El juego de las niñas
Cuando su padre la conoció la
llamó princesa, mi princesa y como si le hubiera entendido, le sonrió. Fue la
cuarta y la primera niña. La madre siguió pariendo hasta llegar a diez hijos.
María tenía el pelo ensortijado, rubio como el sol y la piel tostada de las
almendras. Sus ojos brillaban oscuros como el azabache, la nariz parecía una fresa
pequeña y su boca un corazón.
Sus padres trabajaban una
extensión grande de tierra fértil que además de alimentar a toda la familia, le
producía excedentes con los que acudir al mercado para intercambiarlos por ropa,
zapatos y materiales para arreglar la casa. También contaban con un rebaño de
ovejas, algunas gallinas, dos vacas, tres cerdos y un par de mulas para el
carro.
El padre enseñó a su hijo Antonio,
el mayor, a sacar las ovejas a pastar, pero le advirtió que no debía descuidar
la escuela. Por las tardes, Antonio llevaba las ovejas a un prado cercano. María que
era bastante curiosa le seguía. Antonio le preguntó que por qué lo hacía y ella
le respondió que quería que le enseñara lo que aprendía en la escuela. Antonio,
orgulloso de sus conocimientos, escribió su nombre sobre la arena y María repitió
y repitió cada letra que iba dibujando.
Cuando María cumplió cinco años
su madre le enseñó a dar de comer a las gallinas y a los cerdos, a coger los
huevos, a lavar la ropa, a barrer, a fregar, a poner y quitar la mesa. María se
levantaba antes que sus hermanos. Un día, extrañada, le preguntó a su padre: ¿cuándo
iré a la escuela? Su padre levantó los ojos sorprendido y le respondió que con
que aprendiera a hacer las tareas de la casa, ya tenía bastante.
María corrió en busca de su
hermano Antonio. Estaba enfadada, rabiosa. Pataleó delante de él diciéndole que
no entendía por qué él si podía ir y ella no. Antonio la abrazó y le prometió
que le enseñaría todo lo que él fuera aprendiendo. Ella se afanaba por las
mañanas en el trabajo de la casa y luego se escapaba con Antonio al monte con
las ovejas. Mientras éstas pastaban, él le contaba pasajes de historia, le
enseñaba los números y a resolver problemas.
Los padres, según iban creciendo
sus hijos, les iban enseñando las tareas. Los niños hacían las de fuera de la
casa y las niñas las de dentro junto a su madre. Los niños parecían conformes,
sin embargo, las niñas silenciaban su enfado por no poder acudir a la escuela. María
urdió un plan. Por la noche esperó a que sus padres estuvieran dormidos y
entonces les dijo a sus hermanas que ella les enseñaría lo que aprendía de
Antonio, pero que debían guardarlo como un secreto. Lo llamaron: “el juego de
las niñas”.
Con el paso de los años, las
niñas aprendieron todo lo que sabían sus hermanos, pero a medida que aprendían,
les crecía la curiosidad por saber más. María quería conseguir libros, pero
cono nadie podía saber que ellas leían no era posible leerlos en casa. Según
pensaba en buscar un plan aconteció que el clima empezó a cambiar. Las lluvias eran
escasas. Cada año llovía menos que el anterior. Las cosechas empezaron a
disminuir. Los animales ya no engordaban como antes, apenas había pasto. Los
excedentes disminuyeron hasta desaparecer. La tierra empezó a agrietarse ante
el desespero de todos los aldeanos que rogaban al cielo un aguacero abundante y
continuado. A diario iban al rio con las tinajas para regar las tierras, pero
el río disminuyó su cauce. Las enfermedades que antes no conocían, les
empezaron a atacar. Sufrían de hambre, de sed, de frío.
María, tras una noche en la que
no pudo dormir porque las tripas le mordían la barriga, salió de la casa y
caminó sin rumbo. Atravesó el bosque y siguió subiendo por una ladera. Allí
arriba cayó al suelo, quiso levantarse, pero no pudo, estaba agotada. Lloró con
desesperación, golpeó la tierra mojada de lágrimas con sus puños. De pronto, un
viento salvaje levantó la tierra y moviéndola en espiral la socavó haciendo
brotar una fuente de agua que mojó su cara. María se incorporó incrédula.
Abrazó el caudal que subía por encima de ella y dejó que cayera sobre su
cuerpo. Se abrazaba y se restregaba con aquel oro líquido que manaba en forma
de agua. Saltó y bailó como si hubiera perdido la razón. Después, del mismo
modo que se abrió, se cerró la tierra, dejando como testigo varios charcos que
no tardaron en secarse.
María volvió corriendo a su casa
y no dijo nada. Al día siguiente, antes del amanecer amarró las mulas al carro,
cargó las tinajas vacías y fue casa por casa a todos sus vecinos. «Voy a traer
agua, os lo prometo. Cargad una tinaja y os la traeré llena. A cambio debéis
darme un porcentaje de vuestra cosecha», les fue diciendo uno a uno. La
mayoría, aunque incrédulos, le cargaron la tinaja pensando que no perdían nada
si no les traía el agua, pero hubo un par de ellos que se rieron de ella en su
cara y la acusaron de loca.
Cuando ya no cabía ni una tinaja
más, María atravesó el bosque arreando a las mulas. Para subir la ladera tuvo
que bordear la montaña varias veces. Llegó al sitio, bajo del carro y husmeó la
tierra en busca de humedad. Esta vez no fue el viento, sino la tierra
misma la que se horadó dejando manar el agua. María volvió a empaparse del oro
líquido. El agua corría por su cuerpo mojando sus ropas y calando en su alma
para borrar la hambruna y la penuria de la aldea. Acercó el carro y el chorro
fue llenando una a una todas las tinajas.
Cuando llegó al pueblo repartió
las tinajas ante el asombro de sus vecinos. Su padre la esperó al pie del
camino, subió al carro y en cuanto pasaron la cerca paró las mulas, bajo y tomó
una tinaja. Sobre el campo la inclinó para que la tierra recibiera el agua que
salía y seguía saliendo sin que tuviera un fin. El padre, lleno de sorpresa levantó
la tinaja, se asomó a ella y, como no vio nada, enfadado, le dio una patada. La
tinaja al volcarse volvió a manar agua.
La tierra se cubrió de verde. Las
lechugas, las coles, las patatas y los pimientos crecían en cada campo, menos
en los de los vecinos incrédulos que no confiaron en ella. Los animales
pastaban en los prados sobre la tierna hierba. Las vacas volvieron a dar leche
y las gallinas pusieron huevos con los que se alimentaban.
La cosecha produjo excedentes que
llevaron al mercado. María fue cobrando a los vecinos lo acordado y con ello contrato
a los que no tuvieron cosecha para que construyeran una escuela y una
biblioteca que llenó de libros.
Para la cosecha siguiente María
volvió a cargar las tinajas y los vecinos se apresuraban a cargarle la suya en
el carro. Esta vez, además de una parte del excedente puso otra condición que
para ella era muy importante: todas las niñas debían ir a la escuela todos los
días. Los aldeanos, ante el miedo a que el agua dejara de manar de su tinaja, accedieron
a su petición.
María ordenó un letrero grande
con la siguiente frase: “El juego de las niñas”. Cuando estuvo listo lo colocó
sobre la puerta del colegio. Encargo
cuadernos, lápices y una pizarra donde ella explicaba a sus alumnas lo que
había aprendido y seguía aprendiendo en los libros con los que llenó la
biblioteca. En esa aldea todas las niñas sabían leer, resolver problemas y
algunas llegaron a la Universidad para hacerse profesoras, o médicas, o arquitectas.
Lo que ellas quisieron porque también hubo alguna artista que dibujaba y otras
que escribieron libros.
María no volvió a hacer las
tareas de la casa. Se quedó enseñando a las niñas y a los niños que también
quisieron ir a la escuela. Por las tardes se quedaba en la biblioteca leyendo
para ella y para quien quisiera escucharla.
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