COSTA MALDITA
María y Juan han
hecho coincidir sus vacaciones con la estancia de los niños en la granja
escuela. Juan ha preparado una ruta por una costa poco concurrida con la que
espera sorprender a su mujer. Consciente de que la relación se ha enfriado, tiene
la intención de revivir emociones que se fueron tras el nacimiento de los
niños. Quiere recuperar a la mujer que
conoció, de la que se enamoró.
Después de dejar a
los niños en la granja, sin perder ni un día, emprenden viaje hacia la costa. Pasan
la primera noche en un hotel pequeño, aunque atestado de veraneantes que
cargados con flotadores vuelven a esa hora de la playa. A María le parece
escuchar la voz de sus hijos, la llaman mientras discuten por un juguete. Vuelve
la cabeza para buscarlos y se da cuenta de que en la habitación solo están su
marido y ella. Le va a costar adaptarse a estar sin ellos.
Al día siguiente
parten hacia su destino. María, al ver el mar, le pide a Juan que pare. Se baja
del coche, se asoma al acantilado y contempla con deleite el color azul, a
ratos verdoso y a veces amarillo del agua que se remueve suavemente contra las
rocas que bajan de sus pies.
―¡Qué maravilla!
Podría pasar horas contemplándolo.
―Hay un camino
que parte de aquí y recorre la costa.
―Vamos a hacerlo ―dice María con impaciencia.
Dejan el coche cerca
del camino, en un pinar. Ponen agua y algunas manzanas en sus mochilas, luego empiezan
a andar. María se olvida hasta de sus hijos. Habla con Juan sobre las variadas formas
de las rocas, los yates y los veleros que navegaban sobre las aguas tranquilas
y se pregunta por el dueño de una barca que aparece amarrada en un entrante
pequeño, sin que haya camino para llegar hasta ella.
A media tarde deciden
volver. Pueden hacerlo por el interior, siguiendo una carretera comarcal, pero
María prefiere desandar el mismo camino que han hecho. El mar la atrae de una
manera serena, brindándole un paisaje tan bello que escupe cualquier
pensamiento negativo.
Anochece cuando
llegan al coche. Están cansados. Beben agua y deciden ir al hotel a darse una
ducha. Juan se alerta cuando el coche no le arranca. Hace al menos diez
intentos. Abre el capó, comprueba que los bornes de la batería están en su
sitio, todo parece normal. Llama a la grúa, le pide a María. El móvil se ha
quedado sin batería. María busca el suyo. Vacía la mochila, no aparece. Con
rabia deduce que se le ha caído en el camino.
―Vamos a buscarlo
―dice alterada.
―Mejor nos vamos
al hotel, no puede estar muy lejos. Venga, coge lo justo para esta noche. Allí
cargaré el teléfono y llamaré al seguro para que manden una grúa.
María asiente
confusa. Piensa en sus hijos y se pregunta si estarán bien. El pánico la recorre.
Cuando llevan
treinta minutos de camino a Juan le extraña que ningún coche haya pasado.
Tampoco nadie se ha cruzado con ellos. El silencio es absoluto. La noche se ha
cerrado y solo algunas farolas iluminan a ratos el camino. Juan contempla la
posibilidad de volverse. María le apremia, desea llegar para llamar a sus
hijos. Siguen caminando, cada vez les extraña más la ausencia de personas, de
casas. Juan supuso que el hotel estaría como a diez minutos, que andando podrían
ser como treinta. Su paso va más rápido, su respiración más agitada y empieza a
dudar de que estén en el pueblo donde reservó sus vacaciones. Aquello es demasiado
extraño. La luna llena les proyecta imágenes fantasmales de los árboles que
limitan la carretera.
―Allí ―grita María señalando con el dedo.
Juan la coge de la
mano y tira de ella. La luz del porche les muestra una casa grande. Parece antigua.
El timbre suena mediante dos campanadas. Tras un rato de impaciente espera, vuelven
a llamar. Esta vez con insistencia. El sonido de campanas se repite y tras
ellas se escuchan pasos. Una mujer mayor les abre la puerta.
―¿Qué hacen aquí?
Juan le cuenta
atropelladamente su periplo.
―Esta noche no
hay nadie fuera. ―La señora los mira de
arriba abajo, parecen cansados―. Pasen… pasen. Puedo
darles cobijo y deberían aceptarlo. Antes no sabíamos cuando sucedería, pero
este año hemos recibido un mensaje ¿Acaso ustedes no lo tienen?
―¿De qué mensaje
habla?
La mujer lee: “aviso
de emergencia a través de redes de telefonía móvil de los Servicios de
Protección Civil del Estado. Quédese en su casa, no salga bajo ningún motivo.
Es necesario para protegerse y evitar riesgos inminentes”. El cansancio se vuelve
miedo y acceden a la casa. La mujer cierra la puerta tras ellos. Les dice que
la sigan. Sube las escaleras, abre una puerta. Es un dormitorio espacioso. Les advierte
de que no deben salir, oigan lo que oigan. La mujer cierra la puerta y vuelve a
la planta baja.
La cama es grande. Juan
y María se sientan sobre ella, es
cómoda. Yo creo que esta mujer ha perdido la cabeza, dice Juan. Descansaremos y por la mañana nos iremos. María asiente,
está congelada, pero no tiene frío.
De pronto, un ruido
tosco les sobresalta. Ha sonado abajo, como si algo grande hubiera chocado con
la casa. Otro golpe suena, éste arriba.
Los golpes empiezan a sucederse. Suenan por todos lados. María grita tapándose
los oídos. Juan descorre la cortina. La ventana esta tapada por una plancha de
madera. En medio de los porrazos que se suceden sin un ritmo constante también
se escuchan pasos apresurados por la casa. Juan sujeta a María para que no salga.
El mar ruge como un monstruo hambriento. Los golpes siguen. La oscuridad es
total. La luz se ha ido.
Juan abre la puerta,
se asoma, pero no ve a nadie. Todo está oscuro. Los interruptores no funcionan
y los golpes siguen arremetiendo contra la casa. La mujer le chilla como si
fuera un niño y le ordena que se quede en la habitación. Juan entra y cierra.
María yace sobre la cama. Está temblando.
Se aprieta los oídos con las manos abiertas.
Juan recorre la
habitación en busca de algo que de sentido a aquello. El tiempo pasa, los
golpes siguen. Hasta que de repente comienzan a espaciarse, a ser menos
violentos. Sobre la cama se dejan atrapar en un sueño profundo y agitado.
Cuando María abre los ojos tarda unos minutos en descubrir dónde está, entonces
recuerda lo sucedido. Cree que ha sido
un sueño. Busca a Juan. Lo encuentra a su lado. Le agarra el brazo, lo agita
como si fuera una cortina. Juan abre los ojos y de un salto se pone en pie.
Tenemos que salir de aquí, le dice a su mujer. Todo sigue oscuro. Abren la
puerta. Bajan la escalera a tientas. Los últimos peldaños se dejan ver por un
haz de luz que entra a través de las rendijas de las maderas que cubren las ventanas
del salón. María se abalanza hacia la puerta de entrada. Allí está la dueña de
la casa.
―Pasad a la
cocina ―les dice señalándole el camino.
La cocina también recibe
algo de luz por los huecos de las tablas que la bloquean.
―Ya ha pasado,
aunque es mejor quedarse en casa hasta que se limpie todo. Sucede cada cinco
años. Es como si el mar alimentara a los escarabajos que crecen y crecen hasta
morir reventados. Al mismo tiempo el mar ruge mientras sube y sube. A su paso arrasa
con todo lo que encuentra, hasta llenarse. Luego baja.
María no puede
resistir su impulso, abre la puerta de la casa. La barca que había visto la
tarde anterior, para la que no encontró manera de llegar a ella, está bajo el
porche y un montón de escarabajos gigantes yacen bocarriba dibujando un bosque
negro y tétrico en todo lo que su vista alcanza.
Mientras, la mujer
en la cocina sigue hablando: … es la madre naturaleza. Todo vuelve a la tierra.
Los campos se llenarán con la descomposición de estos bichos y serán fértiles
como no hay otros…
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