jueves, 27 de octubre de 2022

EJERCICIO 4 RELATO LA PLAYA Aurora Palomo

26 Octubre 2022


EJERCICIO 4 CUENTO FANTÁSTICO PÉNDULO. Aurora Palomo


LA PLAYA


Ismael recogió los billetes del viaje al Caribe para él y su familia. Recordaba con extrañeza la sonrisa maliciosa que le dirigió la agente de la oficina de turismo al entregarle los pasajes. Había conseguido un viaje de lujo por un precio irrisorio. Llegó feliz a casa y Carla, su esposa y él bailaron por todo el salón con los billetes en la mano. Dos días después estaban brindando en los  asientos  del avión que los llevaría primero a Martinica donde se alojarían en un gran hotel en lo alto de unos acantilados.

Durante el viaje en avión Carla estaba intranquila y muy nerviosa cuando comenzaron los vaivenes de turbulencias, la azafata tuvo que ofrecerle una pastilla que hizo que durmiera el resto del trayecto.

Al llegar al hotel les ofrecieron unos cócteles de bienvenida que aceptaron encantados. El director le sugirió varios senderos para pasear por la isla, les comentó de pasada que había un sendero muy especial que serpenteaba por entre formaciones de rocas extrañas y que bajaban a una playa espectacular por el color de sus aguas, por una temperatura cálida y los acantilados detrás.

Ismael y Carla visitaron diferentes partes de la isla disfrutando  de todo lo que encontraban a su paso. Carla todas las noches desde que llegaron quería ir al día siguiente, a esa playa especial que el director les había comentado. Todas las mañanas le contaba a Ismael que había soñado con ella, lo hermosa que era, lo feliz que se sentía en sus aguas cristalina.

A la mañana siguiente marcharon a la playa Esmeralda. Bajaron por un sendero entre rocas con formaciones extrañas, a veces un recodo parecía una cara, en otro un pie, en otro una oreja. Aquel sendero se asemejaba a un laberinto. Gracias a que estaba señalizado con indicaciones, por fin llegaron a la playa  con una gran extensión de arena y los acantilados detrás de ellos. El agua espejeaba con brillos verdosos, había olas pequeñas y estuvieron bañándose disfrutando del sol, la arena y el agua. 

Cuando Ismael, buen deportista y nadador, intentó bracear mar adentro, se levantaron unas olas inmensas que lo obligaron a volver. Llegó exhausto, pero a los cinco minutos estaba corriendo y saltando por la orilla. 

En la playa  encontraron a una familia que también residían en el hotel, y se dieron a conocer. El padre era cirujano de estética de gran renombre, según él, trabajaba en un  hospital muy conocido. 

—Me llamo Rogelio y  estamos aquí de vacaciones. 

La mujer contesto sarcástica: —Vacaciones impuestas.

  Él la miró con inquina:—Soy el jefe del departamento. ¡Necesitaba descansar!

La mujer,  Susy, tenía tantas operaciones en cara y cuerpo que parecía un maniquí, estática, con un rictus en los labios que parecía una sonrisa de hiena. Casi no podía cerrar los párpados. A la primera ocasión comenzó a pasearse como si posara delante de ellos.

Ismael y Clara se miraron y sonrieron con sorna. 

La abuela tejía con hilo blanco y rosa un bolso para su nieta. La niña jugaba en la orilla con la arena. 

A mediodía tomaron el picnic que les habían preparado en el hotel. Después de beber el cóctel que traían se quedaron dormidos bajo la sombrilla.

Despertaron sobresaltados por los gritos de Rogelio, estaba dando masaje cardiaco a la anciana, que no despertó de la siesta.

Los móviles no tenían cobertura, e Ismael se ofreció a ir a pedir ayuda. Cuando llegó al acantilado no encontraba la salida, todas las señalizaciones habían desaparecido. Llamó a Carla y encontraron un sendero estrecho por el que salieron asustados pues sentían como las paredes respiraban y se iban cerrando detrás de ellos.

Les contaron lo que había ocurrido y ellos enviaron personal médico a la playa. Ya más tranquilos, comenzaron a relatar lo que les había ocurrido en el acantilado, el director le quitó importancia y les dijo: —A veces cuando estamos nerviosos creemos o sentimos cosas que no es realidad. Esta noche estáis invitados a la cena por el hotel.

Después de una noche de pesadillas en la que Ismael y Carla se despertaron gritando, asustados pues estaban intentando oprimir la garganta el uno al otro. Macilentos y tristes llegaron al comedor para el desayuno. El director sonriente les pregunta que tal fue la cena y ellos solo pueden decir que les había sentado mal, por las pesadillas que habían tenido. Ellos le preguntaron por la anciana y les dijo que la habían trasladado a un hospital cercano, pero que murió al poco de llegar. 

—Para que se sientan mejor, les invito al licuado especial de la casa, que da un chute de energía y euforia. Les prepararan un picnic para llevar a la playa de los acantilados para un día maravilloso.

Bebieron el licuado y se sintieron fuertes y felices, como si les hubieran quitado diez años de encima. Cuando llegaron a la playa habían olvidado las pesadillas, el recorrido fue diferente con un sendero ancho lleno de plantas y buganvillas. Habían instalado en la playa una cama baja, al estilo oriental con dosel y cojines, al lado una mesa con el picnic y bebidas.  

Disfrutaron del agua durante mucho tiempo, desnudos regresaron, recostados entre los cojines, sus cuerpos se enroscaban como serpientes hasta quedar satisfechos y felices. Parecía que habían recuperado el ardor y la pasión de los primeros años. Más tarde comieron y bebieron los cócteles que les habían preparado. La pasión y el furor volvió de nuevo a recorrer sus cuerpos.

Al atardecer cansados y felices fueron hacia los acantilados a buscar el sendero, cada vez que encontraban una oquedad entre las rocas, entraban pero a los cinco pasos estaba cerrada. Intentaron llamar por teléfono, no había cobertura.

Se hizo de noche sin poder salir de la playa, decidieron buscar restos de maderas y encendieron una hoguera para hacer señales de socorro. Nadie los vio. Durmieron entrelazados y abrazados. Cuando despertaron por la mañana y se miraron habían cambiado, parecían que tuvieran veinte años menos. La botella del cóctel estaba llena, extrañados la sacudieron, porque ellos habían bebido todo el líquido la noche anterior. Cómo tenían sed bebieron.

Intentaron de nuevo salir por cualquier sendero, pero no encontraron ninguno, estuvieron buscando y buscando. Ismael comenzó a trepar por las rocas del acantilado, estaban en vertical y con pocas ranuras donde asirse, al llegar a una cierta altura, resbaló y cayó en la arena. Carla le dio de beber de la botella e Ismael recuperó su buen estado. 

De nuevo estuvieron investigando por entre las paredes del acantilado cualquier salida que pudieran encontrar. Nada. Fueron a la orilla del mar para salir a nado de aquella playa y cuando entraron al agua, unas olas inmensas comenzaron a romper con fuerza en la orilla. Desistieron. Gritaron pero el sonido de las olas tapaban sus voces.

Otra noche en la playa y solo el brebaje de la botella que nunca se terminaba. Bebieron y bebieron hasta quedarse dormidos agotados.

A la mañana siguiente dos bebés retozaban riendo en la cama. 

 


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