martes, 25 de octubre de 2022

EJERCICIO 4 - Esperanza Cabañas

 

COSTA MALDITA

 

María y Juan han hecho coincidir sus vacaciones con la estancia de los niños en la granja escuela. Juan ha preparado una ruta por una costa poco concurrida con la que espera sorprender a su mujer. Consciente de que la relación se ha enfriado, tiene la intención de revivir emociones que se fueron tras el nacimiento de los niños.  Quiere recuperar a la mujer que conoció, de la que se enamoró.

Después de dejar a los niños en la granja, sin perder ni un día, emprenden viaje hacia la costa. Pasan la primera noche en un hotel pequeño, aunque atestado de veraneantes que cargados con flotadores vuelven a esa hora de la playa. A María le parece escuchar la voz de sus hijos, la llaman mientras discuten por un juguete. Vuelve la cabeza para buscarlos y se da cuenta de que en la habitación solo están su marido y ella. Le va a costar adaptarse a estar sin ellos.

Al día siguiente parten hacia su destino. María, al ver el mar, le pide a Juan que pare. Se baja del coche, se asoma al acantilado y contempla con deleite el color azul, a ratos verdoso y a veces amarillo del agua que se remueve suavemente contra las rocas que bajan de sus pies.

¡Qué maravilla! Podría pasar horas contemplándolo.

Hay un camino que parte de aquí y recorre la costa.

Vamos a hacerlo dice María con impaciencia.

Dejan el coche cerca del camino, en un pinar. Ponen agua y algunas manzanas en sus mochilas, luego empiezan a andar. María se olvida hasta de sus hijos. Habla con Juan sobre las variadas formas de las rocas, los yates y los veleros que navegaban sobre las aguas tranquilas y se pregunta por el dueño de una barca que aparece amarrada en un entrante pequeño, sin que haya camino para llegar hasta ella.

A media tarde deciden volver. Pueden hacerlo por el interior, siguiendo una carretera comarcal, pero María prefiere desandar el mismo camino que han hecho. El mar la atrae de una manera serena, brindándole un paisaje tan bello que escupe cualquier pensamiento negativo.

Anochece cuando llegan al coche. Están cansados. Beben agua y deciden ir al hotel a darse una ducha. Juan se alerta cuando el coche no le arranca. Hace al menos diez intentos. Abre el capó, comprueba que los bornes de la batería están en su sitio, todo parece normal. Llama a la grúa, le pide a María. El móvil se ha quedado sin batería. María busca el suyo. Vacía la mochila, no aparece. Con rabia deduce que se le ha caído en el camino.

Vamos a buscarlo dice alterada.

Mejor nos vamos al hotel, no puede estar muy lejos. Venga, coge lo justo para esta noche. Allí cargaré el teléfono y llamaré al seguro para que manden una grúa.

María asiente confusa. Piensa en sus hijos y se pregunta si estarán bien. El pánico la recorre.

Cuando llevan treinta minutos de camino a Juan le extraña que ningún coche haya pasado. Tampoco nadie se ha cruzado con ellos. El silencio es absoluto. La noche se ha cerrado y solo algunas farolas iluminan a ratos el camino. Juan contempla la posibilidad de volverse. María le apremia, desea llegar para llamar a sus hijos. Siguen caminando, cada vez les extraña más la ausencia de personas, de casas. Juan supuso que el hotel estaría como a diez minutos, que andando podrían ser como treinta. Su paso va más rápido, su respiración más agitada y empieza a dudar de que estén en el pueblo donde reservó sus vacaciones. Aquello es demasiado extraño. La luna llena les proyecta imágenes fantasmales de los árboles que limitan la carretera.

Allí grita María señalando con el dedo.

Juan la coge de la mano y tira de ella. La luz del porche les muestra una casa grande. Parece antigua. El timbre suena mediante dos campanadas. Tras un rato de impaciente espera, vuelven a llamar. Esta vez con insistencia. El sonido de campanas se repite y tras ellas se escuchan pasos. Una mujer mayor les abre la puerta.

¿Qué hacen aquí?

Juan le cuenta atropelladamente su periplo.

Esta noche no hay nadie fuera. La señora los mira de arriba abajo, parecen cansados. Pasen… pasen. Puedo darles cobijo y deberían aceptarlo. Antes no sabíamos cuando sucedería, pero este año hemos recibido un mensaje ¿Acaso ustedes no lo tienen?

¿De qué mensaje habla?

La mujer lee: “aviso de emergencia a través de redes de telefonía móvil de los Servicios de Protección Civil del Estado. Quédese en su casa, no salga bajo ningún motivo. Es necesario para protegerse y evitar riesgos inminentes”. El cansancio se vuelve miedo y acceden a la casa. La mujer cierra la puerta tras ellos. Les dice que la sigan. Sube las escaleras, abre una puerta. Es un dormitorio espacioso. Les advierte de que no deben salir, oigan lo que oigan. La mujer cierra la puerta y vuelve a la planta baja.

La cama es grande. Juan y María se  sientan sobre ella, es cómoda. Yo creo que esta mujer ha perdido la cabeza, dice Juan. Descansaremos  y por la mañana nos iremos. María asiente, está congelada, pero no tiene frío.

De pronto, un ruido tosco les sobresalta. Ha sonado abajo, como si algo grande hubiera chocado con la casa.  Otro golpe suena, éste arriba. Los golpes empiezan a sucederse. Suenan por todos lados. María grita tapándose los oídos. Juan descorre la cortina. La ventana esta tapada por una plancha de madera. En medio de los porrazos que se suceden sin un ritmo constante también se escuchan pasos apresurados por la casa. Juan sujeta a María para que no salga. El mar ruge como un monstruo hambriento. Los golpes siguen. La oscuridad es total. La luz se ha ido.

Juan abre la puerta, se asoma, pero no ve a nadie. Todo está oscuro. Los interruptores no funcionan y los golpes siguen arremetiendo contra la casa. La mujer le chilla como si fuera un niño y le ordena que se quede en la habitación. Juan entra y cierra. María yace sobre la cama. Está  temblando. Se aprieta los oídos con las manos abiertas.  

Juan recorre la habitación en busca de algo que de sentido a aquello. El tiempo pasa, los golpes siguen. Hasta que de repente comienzan a espaciarse, a ser menos violentos. Sobre la cama se dejan atrapar en un sueño profundo y agitado. Cuando María abre los ojos tarda unos minutos en descubrir dónde está, entonces  recuerda lo sucedido. Cree que ha sido un sueño. Busca a Juan. Lo encuentra a su lado. Le agarra el brazo, lo agita como si fuera una cortina. Juan abre los ojos y de un salto se pone en pie. Tenemos que salir de aquí, le dice a su mujer. Todo sigue oscuro. Abren la puerta. Bajan la escalera a tientas. Los últimos peldaños se dejan ver por un haz de luz que entra a través de las rendijas de las maderas que cubren las ventanas del salón. María se abalanza hacia la puerta de entrada. Allí está la dueña de la casa.

Pasad a la cocina les dice señalándole el camino.

La cocina también recibe algo de luz por los huecos de las tablas que la bloquean.

Ya ha pasado, aunque es mejor quedarse en casa hasta que se limpie todo. Sucede cada cinco años. Es como si el mar alimentara a los escarabajos que crecen y crecen hasta morir reventados. Al mismo tiempo el mar ruge mientras sube y sube. A su paso arrasa con todo lo que encuentra, hasta llenarse. Luego baja.

María no puede resistir su impulso, abre la puerta de la casa. La barca que había visto la tarde anterior, para la que no encontró manera de llegar a ella, está bajo el porche y un montón de escarabajos gigantes yacen bocarriba dibujando un bosque negro y tétrico en todo lo que su vista alcanza.

Mientras, la mujer en la cocina sigue hablando: … es la madre naturaleza. Todo vuelve a la tierra. Los campos se llenarán con la descomposición de estos bichos y serán fértiles como no hay otros…

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