento.
—Oye monicaco, ¿es que tú siempre haces lo que te da la gana?
—Sí, siempre. Incluso antes de nacer. A los ocho meses ya estaba totalmente formado y no podía soportar más estar tan encogido. Con las uñas conseguí romper la membrana amniótica y así se desencadenaron, inmediatamente, las contracciones del parto.
—¿Te leo un cuento o te lo lees tú sólo?
—Mejor lo leo yo. Buenas noches.
—Buenas noches.
Cuando Teté entró en el cuarto de baño a lavarse los dientes, en el fondo de la bañera encontró un cuchillo de cocina y goterones de ketchup.
Alan escuchó cerrarse la puerta de la calle con un portazo y sonrió.
Al llegar sus padres, estaba leyendo aún y no consiguieron que el niño les explicara cuándo y por qué se había ido Teté, dejando el dinero que le habían pagado sobre la mesa del salón.
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